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UELTO a nuestra borda el segundo, trayendo a toda la tripulación e
informando ser de buenas condiciones y cargamento general, se resolvió
dotarlo con un oficial y ocho marineros, para ser remitida a alguno de
los puertos del Sud de Buenos Aires,. Apareciendo cuando se estaba en
estos trabajos una vela a barlovento; resultó ser “La Argentina’’. Vino
al habla y nos saludamos los oficiales alborozados; luego de despachada
nuestra presa, seguimos a cruzar ambos buques sobre aquellas costas.
A los dos o tres días, habiéndose alejado de vista nuestra compañera,
apresamos la polacra “Pedro I”, que procedente de Santa Catalina, con
cargamento de fariña y porotos se dirigía a Río Grande, la que por su
insignificante carga y viejo casco, después de picarle su palo mayor por
la fogonadura e inutilizado su velamen dejándole solo el velacho, y
habiéndole embarcado la tripulación de la primera, con viento del E. la
dejamos en libertad, ciertos que no podría hacer otra navegación que ir
a embicar en los arenales de esa brava costa y que sería perdida,
pudiendo solo salvar la gente en la lancha. Los prisioneros que habíamos
tenido a bordo, salieron con sus sacos de equipaje bastante aliviados de
lo que en ellos habían traído; no obstante ser prohibido bajo penas, el
que nuestra tripulación tomase lo más mínimo, para no mancillar el honor
de nuestra bandera de guerra, se decía en la orden general que había
sido leída.
Tal vez, yo era el único que echó una mirada compasiva 'hacia aquellos
desgraciados, y los siguió hasta perderlos de vista, deseándoles un buen
viaje.
Cruzando entre las latitudes de Río Grande y Santa Catalina, nos
detuvimos algunos días ofreciéndome las costas de esta última, en sus elevadas y caprichosas montañas, un
espectáculo nuevo a mi vista; unas veces dejándolas ver hasta tocar en
el horizonte, otras cortadas por lo denso de vapores bajos, como si sus
bases estuvieran desprendidas de la tierra y sus variadas cúspides
arriba de las nubes, cubiertas dé vegetación.
Sin haber vuelto a ver “La Argentina’’ ni alguna otra vela, nos
sobrevino un recio temporal. El “Rondeau” capeando; a pesar de ser tan
raso, se defendía de las olas enfurecidas, como el jpá-jaro marino, que
con la cabeza al viento, para esquivarse de ser arrebatado por las
espumas, abre el codo de sus alas, y tomando un ligero vuelo, las salva
y nuevamente aposéntase en la superficie jaspeada de la onda; ya
embicando su largo y tendido baupré, ya levantándolo de modo que,
dirigida la vista hacia popa, parecía que iba a caer en una vorágine.
Silbaba el viento con impetuosidad en los aparejos, a impulso del vaivén,
el buque crujía en todas sus ligazones como si fuese a abrirse.
Imponente a la vez que sublime, es el espectáculo que ofrece una
tempestad en el Océano.
Las densas nubes impelidas por el viento, corrían bajas confundiéndose
con la niebla producida por el agua desprendida de las espumosas cimas
de las olas, perdiéndose de la vista los horizontes del mar enfurecido.
Se oyen las variantes detonaciones del trueno precedido de vivos
relámpagos, cual si el enojo de esos elementos lo provocase el hombre,
que atrevido, con una débil fábrica, hija de su inteligencia, salva los
límites que el
Supremo Hacedor formó para su morada, y que poniendo en juego, su
coraje y los conocimientos de la ciencia, lucha y los vence con espíritu
gigante.
Con semejante tiempo no era posible que nuesros cocineros consiguieran dar sazón a la carne salada, así es que en esos casos el
café y té, hechos por lo general con agua mal hervida y galleta, era lo
que venía a constituir el almuerzo y comida; por lo que se daba entonces
una tercera ración de grog (caña) que a la vez de agradable al paladar
de los hombres de mar, es un confortativo conveniente a la salud del que
pasa horas y días con el cuerpo mojado. Yo no lo probaba por sistema que
me había impuesto; bien que la sangre caliente del muchacho no necesita
otro antídoto contra el frío, que el de los pocos años.
Horquetando un brazo en algunos de los cabos amarrados a los cabilleros
para no caer, pasé el tiempo de mis cuartos —guardias de cuatro horas— y
en las de la noche, llegaba a quedarme dormido en ese estado,
despertándome a la voz de mando de mi superior o cuando un golpe de agua
me bañaba; y que habiendo durado algunos días el mal tiempo, no teníamos
ni una pieza de ropa seca.
Con mal o buen tiempo, a las ocho de la mañana nuestro comandante se
mostraba en cubierta, y era de orden hacerlo así todos los oficiales; no
siendo permitido presentarse sin vestir estos de casaca y los guardias-marinas
de chaqueta bien abrochada, o en defecto en estado el chaleco.
El día que había amainado el tiempo, deshecha la capa, después del
almuerzo, nuestro comandante ordenó que los hijos del país, los más
hombres de campo, se ocupasen de hacer ejercicio de subir por las
jarcias, cuando por lo picado de la mar, los balances del bergantín,
eran muy repetidos, y que mi compañero y yo los dirigiésemos.
Puestos a la operación, gran trabajo nos costó hacerlos subir hasta
media jarcia: algunos no pudieron por más esfuerzos y amenazas, llegar a
más de tres o cuatro flechastes, abrazándose con todas sus fuerzas de
los obenques, no había forma de sacarlos, causando la hilaridad al resto
de la gente, costándoles igual tortura el bajar, y quedando este
ejercicio establecido de diario, no tardaron en hacerse los más,
diestros marineros para aferrar y tomar o largar rizos.
Volviendo sobre las costas de la provincia de Santa Catalina, nos
prolongamos por ellas hacia Río Grande.
Al amanecer de un lindo día, con viento bonancible, muras a babor y
rumbo al Sur, navegábamos en aguas de un verde esmeralda, señal
inequívoca de que estábamos próximos a tierra, cuando el vigía dió la
voz de: —¡velas a la proa!
En el acto se izaron y cazaron sobres, se echaron fuera los botalones de
alas de barlovento y en un instante, con estas y arrastraderas, bien
llenas con viento a un largo, volaba nuestro bergantín.
Desde el tope contábamos los buques, que llevando nuestro rumbo bien
envelados, no nos dejaba duda tener a la vista un convoy, que núestra tripulación ya consideraba nuestro. ¡Buena presa! — con bien
pronunciada alegría, repetían todos cada vez que se avisaba el
progresivo contar de las que se iban descubriendo. “Nos vamos a poner
las botas”, decían mis paisanos, que ya se habían habituado a las
costumbres marineras.
La mar tendida y transparente, abrillantada por el sol que con esplendor
subía: todo envelado nuestro rápido buque, entraba a dar la caza con una
velocidad tal, que en menos de dos horas ya llegábamos al primero; que
hablado a la bocina, . por él supimos los escoltaba el bergantín de
guerra “Piragá” que debía hallarse más adelante. Se le dió orden de
acortar de vela y pusimos la bandera brasileña, siguiendo a alcanzar y
pasar lo más cerca posible de los demás, repitiéndoles la misma orden, y
los que desde a bordo nuestra gente, convencida que no teníamos tanto
oficial para cabos de fuerza, designaba cada uno a su entender, los que
debíamos utilizar y los que serían echados a pique.
El semblante radiante de alegría de nuestra tripulación, encontraba el
más acabado contraste en la de cada buque que dábamos caza; estos
quedaban estupefactos, no por el asombro que les causaba la ligereza del
“Rondeau”, sino porque a pesar de la bandera que llevaba, al acercarnos,
se convencían que no era buque amigo.
Un corsario se habría encontrado bien satisfecho, con apresar cuanto
buque de estos hubiese querido, pero nuestra misión era otra y nuestro
comandante se proponía dar caza, batir y tomar al “Piragá”.
Viéndose desde cubierta las doradas arenas de la costa a sotavento, fué
reconocido entre varias velas, la alterosa guinda de un bergantín, en el
que se reconoció al buque de guerra.
El toque de tambor y pífano para aprestarnos al combate, arrancó a
nuestra gente un simultáneo y entusiasta ¡hurra! y cada uno corrió
presuroso a tomar sus armas y su puesto en batería.
El ‘Piragá” habiendo acortado de vela, iba por momentos a ser alcanzado,
mas derribando todo embocó la barra del Sud, cargó sus mayores y orzando
nuevamente se puso en facha'.

Enfrentados a él, metiendo alas y cargando sobres, así que estuvimos a
tiro, con un disparo de la coliza afirmamos el pabellón celeste y
blanco, y arribando enseguida hasta que el poco fondo nos obliga a poner
en facha, provocándole así con algunos tiros de cañón al combate, que no
aceptó, bien por el peligro de varar en aquellos vajíos o por creernos
más fuertes, y sin contestar, mareó en vela y siguió por la barra
adentro.
Como era de esperarse, aprovechándose de esta buena coyuntura, favorecidos del buen viento y del conocimiento de
aquellos extensos bancos, para los que no teníamos práctico, los buques
de un convoy de más de veinte velas escaparon, entrando los más por la
barra del Norte; así fué que con gran pena de nuestra gente, solo fueron
apresados tres, que luego de ponérseles nueva tripulación, con ellas en
consigna, nos alejamos de la costa por aproximarse la noche.
Habiéndome cabido la suerte de ir con el bote a cambiar las
tripulaciones de las tres presas, tuve ocasión de hacer una buena
provista de naranjas, bananas, ticholos y cajas de guayaba, que traje en
cantidad y saboreamos; cosas todas bien apetitosas, especialmente para
un muchacho que, la carne salada la comía por necesidad de no haber otra,
quedando también provisto de un octante que me fué cedido por mi
comandante, junto con un cartel de reducción y libro de Logaritmos.
Al siguiente día bien temprano, nos ocupamos de entresacar de las
cargas de los buques, los objetos más valiosos para completar un buen
cargamento en uno de ellos, que fué despachado; echando a pique los
otros con cuanto tenían, con gran pena de nuestra gente al ver así
desperdiciar lo que valía buenos miles de patacones.
Dos o más grandes rumbos que nuestro carpintero abría a flor de agua,
hacía que en algunos minutos el casco se escondiese en la superficie de
las aguas, y luego con gran ligereza se sumergían, haciendo una fuerte
oscilación de uno a otro costado, hasta ir a aposentarse en la
profundidad, para siempre jamás.
El alojamiento de nuestra crecida tripulación en entrepuente, lo era a
uso de tarima de cuartel,
sobre el sollao, porque no se nos había provisto de hamacas, puestos en
fila en ambos costados.
En el de estribor la marinería extranjera que lo era la más y a babor
los del país con la tropa: por lo que en este costado, en que había más
espacio franco se les colocó a los diez y ocho o veinte prisioneros,
donde los dueños de casa les dispensaron toda clase de atenciones y
oficioso agasajo.
La estricta disciplina que se observaba en nuestro buqué, máxime
hallándonos en costas enemigas, hacía que a las ocho de la noche se
apagasen todas las luces, cubriéndose desde que se encendía la de
bitácora, de modo que el timonel pudiese ver el rumbo que debía seguirse,
para que no reflejase en el velamen; tanto para no ser vistos, como
también para que los vigías que como a proa, se colocaban a los costados
y a popa, pudiesen distinguir mejor si algún buque se avistase.
El profundo silencio que era de orden guardar, no se había alterado,
pareciendo que en el entre-puente nuestra tripulación que estaba
descansando, se había entregado al sueño, notándose que ninguno roncaba.
Cuando habían sonado las seis campanadas de las once, sentimos un sordo
murmullo en que se distinguían amenazas, maldiciones y reniegos en
inglés y castellano y quejidos mal comprimidos, como de lucha entre los
de una y otra banda.
Inmediatamente se manda que un timonel encienda una linterna y con un
cabo y cuatro soldados de guardia, favorecidos de aquella luz bajamos
precipitadamente.
Toda nuestra gente la encontré no solo dormida en sus puestos, sino también a todo roncar, pero los prisioneros
despiertos y azorados: resultando que toda aquella bulla la habría
ocasionado el que algunos marineros de estribor, habiendo invadido el
lugar de los otros, sin duda con el fin de arrebatar los equipajes de
los huéspedes, habían sido repelidos por los de babor y trabándose una
lucha de trompadas que terminó por fingir unos y otros estar
profundamente dormidos.
Con fuerte samarreo, se despertó a aquellos que se hallaban próximos al
lugar, donde según los prisioneros, había ocurrido aquella singular
pelea: pero ninguno había oído nada.
No había pasado una media hora de perfecto silencio y sosiego, cuando
oimos gritos en el idioma portugués, lamentándose que se les había
arrebatado los sacos; de consiguiente, sin perder tiempo vuelvo al
entre-puente con el mismo auxilio y procedo a la indagación; resultando
que, a algunos de aquellos infelices, habiendo sentido que les andaban
por sacar el calzado, por un movimiento natural se habían incorporado
para defenderse y al volver a recostarse en la bolsa, bien repleta de
ropas, que les servía de cabecera, un golpe en la murada, que más dolor
habían sentido en el corazón que en la cabeza, les había hecho conocer
que se las habían robado.
Al amanecer y antes del valdeo, se mandó formar en cubierta toda la
gente con sus sacos, procediéndose a una rigurosa revista sin que
apareciese ninguna prenda de las robadas, y en seguida, registrado el
entre-puente, fuera de los sacos se encontró escondida entre la
parlamenta y demás útiles de ancha y botes que inmediatos a los
durmientes se hallaba colocada, cuanto habían contenido, restituyéndose
a cada uno lo que le pertenecía.
¿Pero, quiénes eran los delincuentes? Difícil cosa de ser averiguada.
Así fué que nuestro comandante, que era inflexible cuando daba una orden,
con excepción de los oficiales de mar que tenían su alojamiento en el
rancho de proa, mandó que el resto de la fuerza fuese privada del grog,
para interesar a todos a que vigilasen en que cada uno diera
cumplimiento a la orden general que nuevamente les fué leída.
Uno de los tres capitanes, de nación portuguesa y cuyo nombre siento no
recordar, había estado en España, por lo que poseía el idioma castellano;
hombre que por su franco carácter conquistó bien pronto las simpatías de
la oficialidad y muy especialmente la mía por habérseme ofrecido a darme
lecciones prácticas de navegación, y a él fué que debí talvez en pocos
días arreglar y manejar el octante, llevar mi libro de diario y de este
hacer la estima cada veinte y cuatro horas, y a falta de cronómetro, por
el Epítome (libro que se publicaba cada diez años en idioma inglés) los
cálculos de diferencia de longitudes y declinación
del sol, como el manejo del Cuartel de reducción para los rumbos
corregidos en la distancia andada, con lo que diariamente me colocaba en
puesto conveniente para seguir la ascensión del sol hasta llegar al
cénit, corriendo como un piloto consumado, de tiempo en tiempo, la
alidada de mi instrumento; así llegué hasta poder a fuerza de
contracción, alcanzar el honor de que mis observaciones, algunas veces
fueran consultadas por nuestro primer teniente para tomarse el término
medio de la latitud observada.
En los días que el buen tiempo lo permitía, se ocupaba nuestra
tripulación en los trabajos de labor: unos a composición de velamen,
otros a preparar bragueros de respeto para la artillería, otros a hacer
meollar, tomadores y demás labores que demanda el buen orden de un buque
de guerra, y la tropa a la limpieza de las armas de chispa y blancas,
convirtiéndose nuestra cubierta desde el palo mayor a proa en activo
taller.
Cuando este tenía lugar, éramos obligados los dos guardias-marinas, a
ponernos a las órdenes del contramaestre que nos designaba el trabajo
que debíamos hacer, desnudándonos de la chaqueta y arremangada la camisa,
entrábamos a nuestro quehacer, por lo que muchas veces las manos las
teníamos bañadas en alquitrán para poner una prescinta de lona, y con
mazeta en mano, forrar un grueso cabo, pues el comandante quería que sus
oficiales conociesen prácticamente lo que deberían mandar hacer y en
defecto de escuela de este arte.
Terminada esa faena, con remarcado apetito íbamos a la mesa a saborear
nuestro plato cotidiano, que se reducía a “tob sconce”, especie de guiso
de carne salada picada, galleta deshecha y papas, con un poco de aceite
y que le hacíamos mas pasable con un poco de vinagre, antídoto al
escorbuto, terminado con un buen pedazo de dulce de guayaba y galleta
americana.
Los domingos y jueves nuestra mesa tenía los honores de convite, pues
nuestro cocinero, en una larga bolsa de brin ponía a cocer en la caldera
donde se hervía la carne salada de vaca o puerco, un poco de harina y
pasas, batidas en agua que le llamábamos pudín, “Plum Pudding”,
terminando con una taza de café con sopas de galleta.
Antes de un mes de campaña se nos había concluido el agua de los cascos
que de Norte América había traído el buque, y entrado a hacer de lo que
contenían las pipas de que se nos había provisto, las que por no haber
sido quemadas, o si lo habían sido fué mal hecho, nos encontramos con
que el agua estaba corrompida: una con gusto a vino carlon, otra a agrio
de naranja, y todas avinagradas, con telas espesas, viéndonos obligados
a colarla y que después de caer al estómago nos hacía el efecto del éter;
agregándose a esto que entrabamos al calor tropical, y que solo teníamos libra y media de
agua por ración para las veinte y cuatro horas.
Esta circunstancia vino a despertarnos el de-de hacer nuevas presas, por
interés de tomar gua potable y naranjas.
No tardó en aparecer en un lindo día de Ventolinas variables, una vela
que envuelta en los horizontes vaporosos de la latitud de Parnagúa, fué
descubierta por el vigía establecido desde la venida del crepúsculo
matutino y que las repentinas y repetidas calmas nos desesperaban pues
que a pesar de haber puesto todas las velas, poco adelantaba nuestro
bergantín; mucho más, cuando encrespando el agua por la proa, soplaba de
aquella dirección tal calma, que inútil era bracear y tirar bolinas,
porque no bien empezaba a tomar arrancada, cuando volvía a remalcar.

La impaciencia era general;-y calculando que sí pudiese .llegar la
noche y podría escapar el buque codiciado, el comandante ordenó de armar
la parlamenta, cosa que fué ejecutada en el acto, poniéndose dos hombres
a cada remo, y asi convertido en gran falúa de veinte remos el “Rondeau”, marchaba cerca de dos
millas en la hora.
Visto así desde la cruceta de trinquete donde me había colocado, ofrecía
la vista más completa del buque cazador, y la diligente marinería, que
con gran fuerza remaba con simultáneo movimiento, la codicia del hombre.
Había pasado el mediodía, cuando la tersura de las aguas vino
desapareciendo, y un viento galeno del primer cuadrante, concluyendo
aquellas calmas, hizo innecesario el esfuerzo de nuestros ya rendidos
bogadores, y en ceñida bolina la caza a un bergantín goleta tuvo efecto al ponerse el sol.
Cabiéndome la suerte de que se me mandase a tomar posesión de ella, no
descuidé en poner en mi bote un barril para proveerme de agua.
Saltando a bordo fui recibido por el capitán con ceño adusto, y de mala
gana me entregó los papeles del buque y correspondencia que le pedí,
como también el que pusiera en su bote su equipaje, no siéndome
necesario decir esto último a sus marineros, porque los encontré a cada
uno con el suyo en la mano; por lo que en pocos minutos con el guardián
que me había acompañado, remití todo a nuestro bergantín que en mayores,
y juanetes airosamente cargados, a distancia de unas cien brazas estaba
puesto en facha.
Mi primera diligencia fué buscar la aguada, apagar una sed bien
expresada por repetidos tragos, y llenar el barril puesto en mi bote
para mis compañeros.
Vuelto el bote de la presa se me ordenó a la bocina que remitiese
nuestro bote, quedando con el guardián y seis u ocho marineros, y que
siguiese las aguas, conservándome a buena distancia;
orden qué me sorprendió, pues no atinaba con la causa porque se me
confiaba aquella misión, y hasta llegué a temer que se me hubiese creído
capaz de dirigir la presa a puerto, idea que bien me mortificó toda esa
noche que debo llamarle toledana.
En fin, con ánimo resuelto así que el “Rondeau” mareó en vela, mandé
bracear por estribor y seguir su rumbo.
Mi gente, por más que les ordenaba estar en cubierta, al menor descuido
se perdían de mi vista; era un afán de bajar y subir, ya a la cámara, ya
al rancho de proa, que mis conjeturas se fijaron en que se ocupaban en
buscar objetos que robar; pero no tardé mucho en comprender que me había
engañado, cuando apercibí que iban perdiendo la cabeza, y en breve me
encontré con guardia y marineros totalmente ebrios.
El hombre que tenía al timón y que había ya relevado a otro, dejaba a
cada momento orzar el buque hasta flamear las velas, por lo que me veía
obligado a no desampararlo, ayudándole a derribar para seguir por la
popa a nuestro bergantín, que a pesar de navegar con solo mayores se
alejaba cada vez más o al menos así se me figuraba por el temor de
perderlo de vista; pero algo más me estaba reservado: los efectos del
alcohol vinierona operar de tal modo, que allí mismo abandonándolo las fuerzas
cayó dormido, y me fué necesario tomar la caña del timón pidiendo a Dios
que no refrescase el viento y viniese el día cuanto antes.
Felizmente el viento y mar se mantuvieron bonancibles, y las pocas
fuerzas de muchacho bastaron a soportar aquellas larguísimas horas de
una noche de angustias y zozobras, que las causaba el temor de que en la
situación en que me encontraba cayese un viento fresco y no poder cargar
paño y menos aferrar, hasta que los primeros albores del día vinieron y
a puntapiés, que de tiempo en tiempo había repetido al que tendido
roncaba a mi lado, satisfecho de un sueño de más de seis horas conseguí
que se pusiese en pie y fuese a llamar al guardián y marineros, los que
unos después de otros, fueron apareciendo en cubierta.
En facha nuestro buque, nos esperaba como a distancia de cinco o seis
millas, y en el intervalo que medió para llegar a él lo aprovecharon mis
marineros para desenojarme y hacerles gracia, en mérito de la que yo
había alcanzado con el mando dé que ansiaba ser relevado.
Puesto al timón el guardián me ocupé en registrar la cámara, en la que
encontré gran cantidad de bolsas que creía de pesos fuertes, y que
resultaron ser monedas de cobre de cuatro veintenes, las que de orden de
mi jefe conduje con otros objetos a su bordo, cuando con gran contento
mío hubo sido designado el cabo de presa.
Cuando conté a mis compañeros los percances en que me había visto, les
proporcioné un rato de risa, mayormente cuando preguntándome lo que
había pellizcado, les mostré un par de botas de taco con herradura y
punta cuadrada, primeras que de esta clase veía, y que mucho las
necesitaba.
Entonces empecé a comprender o sospechar la causa porque me había dado
aquella comisión: era el más joven y por consiguiente inocente, no
siendo por mi educación capaz de faltar a los deberes de recto proceder;
bien satisfecho quedaba con tener frutas y dulces, y en aquellos
momentos, más todavía con la buena agua, cosas de que todos
participábamos.
Con brisas variables de buen tiempo, mareamos en dirección Sud con la
costa a la vista y corrientes de S. a N.; a los dos o tres días
apresamos una sumaca que debía ser costera, por lo que su cabullería era
todavía de ambé: fué echada a pique, y en su lancha embarcándole un
barril de agua y una bolsa de galleta se puso a los prisioneros que
cabían, en completa libertad, siguiendo hasta Santa Catalina, donde al
día siguiente, en la boca del Norte, tomamos y quemamos otros dos buques
y en una de las lanchas embarcamos el resto, dejándolos bien cerca de la
batería de Santa Cruz, y nos hicimos a la mar para ir después
a mostrarnos en otros puertos del Imperio; habiendo dejado en el Sud
buen testimonio del riesgo que corría su comercio marítimo y los
buques de guerra que aventurasen a navegar solos.
En aquella estación en que desde marzo a octubre reinan los vientos
del E. al E.S.E., favorecidos por las constantes corrientes de igual
época, gobernando én el día en vuelta de tierra y en la noche a la
mar, para evitar dar en muchos escollos que ofrecen islotes y
peñascos, que en el día no es de riesgo aproximarse a ellos por el
gran fondo que los circunda, hacíamos una navegación amena.
La caprichosa cadena de montañas que a muchas leguas de distancia se
veía desde la cubierta de nuestro buque, por la mañana de un color
azul oscuro sobre un cielo vaporoso, al descenso deI sol de
variables tonos de color de laca, ofrecía un panorama majestuoso que
nos servía de guía para ir a visitar el centro del comercio del más
vasto Imperio.
Habíamos aprovechado los días de bonanza, ya en labores del servicio
del buque, ya en ejercíció de cañón como de maniobras, en las que
tocaba a los guardias marinas el mandarlas, poniéndosenos sobre
la toldilla de cámara con bocina en mano dando las voces al efecto en
idioma inglés, designando nuestro comandante la que debíamos ejecutar.
Por los buques que habíamos apresado, sabíamos que por telégrafos debía
haber llegado al Janeiro el aviso de que surcábamos aquellas aguas: pero
eso era un bien para que produjese los efectos que tenía la misión
que llevábamos, así fué que bien pronto nos hicimos sentir sobre las
islas de San Sebastián, la Grande, Redonda y Rasa, que estas dos últimas
están frente a la Bahía de Río Janeiro y Cabo Frío.
A la vista de esta elevada y pintoresca montaña, punto de recalada de
los buques que del Norte y Europa se dirigen a aquel estupendo puerto,
marcado del modo que denota sus proporciones, la perfilada figura de un
inmenso gigante acostado, que forman sus elevados cerros; allí dimos
caza a un bergantín que al verse perseguido puso bandera prusiana, y que
habiendo venido su capitán a .nuestro bordo con sus papeles, acompañado
de un oficial y seis marineros nuestros, se le despachó en clase de
buena presa; demorándonos a cruzar entre ese punto e Isla Grande y
pasando algunas veces por dentro de la Raza, de modo de ser sentidos,
pues hablamos con algunos buques neutrales ya de entrada como de salida;
bien que solíamos hacerlo con distinta bandera, pero si mereciendo
sospecha se dispusiese visitarlo, entonces se desplegaba la nuestra y
gallardete.
El capitán de un bergantín americano que salía de este puerto, con visos
de interés por nuestra causa, al tiempo de ser visitada dió aviso de que a gran prisa se
estaba tripulando una fragata, con el objeto de salir en nuestra
persecución, dándonos sus señas: un buque nuevo, expresamente construido
para guerra, de popa redonda y ambas baterías corridas, decía; y agregó:
que tocaban grandes dificultades para dotarla de tripulación, pues que,
a pesar de ofrecer buen enganche no encontraban marineros; que dentro de
dos o tres días saldría, y con gran reserva al despedirse de nuestro
primer teniente, cuando éste tomaba los pasamanos de la escalera de
cuerda para bajar al bote, le dijo que le garantiza que no podían
ponerle más de doscientos hombres.
Esta noticia, que por venir de un compatriota suyo la creyó fidedigna,
fué recibida con singular entusiasmo, desplegando cada una de nuestra
gente, el mayor empeño cuando se mandó revisar las armas de chispa y
blancas, disputándose a quien ponía más limpia la que le había sido
entregada al efecto; fusiles, pistolas, machetes, chuzas y hachas de
abordaje, quedaron como recién salidas de la fábrica; completándose
aquel bélico apresto con poner a salvo en buen orden las granadas de mano,
frascos de fuego y otros mistos de que nos hallábamos bien provistos,
pues el “Rondeau” había venido de Norte América con su artillería,
municiones y.víveres para seis meses en bodega, habiendo solo costado a
nuestro gobierno cuarenta y dos mil pesos fuertes.
¡Cuánto han subido los valores de las construcciones navales! Hoy no se
obtendría un buque de su clase y condiciones por el duplo.
Muy luego se hizo general la idea que se había propuesto nuestro
comandante Coe para asegurar el triunfo sobre ese buque, que con ansia
esperábamos avistarlo, y a su espera nos pusimos a cruzar entre el
mencionado Cabo y las Islas de Maricá.
—“Hemos de gastar poca pólvora; el enemigo ha de creer que le voy a dar
tiempo de cañonearnos y se habrá engañado, porque a los primeros
disparos la hemos de abordar”, decía a su segundo, dando paseos en
cubierta y dirigiendo a todos una mirada risueña y complacida que tenía
repercusión en cada uno que la recibía, produciendo el efecto que se
proponía, pues hasta el más grave de los enfermos que teníamos,
completamente extenuados, abandonaban el lecho pidiendo ser dados de
alta para el servicio; abnegación que mucho me llamó la atención, porque
en aquella tripulación heterogénea había creído que los menos queríamos
la gloria y los más el lucro. Pero en esa vez me reconvine de haber
hecho semejante juicio, y confieso que me arrepentí de ello en vista del
general entusiasmo al esperar la aparición de un buque de guerra que
debíamos abordarlo.
Convenientemente dividióse en cuartos nuestra fuerza con los oficiales que a cada trozo correspondían, para cuando
llegase el caso; y aunque mis pocos años y reducida estatura parecía a
mis compañeros debía eximírseme de ir a tan arriesgado lance, tuve el
honor de que se me destinase a uno de ellos, y con ánimo igual a todos,
preparé mi par de pistolas de onza que mi señor padre me había regalado
al salir para esa campaña, ocasionándome el desagrado de que despertasen
la codicia de mis superiores. Todos querían que se las prestase, y mi
negativa era contestada con burlescas sandeces que herían el amor propio
del niño que desde que cargaba el botón de ancla y cutó se había creído
todo un hombre; en fin, aquellas pistolas que tanto quería, me
acarrearon un entredicho con todos los oficiales, para al fin ser
vencida mi negativa.
Al cuarto o quinto día de aquella plausible noticia, contemplando a
nuestro costado el variado color rojo que a la parte desnuda de
vegetación daba el sol al ir a esconderse en las montañas, al lindo
peñón de “Cabo frío”, entre otras velas que debían proceder del puerto
del Janeiro, se distinguía una cuyos topes nos hicieron conocer ser la
fragata que esperábamos, y que dilatando su bordada hacia el mar,
hicimos igual rumbo manteniendo el barlovento.
Lamentábamos lo avanzado del día, máxime cuando en aquella latitud el
crepúsculo es tan corto, que pocos minutos después de esconderse el sol,
las tinieblas de la noche que no es de luna, como sucedía en aquella, se
condensan confundiendo el horizonte con la obscuridad del cielo, y este
tiende en las aguas con la ausencia de la luz su negro tono, y el
navegante no divisa más que el blanco ceniciento de las olas que
revientan salpicadas de partículas fosfóricas que desprendidas de ellas,
como pequeñas estrellas, se resbalan culebreando al seno de las ondas
más o menos abundantes según el estado del tiempo.
En safarrancho de combate, pasamos esa noche de Viento y mar bonanza que
pareció ser más larga de lo que debía, tal era el deseo de que
amaneciese.
Desde las tres de la mañana, hora en que después de darse un grog
extraordinario habíamos ocupado núestro puesto de combate, reinando un
imponente silencio, buscábamos con impaciente atención el descubrir al
buque enemigo, y a causa del esfuerzo que con la vista se hacía, o bien
porque en la oscuridad, muchas veces se ve lo que no existe, ya los de
un costado y a los del otro, daban aviso de ver lo que no veían,
participando de esa ilusión los más délos que se hallaban inmediatos; al
extremo de dar parte al oficial que los mandaba. Aquí era cuando por
medio de telescopios' que quitados el tubo de vidrio positivo, los
objetos se ven en orden inverso, se afanaban en descubrir el bulto avistado, que venía a resultar no ser otra cosa que
ilusiones producidas por el deseo de encontrar lo que se buscaba, y que
probablemente el engaño lo había ocasionado la cresta de alguna ola muy
cercana.
Cuando empezó a mostrarse la débil luz del crepúsculo y púdose
distinguir el horizonte, sin descubrirse punto alguno fuera de la costa
que en lontananza confusamente se dibujaba al lado del Norte, el más
bien pronunciado descontento quedó impreso en todos los rostros, y así
que se mandó estar en descanso, las conjeturas sobre cuál maniobra
habría sido más eficaz para no perder de vista al enemigo, fueron el
asunto de discusiones en algunos grupos, aunque algo acaloradas, con la
reserva que la disciplina exigía, hasta que se viró de bordo y forzando
de vela hicimos rumbo en demanda de la costa.
Había amanecido con cielo y horizontes nublados, viento galeno y más
extendida del segundo cuadrante que nos permitía todo el paño.
• El bergantín parecía que participaba de la misma ansiedad que su
tripulación: rompía la superficie de las aguas como enfurecido por haber
perdido de vista la presa, con tal fuerza que en los pies sentíamos
temblar la cubierta como si fuese buque a vapor cuando las calderas se
hallan en elevados grados.de poder. En pocas horas estuvimos en la
proximidad de la costa, lo bastante para asegurarnos de que no se
hallaba allí, corriéndonos en rumbo al oeste en continuación de la
pesquisá, habiéndose el tiempo declarado en continuados chubascos.
Así habíamos pasado la mayor parte del día, cuando en un momento que
abrió el tiempo, el vigía del tope gritó: —¡Vela a proa! —produciendo
esto instantáneo cambio en los ánimos; ya nadie censuró más la derrota
que habíamos seguido durante la noche, y sin que hubiese precedido orden
los cabos de pieza se aproximaban a la que servían, revisando el
braguero y palanquines, asegurándose del estado del fogón por si le
había o no penetrado el agua, sin dejar de acariciarla pasando por toda
ella la estopa aceitada antes de dejarla para ir enseguida a dar cuenta de ello al Condestable; mientras
tanto que este se ocupaba de recomendar al bodeguero que tuviese las
municiones y tacos en buen orden; a la vez que el contra! maestre con
ese tono imperioso que le es peculiar, ordenaba a los guardianes y
gavieros tener prontos estrobos, motones de revisa, aparejos y demás útiles necesarios para el caso de reponer cualquier cabo firme o de
maniobra que pudiera ser cortado; así fué que un movimiento activo se
había apoderado de todos, y a cada momento dirigían la vista por
entre las postas como para cerciorarse de que la marcha no disminuía, y
de que antes de haber oscurecido nos habríamos chocado.
Pronto reconocióse ser de tres palos el que con proa a nosotros venía
bien envelado, y nuestro bergantín que a escota larga iba a su
encuentro del mismo modo, por orden del jefe, gobernaba de modo de
conservarnos a sotavento, en concepto a que lo más elevado de nuestro
costado de estribor dando con el más metido del enemigo por la natural
fuerza del viento en las bien inflamadas velas, facilitaron abordarlo,
pues siendo buque alteroso y razo el nuestro, se hacía de otro modo
difícil el apoderarnos y asaltarlo.
En sentido encontrado, con buena mar y viento más que galeno, por
instantes la distancia se acortaba; cargamos mayores y desplegamos
nuestra bandera y gallardete, mandándose ocupar los puestos de combate,
cubriendo la batería de estribor, y entre una y otra pieza agrupadas las
dos secciones que debían abordar, y los guardianes con dos forzudos
marineros a cada garfio. Mientras tanto la fragata se nos acercaba sin
disminuir vela, por lo que no permitía descubrir si había o nó puesto
bandera.
El primer teniente con bocina, de pie en el castillo de proa, así que
estuvimos a corta distancia le gritó: Ship ahoy! y no contestando, el
Comandante Coe, con voz sonora dió la orden de estar prontos, y los
artilleros tomando las mechas, reconocieron si estaban con buen clavo,
sacudiendo la ceniza en el mechero.

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