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l buque alteroso que se acercaba lenta y majestuosamente abriendo el
agua por haber calmado el viento, cuando ya las tinieblas empezaban a
confundir los objetos, por la segunda vez fué gritado; y pasando sin
contestar algunos segundos, iba a ser acribillado de balazos, pues solo
esperábamos el que estuviese al costado para romper el fuego, cuando
respondió: —“american Ship!!. Los más de la tripulación del nuestro
lanzaron un reniego simultáneo.
Efectivamente era una hermosa fragata americana mercante que salida del
Janeiro hacía el viaje para las Indias, según contestó siguiendo su
rumbo al ser interrogada; y que montaba algunos cañones que al
telescopio se le habían reconocido, y su aparejo y su velamen en un
orden idéntico al de buque de guerra.
El chasco había sido completo; por lo que vino a repetirse el
descontento que había producido el haber perdido la pista a la que en el
día anterior habíamos creído ser la fragata que debía salir en nuestra
busca, y que necesariamente debía ser mayor éste, por razón de que con
ánimo templado habíase esperado el trance siempre imponente de la pelea;
porque como decía el general Brown: “el hombre más valiente teme la
muerte”.
Sin alejarnos de la vista del Cabo, permanecimos hasta que en un lindo
día nos encontramos con la tan deseada fragata, que como nosotros, ostentaba su bandera, y poco antes de estar el sol en el cénit, rompía el
fuego con sus piezas de la -batería baja, que aunque de calibre no nos
alcanzaba,; por su barlovento en bordada encontrada sin responder, al
llegar a su paralelo unos instantes nos pusimos en facha con el objeto
de reconocer sus fuerzas. Con intención o sin ella se nos había engañado,
pues pasaba de quinientos hombres su dotación; y comprendiendo nuestro
comandante que sería temerario llevar a cabo su propósito, después de
ordenar hacerle un disparo con la coliza y marear en vela, seguimos la
bordada en observación de si viraba de bordo, con el objeto de que si lo
efectuaba, maniobrar de modo de aprovechar ese momento para repetir
nuestros fuegos; pero habiendo seguido su rumbo orzando cuanto podía,
cuando ya estábamos a una distancia de más de dos tiros, viramos por
avante y en el mismo momento hizo igual maniobra yendo nuestra proa en
busca de la suya y cuando estuvimos a distancia conveniente, arribamos
todo y con punterías razantes descargamos toda la artillería de estribor
sobre su proa, en cuyo momento la fragata arribando, abrió nuevamente
sus fuegos, y en esta vez una lluvia de balas levantaban a nuestro
alrededor cristalinos penachos de agua, pasándonos los más de los proyectiles, dando botes otros venían a morir bajo nuestra batería, sin que
nos hiriesen sino en el velamen. Respondíamos con las piezas de mayor
calibre mientras nos lo permitió la celeridad de una marcha que por
instantes le ganábamos distancia, y cuando hubimos estado fuera de tiro,
siguiendo a describir un gran círculo, completamos el virar por redondo,
y poniéndonos de orza empavezamos ambos palos con las banderas de todos
los buques que habíamos apresado.
La fragata que había reconocido la marcha de nuestro bergantín, aunque
maniobró del mismo modo, no aumentó su paño y la dejamos en poco tiempo
como si hubiese encallado, pues al obscurecer costaba distinguirla de
las crestas de las olas que se mostraban y desaparecían en el horizonte
como pequeños puntos.
—Si estuviera con nosotros la “Argentina”, esta linda fragata sería
nuestra — era lo que se oía decir, y todos nos preguntábamos: —¿Por qué
en tanto tiempo que cruzamos en estos puertos no hemos encontrado
ninguno de los buques que quedaban aprontándose Este era con frecuencia
el tema de nuestras conversaciones desde que había revelado a mis
compañeros lo que antes que saliéramos a la mar les había ocultado, pero
que en reserva mi señor padre me lo comunicó cuando me hubo dado el
abrazo de despedida.
A la vez de cruzar sobre las costas del Brasil, nuestro comandante debía
desempeñar otra comisión y ésta lo era de buscar en determinada
latitudes a la “Juncal” y dos buques más de guerra que de Norte América
debían haber salido y de que ya se ha hecho mención; por lo que
resolvió dejar las cercanías del Janeiro y seguimos al Norte,
persuadidos de que los que debieron seguirnos en aquella operación
estratégica, completarían el anonadamiento de la navegación costera con
bandera enemiga.
Lo bien provisto de nuestro pañol de velas, hacía que dónde había un
jirón hecho por la bala, fuese cambiada en toda su longitud la tabla de
lona de cada vela dañada, y cuya calidad por ser de algodón, que
entonces empezaba a usarse, nuestro blanquísimo paño era conservado como nuevo.
Los cielos tropicales, de una luz transparente en el cénit y vaporosa en
los horizontes que sofoca, deslumbra la vista y abate las fuerzas; con
un sol abrasador y ventolinas variables que escasamente inflaban las
velas, que de tiempo en tiempo azotaban en la arboladura por el
movimiento perezoso que las extensas y tersas ondas daban al buque,
imprimiendo un efecto de desfallecimiento que nos adormecía, como si
estuviésemos bajo la influencia de un narcótico, llegaba a
impacientarnos, porque nos habíamos habituado a ver en nuestra
singladura un crecido número de millas andadas, y esta vez la corredera
no nos daba ni
dos nudos en la mano, por más que el timonel que echaba la barquilla,
diese impulso a la línea.

Al medio día habían desaparecido totalmente las ventolinas, quedando en
perfecta calma chicha, por lo que se cargó todo el paño, quedando sobre
brioles y chafaldetes a efecto de evitar el que con el roce se dañase y
aminorar las bandazas que son frecuentes, cuando.así queda un buque a
merced de las tranquilas ondas que como extensas colínas siguen el curso
de las corrientes.
—¡Qué pronto ha llevado el verano este año! oí decir a un paisano.
—Qué verano ni que diablo ha de ser, si estamos en el invierno; —le
contestó otro.
—Pues si en el agua se siente este calor, ¿cómo será en tierra? si es
que la hay por estos pagos, pues ya hace días que no la vemos.
No faltó quien llamase viento, con un silbido piano y prolongado.
Era el primer día en que nos faltaba la brisa de la tarde. Las palomas
del Cabo y las remeras aves del Cabo revoloteaban a nuestros costados
unas, y aposentadas en las aguas del timón otras, como si buscasen
alimento, nos acompañaban.
Mostrábase de cuando en cuando en aquella diáfana superficie y a la
distancia, a manera de _ una vela latina, la aleta del lomo de un gran
pez, 'que veloz corría en distintas direcciones.
Bien pronto por el lado del poniente aparecían un enjambre de estos
habitantes del océano, que saltando mucho nos dejaban ver libremente sus
pardas formas hasta que nos vimos rodeados de un inmenso cardumen de
éstos, que ocupaba tanto espacio cuanto podíamos descubrir desde nuestra
cubierta.
—Señal de mal tiempo, —decían los experimentados marineros.
—No será más que ligera turbonada; —decían los que tenían conocimientos
de las propiedades atmosféricas del trópico.
—Venga lo que venga; con tal que tengamos viento que nos salve de este
insufrible calor; era el deseo de todos.
De vivo color rojo, el disco del sol, iba a'llegar al ocaso, como si lo
viéramos al través del vidrio medio del octante, eñvueltp en un espeso
vapor que participaba de su color de fuego.
Era el tiempo, y llegaba la hora fatídica del navegante. La voz
del*oficial de guardia que mandaba aferrar paño, repetida por los
guardianes al terminar el gravé silbo de sus pitos, vino a sacarnos de
la postración eri que habíamos estado todo el día. ’,
Antes de medio minuto de tiempo, las vergas y bauprés estaban 'coronadas
de activos marineros, que presurosos, con brazos de bien pronunciados
músculos, recogían, arreglaban y sujetaban las velas bajo la presión de bien apretados tomadores; al mismo tiempo que
otros cazando e izando las gavias sobre apaga-penoles, tomaban rizos a
éstas.
Enseguida los juanetes y sobres vinieron abajo, siendo colocados en los
obenques de caza de proa de sus respectivos palos.
Así quedó dispuesto todo en resguardo del tiempo que descargase el mal
caris del poniente.
La caída de la tarde en apariencia tranquila, y cuando por el oriente
con gran brillo empezaban las estrellas a tachonar el cielo, rojo
centellear sobre un negro manto que del opuesto lado remontándose con
gran velocidad vino a cubrir el cielo, dejándose sentir el borbollón de
las aguas que encrespadas las acompañaba una fuerte ráfaga de viento del
cuarto cuadrante, con ruido de lejanos truenos que antes que las velas
lo sentíamos en la frente húmeda. Nos tomaba atravesados y un fuerte
flameo de las velas tumbando el buque dormido, hizo que metiese hasta el
trancaníl por sotavento.
—¡Braza a babor! Gritó con la bocina nuestro primer teniente; y no bien
fué oída cuando se había ejecutado; tomando arrancada el valiente
bergantín que abría presuroso el mar con sus agudos cortes, cuyo forro
de cobre se hallaba bruñido por la fuerza con que se rozaba en él; y
cuando las salidas del timón le habían dado acción, orzamos cuanto fué
posible.
Esta ráfaga de viento había arrebatado la gorra a algunos que no habían
cuidado de asegurarla.
Casi a un,tiempo con aquel viento nos vino un gran chubasco, al que
muchos ponían la cara para en el labio recoger sus gruesas gotas y
apagar la sed.
La copiosa lluvia que no había dejado levantar grandes olas, empezó a
disminuir y a ceder la impetuosidad del viento, y antes de una hora
había pasado tan pronto como había venido aquella furibunda tormenta;
cambiando en un tiempo bonancible que nos permitió ver la luna en
creciente sobre un cielo limpio y estrellado, y un viento del segundo
cuadrante, tomándolo* a un largo con amura a estribor nos llevó a rumbo,
habiendo desplegado toda vela portable.
Las gorras que ese furioso viento había arrebatado, habían sido
sustituidas por bonetes de distintas clases.
De dónde habían salido, como también algunas chaquetas de zaraza de
corto talle?; presente, que decían, les habían hecho los prisioneros,
cuando se les puso en libertad, en testimonio de buena amistad, —
teníamos que disimular lo que era fácil presumir.
A invitación de los militares de la independencia, empezaron nuestros
marinos a presentársenos con la oreja abierta, lo que siendo hecho con agujas gruesas e
hilo por lo general pasado en cerote, empezó a hacerse común la
inflamación, sin que al principio pudiéramos atinar con qué objeto era
tal manía, pero no tardamos en ver que algunos que habían curado
ostentaban un arco de filigrana de buen oro, sin que fuese dable tratar
de indagar la procedencia sabiendo que un “me lo regaló mi camarada”
acarrearía un tanto de ridículo; contentándonos con reír a la vista de
un marinero de pecho y brazos marcados a punta de aguja, en que se veía
un Neptuno, un buque envelado, la efigie de Cristo en la Cruz, al lado
del nombre de una querida, e iniciales y fechas por todo su cuerpo,
llevando también su arito al lado izquierdo.
Es notable la corrección de dibujo que se descubre muy generalmente en
los marineros que hacen profesión de esta clase de trabajo, no solo en
la parte marinera sino también en figuras humanas, escudos de armas,
etc.
Estos artistas, gravan una sirena perfectamente acabada, por una mascada
de tabaco; y eso que es una obra que dura tanto como la vida del que la
obtiene a tan poco precio.
Algunos paisanos de los que hicieron ese crucero en testimonio de tal
campaña, llevaron en la piel una indeleble marca —así la llamaban.
Los domingos, después de pasar el comandante uña prolija revista, en que
formada toda la fuerza con sus sacos abiertos para ser revisadas las
ropas si estaban con el aseo que se exigía, sacándolas los guardianes en
su presencia, que con una ligera sonrisa, cuando veía prendas extrañas a
las que se les habían dado, miraba al poseedor; terminada ésta seguía la
inspección al entre-puente y demás compartimentos del buque.
Si a algún individuo se le encontrase falta de buena policía, se le
penaba según el caso; ya con privación de ración de caña o arresto en la
cofa; y una de estas veces habiéndosele encontrado a un pobre marinero
insectos asquerosos, se le puso desnudo sobre la serviola de sotavento,
donde a la vez que se le lanzaban baldes de agua, se le daba una
detenida frotación de escobilla por todo el cuerpo, con lo que quedó tan
limpio como lo estaban nuestras armas.
Pasada esa revista, para la que todos nos presentábamos en el mejor
aliño, los oficiales de espada y los guardias marinas con cutón, se
santificaba la fiesta con darse cierta libertad que en el resto de la
semana no se tenía; entregándose la tripulación después de la comida a
suertes de gimnástica, fuerzas y lucha: para el efecto los ingleses y
norteamericanos se habían provisto de buenas manoplas de brín rellenas
de estopa, con que se daban sendas trompadas, prohibiendo dirigirlas a
la cabeza, siendo el contra-maestre el juez de esa singular justa.
Aquel cuadro lleno de vida activa, en que a los pocos años, si bien
dejan un recuerdo duradero, no se sabe apreciar, se muestra hoy a mi
vista lleno de filosofía.
En aquella zona, bonancible pero calurosa, era mi lugar de
preferencia el portalón de sotavento, para al fresco del derrame de
las velas, disfrutar desde esa altura de las variadas suertes que
ofrecían nuestra gente, o contemplar en las aguas cristalinas y cuya
transparencia es tal que permite verse a muchas brazas de profundidad,
la veloz carrera de las toninas y otros peces mayores; dejando ver por
algunos instantes la ligera línea blanca y brillante que produce tras
de sí al unirse las aguas que cortan, y ya en líneas rectas como
en curvas y círculos que describen, embistiendo unas, huyendo otras;
me sentaba otras veces en los pescantes de popa, deleitándome en las fantásticas figuras que la estela del timón me ofrecía en las aguas,
que abriéndolas la fina roda, venían a juntarse allí como alborozadas
al encontrarse después de tan corta ausencia, saltan, juegan y se
entrelazan; y la espuma abrillantada se alza ufana y luego vuelve de un
lado y otro a apaciguarse, en calma, como si temiesen de las aves
pescadoras, que revoloteando juegan sobre ellas, en acecho de algún
desperdicio del rancho del marinero, y que cuando lo hallan, la que en
su pico lo levanta, es perseguida por las otras, y chillan y pelean,
hasta que la más afortunada engulle la presa.
Un día aprovechando un viento calmo, sirviéndome de la barquilla de la
corredera, en que coloqué mi anzuelo con tocino, conseguí tomar una, la
que habiéndola desprendido la largué en cubierta; causándome sorpresa no
tanto el que no supiese hacer uso de sus patas sinó el que no volaba.
Examinándola vi que era de muy poca carne y de olor pestífero a grasa de
pez corrompida: arrastrándose ganó debajo de un cañón, donde permaneció
algunos minutos hasta que la obligué a salir del escondite, y entonces
ya caminaba bien, defendiéndose cuando la queríamos agarrar, con su
agudo pico, y que enfurecida lanzó lo que tenía en el buche; siendo esto
de fragmentos de pájaros, por lo que creimos que cuando no tenían pesca
de pequeños peces, se devoraban unos a otros. Quisimos dejarlo que se
fuese, pero parecía que había perdido la acción de tomar vuelo, hasta
que uno de los timoneles tomándolo de un ala lo puso un momento fuera de
la borda y recuperando las fuerzas voló alegremente.
Airosamente llenas y bien estiradas las velas,-con una mar bonanza tan
sostenida en aquellas latitudes, en que parece que la pesantez de la
atmósfera no permite levantar grandes olas, y con escotas largas, nos
llevaron las suaves brisas a volver a ver en el occidente la azulada
cadena de montañas, envueltas en vaporosas nubes de un blanco plata, y
que a medida que a ella nos aproximábamos cambiando aquel azul claro por otro más obscuro, por el menos
número de grados de aire interpuesto entre ellas y el ojo que admira los
variados contornos de las cimas, y que cuando el sol las iba iluminando
veíanse unas de otras separadas por valles profundos, extensos unos y
estrechos otros, con pronunciadas colinas que de más cerca se
distinguían estar cubiertas de palmeras, como hasta una gran elevación,
los cerros revestidos de una coraza de portentosa vegetación, y aquellos
que sobresalían, sus elevadas cúspides de granito de un color ocre
encarnado en la parte alumbrada por el sol; y permitiendo el gran fondo
de aquellas costas abordarlas hasta muy cerca, se llegaba a descubrir no
solo los diferentes verdes de tanta diversidad dí árboles colosales,
sino también la parte cultivada con plantío de caña de azúcar, cafeteros
vestidos de flor blanca, los brillantes naranjos, el bello banano con
sus anchas y amarillentas hojas, y airosamente volcadas las mas verdes
mecidas por la brisa de la tarde; y aquí y allí como blancas palomas que
van a apagar la sed en cristalinas aguas, casas solitarias a las faldas
de los cerros, que con sus colores en el mar tranquilo se retratan.
Nos hallábamos en las cercanías de la Bahía de “Todos los Santos’', como
bien lo dejaban conocer ramas de palma de bambú, marga y otras yerbas
que llevaban las corrientes envueltas en las espumas, seguidas por los
peces, que de varias clases abundan en las cercanías de las ensenadas,,
donde constantemente bate la resaca.
Todos con la vista fija en aquellos preciosos paisajes puedo decir sin
temor de equivocarme, admirábamos aquella naturaleza llena de esplendor,
y que al marear en vuelta de fuera de aquellas costas, porque no era
prudente esperar la noche en ella, sentían como yo el separarse de tan
sublime espectáculo, que no dejaba hasta que las
tinieblas de la noche la cubría y que entonces una pequeña luz nos
marcaba el punto donde estaban las casas o chozas de pacíficos
habitantes a quienes les habíamos talvez arrebatado el producto de su
trabajo o iba a serlo al día siguiente.
Las frecuentes brumas que se levantaban en aquella estación, solían ser
tan densas, que una vez que nos ocupábamos en el transbordo de la carga
de una presa, a pesar de hallarse muy cerca nos vimos obligados a tocar
campanas y disparar tiros de fusil para que los botes pudiesen ir y
venir, pues había momentos en que no veíamos de popa la proa del mismo
buque; era lo mismo que cuando disparando la artillería por barlovento
el humo se vuelve y detiene en cubierta.
Corriendo las costas y deteniéndonos a cruzar en las cercanías de los
Puertos de las demás provincias del Norte, hicimos varias presas más, y
entre ellas una polacra, a la que como ya era de siempre, se me mandó ir.
Era un buque casco negro bien cortado, palos altos y velamen muy usado,
que por todo hacía comprender lo económico de su dueño; y notando que su
tripulación pasaba del número ordinario y mala traza de todos ellos,
llegué a sospechar que eran piratas, pues al darle caza habíamos
experimentado su buena marcha; en fin atraqué y ya sentí un olor
nauseabundo que me anunció que algo extraordinario hallaría. Ya en
cubierta y dirigiéndome al capitán que con su gente se hallaba a popa y
pedídole los papeles, como me respondiese que ningunos tenía, llegué a
persuadirme que era cierta mi sospecha; mas preguntándole qué carga
tenía, me señaló la escotilla de bodega por toda contestación; fui a
ella y mi sorpresa fué grande, cuando a pesar del repelente vapor que
despedía, vi un enjambre de negros y negras de todas edades que con
espanto agrupándose unos sobre otros, huían como a esconderse, hasta que
con señales compasivas con mis marineros los tranquilizamos; despachando
enseguida el bote del negrero con su tripulación a nuestro buque, me
quedé con parte de los míos mientras se daban órdenes.
No es fácil describir toda la inmundicia de aquella, bodega, que se me
figuraba la olla de un hormiguero; las mujeres por todo vestido tenían
un cuadro de mala bayeta azul, y los hombres un pequeño chiripá de lo
mismo y bonete colorado de igual género.
Contemplando aquello que tanto afectaba mi sensibilidad, ésta subió de
punto cuando me apercibí que parte de ellos tenían en el pecho una marca
hecha a fuego como de una y media pulgada, en que aunque fresca y en
llaga se veía R. J. y una corona encima, lo que denotaba que aquella
singular mercancía era de más de un dueño.
En varios pasajes de cubierta se hallaban algunos torzales de cuero
crudo de algo más de vara de largo, pulgada de diámetro y terminando en
punta de tres ramales, y habiéndome uno de los marineros traído a
mostrarme uno de ellos a la escotilla donde me detenía lo curioso que
hallaba en aquel tenebroso grupo, cuando a su vista aquellos infelices
espantados trataron de esconderse levantando las manos como para
defender el cuerpo, prorrumpiendo en confusas voces.
Como trescientos seres eran aquellos pobres que la codicia había
arrebatado del hogar y que en aquel estado todo parecían, menos
racionales; había algunos engrillados de a dos, y todos cubiertos de
sarna.
Cuando vino a tomar el mando el oficial que debía conducir aquella buena
presa en la que íbamos a redimir a tanto desgraciado —que no llegó a
ninguno de nuestros puertos y que por ello siempre supuse había
sido llevada a alguno del Brasil—, dejé presuroso aquel buque, bien
desagradablemente impresionado, y no menos descompuesto mi estómago por
la inmundicia, y que no debo describir.
Otras dos presas habían caído en aquellas aguas, y poniéndolas a pique
después de extraerse de sus cargas aquellos bultos de más valor, en las
lanchas de ellas pusimos en libertad a todas las tripulaciones
prisioneras, para que con viento del mar fuesen a buscar la costa que
debía hallarse algo distante desde que no la distinguíamos, y habiéndome
el capitán de una de ellas hecho presente de un gran pez dorado ya
preparado en postas saladas y envueltas en harina en disposición de ir a
la sartén, en la misma tineta en que estaba lo hice poner en mi bote con
el objeto de cuando hubiese terminado el trabajo de que había sido
encargado, llevarlo conmigo de temor que no me guardasen parte si me
anticipaba a mandarlo. Así fué que cuando con viento en popa ya
navegaban ambas
lanchas, llegué a mi bergantín y luego de izado el bote hice sacar mi
contrabando y entregarlo al cocinero: agradeciéndome todos los oficiales
tan buen presente.
Puesto el pescado a las mesas de ambas cámaras, como debe suponerse fué
en breve saboreado, solo sintiendo que no fuera más, para por ese día no
haber hecho uso de la carne salada, cosa que había sido un grave mal,
como voy a demostrarlo.
Como a la hora más o menos, desde el comandante hasta el último de los
criados nos sentimos atacados de fuerte dolor de cabeza y fiebre, calor
seco y ardor en la vista, por lo que entramos en sospecha de que en el
dorado se nos había puesto arsénico, pues que la gran sequía que
experimentábamos, decía nuestro inteligente doctor era un síntoma
inequívoco, y mientras tanto éste que era uno de los más alarmados, no
sabía encontrar en su botiquín un antídoto, por lo que ocurrimos a tomar
buenas dosis de aceite de oliva. El mozo de cámara, que sin duda al
servirnos a la mesa se había tomado la mejor parte fué el que sufrió
más, tanto que se creyó que moriría, y como cosa abandonada se le puso
sobre el castillete de proa a que recibiese el viento, que navegando en
volina cerrada era allí más fresco.
Si se había puesto veneno, o este pez era de unos que de su clase hay
venenosos en ciertas alturas del océano, quedó la duda; el hecho fué que
por más de seis horas estuvimos bajo la influencia de tan desfalleciente
síntoma.
No faltó quienes quisieron que fuésemos en alcance de las lanchas y
pasándolas por bajo de la quilla hacer que con el presunto envenenador
pereciesen todos, pero ninguno que se atreviese a hacer tal proposición
al comandante, como tampoco quién en todo ese largo crucero quisiese
comer pescado.
Trazando con nuestra quilla, paralelas, diagonales y triángulos agudos y
obtusos sobre las aguas occidentales del Atlántico al montar el cabo
“San Roque” en Río Grande del Norte, y en ocasión de virar de bordo con
un viento fresco, habiendo el oficial de guardia demorado más de lo
necesario en mandar descargar las velas de popa, partióse la verga mayor
por la cruz, que con gran trabajo fué empalmada con tres remos del
bergantín y fuertes ligaduras; sirviéndome este hecho para saber que la
maniobra tan común de virar por avante es la más peligrosa de desarbolar
cuando no es ejecutada con la precisión debida, especialmente cuando el
buque cabecea, no siendo en todos los de cruz las mismas cuartas de
viento en que debe bracearse, tanto a proa como a popa, pues ello
depende de las esp^ialidades propias de construcción y línea de agua eñ
que se hallen.
El “Rondeau” en diez pies de proa y once y medio de popa, era tan veloz
en virar que se llega hacer la prueba de cambiar a un mismo tiempo el paño de ambos palos.
No pasaron muchos días sin que cayese en nuestro poder un bonito pailebot, y con sus palos admirablemente bien empalmados, se hizo a
bordo la verga con que se repuso la rota, favoreciéndonos las calmas
continuadas en los dos grados, latitud sur, para desguarnir la una y
aparejar la otra; y ayudados por las corrientes que van E. a 0. sobre
las costas del Marañaon, plácidamente fuimos a buscar la embocadura
del gran Amazonas, donde a causa de falta de práctico nos costó llegar.
Las tierras bajas de la entrada del Pará no habían sido vistas, cuando
al ponerse el sol un día en que una ventolina neutralizaba el gran calor
de aquella latítud, apresamos un pailebot idéntico al anterior, con
carga de zapallos ñames, frutas y en grandes cestos una buena cantidad
de gallinas, sabiéndose entonces que nos hallábamos ya dentro de ese río,
pues ese buquecillo procedía de una pequeña población de la margen
izquierda.
Así que estuve a su bordo, y hube remitido a nuestro bergantín la
tripulación y noticia de lo que contenía, mi primera diligencia fué
poner su pequeño bote en el agua y cargarlo de aquellos objetos que
debían ser agradablemente recibidos de lo que tuve prueba porque recibí
orden de transbordar toda la carga; en esta operación estaba y me
disponía a enviar por tercera y cuarta vez mi cargamento, reservando
para lo último las gallinas, cuando el "“Rondeau” que se había mantenido
en facha, marea de vela, se me aproxima y a la bocina se me ordena
volver inmediatamente con mi gente a él, dejando a la ventura el
buquecillo. No obstante hallarse muy cargado el botecito, saltamos a él
agregándole uno de los cestos de aves y llegué a nuestro bordo con el
sentimiento de dejar el resto.
No bien estuve en cubierta a la imperiosa orden de: ¡a bordo! pero sin
por eso dejar de hacer poner en nuestro buque- el cesto y algunos cocos,
cuando ya -se mandó bracear dejándose a merced de la corriente también
el resto de mi carga que consideraba de gran valor.
—¿Por qué tanta precipitación —pregunté' a uno de mis oficiales que a
la vista de las gallinas golpeándome en el hombro, festejaba mi
precaución.
—Se ven luces: debe ser un convoy el que tenemos cerca —me contestó.
—Seis, siete, ocho —muchas luces por el costado de babor, avisaban los
vigías; cuando el capitán o patrón del pailebote de las gallinas que
silencioso había permanecido recostado a la carroza del rancho de proa,
corriéndole de vez en cuando por las mejillas una lágrima, arrancada por
el recuerdo de la esposa amada, de los hijos queridos o la fortuna perdida, al pasar cerca de él me dijo: —“Seus
voluntario, e ó Pará”. Sin pérdida de tiempo lo comuniqué al primer
teniente; siendo ratificada esta noticia por sus marineros; por lo que
después de consultada la carta y comprendiendo nuestro comandante el que
en las aguas mansas y por la fuerza de las corrientes nuestro buque
había andado mayor distancia de lo que había resultado del cálculo, se
mandó virar por avante y navegar solo en mayores en vuelta de fuera,
continuándose a ver los fuegos que desde las cofas, por lo que con ese
poco paño nos mantuvimos hasta venir el día que distinguimos la costa a
nuestra popa.
Una brisa del tercer cuadrante vino a proporcionarnos el hacer derrota
al Norte, esperándose por la estación en que estábamos, el conseguir
cortar la línea en poco tiempo, y en efecto en-ese día volaba nuestro
buque en demanda de ese punto del globo y de cuyo pasaje se contaban
tantas anécdotas entre los marineros.
La instrucción que había recibido no me dejaba desconocer que todo ello
no era sino patrañas; pero a más de considerar como un suceso singular
el llegar a ella, había en mí a más de cierta curiosidad respecto a la
temperatura que se experimentaba, un sentimiento de orgullo.
Habíamos oído decir al comandante Coe, que teníamos que dejar las costas
enemigas a los demás buques de guerra que debían habernos seguido,
porque debíamos buscar la incorporación de los que debían haber salido
de Norte América con el comandante Fournier, y no faltó quien dijese que
iríamos hasta el Missisipí; tampoco faltó quien asegurase que de paso
apresaríamos buques españoles, porque nuestro comandante tenía
autorización para ello, porque no estábamos en paz con aquella nación.
En fin, de algo se había de hablar en la sobremesa de nuestra cámara,
que dividida por un débil mamparo de la que ocupaba el comandante, su
segundo y el médico, era como si viviésemos en un mundo distinto: la
idea de visitar la Gran República me gustaba sobremanera, y a otros más
la de apresar buques con cargamentos valiosos.
La brisa y los continuados chubascos que nos habían acompañado, nos
abandonaron al llegar a la línea, y la perpetua calma hizo que el buque
volador plegase sus alas.
Los viejos marineros contaban a los que por primera vez llegaban a la
línea, entre un sin número de patrañas, que allí iba a aparecer sobre
las aguas, Neptuno sentado en una gran concha con su corona y tridente
en la mano; que sería necesario pedirle permiso para poder continuar el
viaje, que si la sirena dejase oír su canto quedaríamos encantados; como
esto tuviese lugar en un círculo en que se hallaban algunos paisanos y
soldado no faltaron quienes dieron crédito a semejantes disparates; pero oí a
uno de los últimos que había sido ordenanza del general don Antonio Balcarce,
contestarles muy oportunamente:
—No se atreverá a mostrarse ese sujeto ni a cantar esa dama de miedo de
nuestros cañones.
Los rayos del sol, cuando este iba a llegar al cénit, herían en un mar
tan terso como si fuese de azogue vivo, y la refracción se producía como
la del foco de luz en un espejo cóncavo, multiplicando la fuerza de la
en que nos hallábamos envueltos que apagaban nuestra vista, no dejando
descubrir los horizontes.
¿Dormían los enojosos elementos o era que dominados por el astro rey no
se atrevía el agua a bramar, a rugir el viento? Sus índoles bulliciosas,
como la entusiasmada imaginación de los que como yo, por primera vez
llegaban allí, al sentir su fuego, hallábanse suspensos.
Como si se hubiese tocado generala para aprestarnos al combate, desde
antes de amanecer, todos los tripulantes nos hallábamos en cubierta a
saludar el día y contemplar con recogimiento religioso al que adoraban
los incas, que alzándose de entre azulados vapores, había apagado el
brillo de las estrellas que habían empalidecido a sus primeros albores.
Me mostraba su vivísimo esplendor, en el aire, en las diáfanas agúas, en
nuestra brillante bitácora de bronce, en los blancos palos reales, con
sus cabilleros del mismo metal primorosamente limpio, velamen y
cabullería firme y volante, que abrillantaba con su luz y que
contemplaba ya desde popa, ya desde el castillo de proa, pareciéndo-me
que nuestro buque habíase transformado en cristal, y que se hallaba
balanceándose en el espacio.
Era el acontecimiento que los marineros acostumbraban festejar y el
comandante dispuso hacerlo con una salva de 21 cañonazos, y al llegar el
sol al cénit, ésta tuvo lugar.
El humo de nuestra artillería que no se despegaba del bergantín, nos
tenía en una atmósfera demasiado sofocante; y para salir de entre aquella nube fué necesario armar la parlamenta y bogar, consiguiendo así
alejarnos de ella, la que vista a la distancia nos ofrecía la ilusión de
un capullo de transparente algodón con su claro-obscuro sobre un gran
espejo, moviéndose al tenue movimiento de extensas y prolongadas ondas
del océano.
Muchas veces subí a las crucetas a contemplar desde la altura aquella
naturaleza dormida, sin conseguir descubrir algo que llamase mi atención,
fuera del brillante combés del buque; porque cuanto más subía, menos
alcanzaba mi vista que buscaba desde allí algo más que los que miraban
desde la cubierta; en el tope me parecía que estaba dentro de una
reducida redoma: no obstante, allí sentía una temperatura más agradable
al columpiarse en el incierto movimiento, que el peso de la alterosa
guinda del bergantín con sus velas cargadas daban de tiempo en tiempo,
hasta que el contrapeso de su casco lo serenaba por unos momentos, en
que cesaba el chas-chas de la cabullería. A pesar de que no nos llevaba
una expedición de comercio, todos deseábamos salir cuanto antes de
aquellas mortificantes calmas; y por eso tanto en la plana mayor del
buque como en la marinería no cesaban las conjeturas y cálculos de los
días que durarían. Los más eran de opinión de que por hallarnos próximos
a la costa occidental del Océano sería larga nuestra permanencia: otros
que hallándonos en la época en que reinan las ventolinas del tercer
cuadrante, talvez nos llegaría pronto una que ayudando a las buenas
condiciones de nuestro buque, nos sacaría de aquel silencioso mar cuyo
manso movimiento parecía el que por la respiración se produce en la piel
de un león dormido.
Era yo el menos impaciente porque allí me detenía una curiosidad no
satisfecha: deseoso estaba de ver los pescados voladores, y en efecto,
no tardé en distinguirlos a lo lejos, los que viniendo en dirección a
nosotros, al principio se me figuró que eran las mojarritas de nuestros
arroyos mas bien pronto, los contemplé con el placer del niño, esperando
que algunos cayeran en cubierta, pero fué en vano.

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