San Francisco, 6 de junio. — Uno de los puertos más
espaciosos y pintorescos del mundo. Ciudad moderna y
progresista, que tenía entonces 400.000 habitantes y que fué
destruida más tarde por un terremoto. Durante esta escala,
que fué de 13 días, el californiano Jeffries, de 23 años,
vence al campeón mundial de box Fitz Simmon; acontecimiento
trascendental para aquella región del globo.
"El día 6 llegamos a San Francisco, después de haber
recorrido 3.700 millas con malos vientos, a veces muy duros
y algunos días con mar de leva muy alta por el través.
"Durante la estadía en este puerto los guardia-marinas
han visitado el Arsenal de Marina de Mare Island y los
Astilleros de la Unión Works y Co.; se hicieron víveres para
los meses de junio, julio, agosto y septiembre y reposición
general de artículos.
"El buque fué constantemente visitado; se recibieron
invitaciones de todos los Clubs de la ciudad y entre las
fiestas sociales a que hemos concurrido debo hacer mención
de la del Club de Gimnasia y la que nos ofreció el Sr. Loiza,
cónsul argentino en este puerto y a quien debemos toda clase
de atenciones, que obligan sinceramente nuestro
reconocimiento. La prensa diaria nos ha favorecido desde nuestro arribo con
las opiniones más favorables para nuestro país, su marina y
la Fragata "Sarmiento".
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Estas fotos dueron tomadas
en 1899, antes que San Francisco sufriera un gran terremoto seguido de
un incendio que destruyo casi toda la ciudad, por lo tanto mucho de lo
que aqui se ve no existe mas. |
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Clipper entre Acapulco y San
Francisco |
Panorama de San Francisco |
Market Street |
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Farrel y Market Street |
Marineros de la Fragata en
el Golden Gate Park |
Invernaculo del Golden Gate
Park |
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Sutro Heights |
Sutro baths |
Entrada a Sutro
Heights |
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Strawberry Lake, Golden Gate
Park |
Cliff House, hotel que fue
demolido muchos años despues, preferido por los bañistas veraniegos. |
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El Call Building, el mas
alto de San Francisco entonces y a la der. el interior de Palace Hotel,
con entrada cubierta para carros- |
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Una loberia |
La calleMadison, en Oakland
al otro lado de la bahia. |
Alrededores de San Francisco |
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HDS - HAWAII (HONOLULU)
Son las seis de la mañana; ésta es algo calurosa, pero
agradable; nuestra nave con el paño aferrado y meciéndose
suavemente sigue buen viaje; hacia babor y muy lejana se
distingue una costa, no muy extensa ni muy elevada, es la
isla de (espacio en blanco), hacia proa y algo a estribor,
más cerca que la anterior y con algunas elevaciones
notables, medio<s> cubiertas por las brumas, se distinguen
las tierras de Hohau, donde se encuentra Honolulu, a cuyo
punto (¿puerto?) nos dirigimos. La mañana está brumosa y por
intervalos caen grandes chubascos, que nos hacen pensar en
los capotes de goma, pero muy luego pasan, y hermoso,
ostentando sus vivos colores, aparece el arco de la alianza,
el arco iris, por debajo del cual parece que fuese a pasar
la Sarmiento; un extremo cae al mar, cerca del horizonte, y
el otro matiza con sus colores la cima de uno de los cerros
de la vecina costa; ésta se va destacando y permite que se
reconozcan algunos de sus puntos más caracterizados,
sacándose al mismo tiempo croquis de los que van quedando
por el través. Se nota una depresión en la costa al llegar a
Punta Diamante del que aún distamos algunas millas; gran
número de guardiamarinas sacan croquis desde la toldilla:
son las siete de la mañana: el Comandante mandó vestirse de
traje blanco a todo el personal del barco, incluyéndose en
él la oficialidad y guardiamarinas. A las ocho se izó el
pabellón el que ostentando los gloriosos colores de nuestra
patria, parecía flamear con placer a la entrada y
arribado por segunda vez a la tierra que fuera la primera en
reconocer la independencia a la nación que simboliza.
Estamos casi sobre Honolulu. A nuestro alrededor y algo a
popa hay numerosos bancos de arena; algo más distantes y
cerca de la costa una rompiente cuyas olas se elevan a más
de seis metros, y esa elevada masa de agua corre sobre la
playa arenosa arrastrando en su furia cuanto encuentra.
Serían las ocho horas y treinta minutos cuando nuestras
piezas daban al pueblo de Honolulu el saludo acostumbrado;
al mismo tiempo y como a doscientos metros del atracadero el
ancla agarraba el fondo, quedando parados y en contemplación
los que no estábamos de guardia, de cuanto nos rodeaba.
Próximo a nosotros una barca, cuyo renegrido y manchado
casco, con su arboladura, su mal estado y algunos masteleros
rotos daban a conocer la inclemencia de la mar durante la
travesía; a nuestra proa un gran transporte Norte Americano
llevando a su bordo doscientos ochenta voluntarios, es el
Sheridan, que días antes viéramos fondeado en la bahía de San
Francisco; este transporte debía continuar viaje a Manila,
en auxilio de sus compañeros. El pueblo de Honolulu quedaba
casi oculto a nuestra vista, al menos sus calles, debido al
paraje en que habíamos fondeado; no obstante se veían muchas
casas sobre estacas, algunas lanchitas tripuladas por los
naturales, medio<s> desnudos, un enjambre de negritos al
costado de nuestro barco, tan nadadores como un pez, y a la
pesca de alguna moneda que se le tirase al agua, las que con
gran admiración nuestra recogían después de un prolongado
zambullón.
Al día siguiente bajamos a tierra, esparciéndonos en la
ciudad, todos por distintos rumbos, formando agrupaciones de
dos, tres, cuatro, cinco cada una.
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El buque de transporte de
tropas norteamericano "Sheridan", en puerto y saliendo hacia Manila. |
Honolulu
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El pueblo goza de sus comodidades: tiene tranvías, luz
eléctrica, sus cafés, confiterías, casas de juego, sus
hoteles y surtidas casas de negocios. Por lo dicho se creerá
que Honolulu es un pueblo vulgar y como cualquiera que tenga
treinta y cinco mil habitantes, que tenga luz eléctrica y
tranvía; téngase presente que las islas Sandwich son
llamadas el Jardín del Pacífico y que Honolulu forma parte
de una de ellas, quizás la mejor. No diré de él que sea un
país encantado, pues nada hay sobrenatural, pero sí diré que
es un verjel, un valle florido, un verdadero jardín, nombre
con que ha sido bautizado así como con el de «Paraíso del
Pacífico». Viéndola de una parte retirada y elevada aparecen
establecimientos diseminados en un gran parque. El corazón
mismo del pueblo donde los edificios están continuados y
unidos forman calle(s) de poca extensión; ellas en cambio
son continuadas por hermosas y verdaderas avenidas, llenas
de sombra<s>, que no hacen más que separar y limitar los
parques, más naturales que artificiales, que se extienden a
uno y otro lado. Cualquier calle es continuada así y en esos
extensos parques, de mucha sencillez y llenos de luz que son
obra de la naturaleza, y no del hombre, se ve un bonito
edificio que cualquiera lo tomaría por un paraje de recreo
público, y no por la morada de una humilde familia, quizás
ignorante de lo que tiene.
No sólo esos parques naturales es
lo que llama la atención, es lo que encanta recorrer en sus
tardes suaves y nubladas; también las faldas de sus
pintorescas montañas que se elevan gradualmente de la
superficie, permitiendo treparla hasta en vehículos; sus
ondulaciones, lo poético de sus noches de luna<s>, con ese
cielo estrellado, una suave temperatura, al subir por una
cuesta arbolada sintiendo el olor a la naturaleza puede
decirse, y respirando las brisas de todo el océano, eso es
hermoso y esos encantos nos recuerdan nuestra patria, pues
en nuestro egoísmo queremos creer que ella sola es capaz de
brindamos. Al sentirse fatigado por el mucho caminar, al
penetrar bajo la sombra fresca de los preciosos árboles, al
recostarse en el verde pastito que matiza el suelo, al mirar
a lo lejos por entre los árboles cuya caprichosa agrupación
los hace más lindos, al distinguir a lo lejos una humilde
casita, a la par que se siente el murmullo de multitud de
pajarillos y que se ve brincar, correr y revolotear otros,
uno se cree estar en el pedazo de tierra que lo vio nacer o
criarse; le parece que ésos son los mismos árboles bajo cuya
sombra jugó cuando niño; que esa casita habitaban los seres
mas queridos, tal es lo que sentíamos cuando cansados de
buscar el museo, nos internamos, yo y mi amigo Navarro,
en uno de esos parques. ¡Cuánto desearía en mi patria un
pedazo de tierra así! ¡Cuán gozoso vería a la falda de unas
montañas como éstas y en medio de un jardín natural como
aquí, una casita, cómoda y modesta, y en ella como únicos
propietarios a mis ancianos padres disfrutando allí de
comodidad, tranquilidad y placer!
Una comida a lo Kanaka
No obstante la diversidad de razas, de costumbres y de
carácter, en todas hay de todo y si algunas son retraídas y
si egoístas otras, hay otras que en cambio ofrecen sus
servicios al viajero llegado por primera vez. Algunos sirven
de cicerone, otros nos invitan a su casa y nos presentan (a)
sus hijos y esposa.
Uno de éstos últimos encontramos en Honolulu, que sin más
conocimiento de que éramos oficiales residentes allí hace
tres días, nos invitó a una comida y baile, que a fin de que
tuviéramos conocimiento de las costumbres del país, la(s)
haría a la criolla, es decir, a lo Kanaka.
Su esposa parece ser la más noble de los naturales, cuya
reyna hacía ocho días dejó de existir en San Francisco,
donde pasó sus últimos días, cuando no pudiendo sofocar la
revolución que quería destronarla, pidió la anexión de sus
dominios a los Estados Unidos; pues bien, la esposa de
nuestro presentado era la parienta más cercana, en
consecuencia, su casa es el edificio construido a mayor
altura; lo cierto era que llevaba y le daban el título de
Princesa, y a su casa estábamos invitados. A las siete de la
noche nos encontrábamos reunidos en el mencionado hotel los
invitados para el baile; la noche era hermosa, la luna casi
llena estaba por sobre nuestras cabezas, y una agradable
brisa se dejaba sentir de vez en cuando; faltaban cinco
minutos para la hora en que nuestro Príncipe llegase y ya
empezamos a creer se hubiese divertido con nosotros
invitándonos a una casa que quizás no existiese; sin
embargo, tuvimos que arrepentimos de nuestras creencias, pues
a la hora mencionada se nos presentó: con su cara especial,
sonriente, medio ganso si se quiere, alto, delgado, bastante,
quemado; hablaba no sólo el inglés y el kanako, sino también
italiano, que era la lengua que más le entendíamos.
Como a
las ocho tomamos el tranvía (éstos son pequeños, no llevan
mayoral y el dinero importe del pasaje debe colocarlo cada
pasajero en una cajita de vidrio) nuestro príncipe, sin
escuchar nuestras instancias se
obstinó en pagar y al efecto depositó un dollar en la cajita,
del que se cobró el importe el cochero. Del tranvía sólo nos
servimos pocas cuadras, bajándonos y siguiendo a pie; al
poco andar y por una ancha avenida iluminada por los débiles
rayos de la luna, empezamos a trepar una cuesta, ésta se
hacía interminable y ya empezábamos a renegar de la nobleza
de la princesa, pues a no serlo tanto hubiera podido
edificar más abajo y empezábamos -digo- a protestar cuando
al torcer hacia la izquierda unos cuantos metros, estuvimos
delante de un edificio, que no era de lo mejor, pero sin
embargo sencillo y de linda apariencia, muy iluminado y
lleno de banderas del país; la primera presencia no fue mala,
quien sabe lo demás.
Tomando un carácter más serio y
respetuoso en apariencia, penetramos en la casa, una vez
allí nos presentó (a) su criolla y noble esposa, mujer de
unos treinta y cinco años, natural de allí, color algo
moreno, muy alegre y de carácter muy resuelto. Penetramos en
una salita improvisada, donde había algunas muchachas; kanakas, todas, una morena alta, gruesa y fornida, capaz de
derribar a cualquiera de un puñetazo; otras morenitas, más
bajas y delgadas, algunas rubias, una muy alta como un álamo,
con el cabello suelto y que parecía una Margarita o
Mercedes, (de las) que existen en la imaginación de J.
Gutiérrez, otras rubias y algunas cuantas viejas; entre los
hombres, un turista, un buen hombre muy comedido y de
carácter alegre, se encontraba allí de paseo, y de paso para
el Japón, varios yanquis y algunos criollos.
El baile empezó
al compás de un piano y violín, bailándose piezas comunes en
todas partes; uno de nuestros compañeros, quizás el que
trataba de bailar con más finura con la rubia alta de
cabello suelto, lo vimos rodar cayendo debajo, y encima de
él la muchacha; eso no fue motivo para que interrumpiesen el
entusiasta vals, que continuaron hasta que sonó la última
nota del piano; terminado el baile, que estuvo nada
halagador por la escasez de muchachas y la dificultad del
idioma, nos sentamos en círculo para ver la bailarina de
aires criollos, la mejor que tuvo el rey, y que estuvo
expuesta en la exposición de Chicago. Pronto empezó la
música del país, cantada y tocada por un negro. Enseguida
penetró la bailarina, era una joven negra, petisa, retacona,
vestida a medio cuerpo, con un vestido de las indias
naturales, hecho de palmeras, el baile puramente criollo no
trataré de pintarlo, pues es lo más indecente, de lo peor
que se pueda imaginar.
Faltaba lo mejor, era la comida a la criolla, que nos
permitió conocer las costumbres a ese respecto. En un
corredor hacia el centro del pueblo, se arregló lo mejor que
pudieron: de allí la iluminación de la población perdida
entre los árboles, y la luz de la luna que sobre ella se
esparcía, hacían aquello delicioso. Allí había una larga
mesa con capacidad como para cuarenta personas: sin ninguna
ceremonia después del baile criollo, nos hicieron pasar a la
mesa, alternando las sillas; tuve por mala fortuna sentarme
al lado de una vieja que no sólo era poco conversadora,
sino que no le entendía ni papa. Apenas sentado(s) a la mesa
notamos la falta de ciertas herramientas para nosotros
indispensables, como ser servilletas, tenedores, cuchillos y
cucharas, no sabíamos si aquello era un olvido en mi asiento,
y me disponía a pedirlos, cuando vi que mi compañera tomaba
de un platito con los dedos un envuelto con chala, lo abrió
y lo puso en mi plato, era pollo lo que allí había; tomó
otro para sí, hizo la misma operación, es decir, quitóle la
chala y lo colocó en el suyo; todos hacían lo mismo; al lado
había, en un pequeño plato, una especie de salsa, de la que
mi compañera levantó un poco con el dedo y lo iba a colocar
sobre mi presa si no la hubiera contenido apresuradamente
con «I do not, please», yo no gusto, pero su trabajo no fue
perdido pues lo puso en el suyo; traté de comer o por lo
menos probar de aquello: no estaba muy rico, pero era muy
tierno y tenía un gusto agradable, que agregado al hambre
que tenía lo hacía mejor; terminado el primer plato, se
trajo otro, también envuelto y comido a dedo, era carne de
chancho; luego pescado seco y crudo, que aquella gente
come<n> con tanto gusto; terminado, dieron comienzo al
contenido que había en una gran taza de loza, y que la vista
semejaba a engrudo; creí que para comer aquello traerían una
herramienta especial, aun cuando criolla; pero no sucedió
así y la rubia del frente metió sus dedos mayores de la mano
derecha en la taza, revolvió, sacó la mano, e introdujo todo
lo que pudo los dedos en la boca, sacándolos después de
darle(s) un gran chupetón y de hacerlo(s) sonar al sacarlo(s);
esto ya llegaba al colmo, pero, ¿no nos habíamos
comprometido<s> a asistir a una comida kanaka? ¿Y no era
ridículo no intentar siquiera probar lo que nuestras
compañeras de baile comían con tanto agrado? Así era, en
efecto, y después de todo, ¿quién no me decía que aquello
fuese algo excelente? Un poco animado con este raciocinio, a
la vista de mi gran taso (?) hundí mis dos dedos cuan largos
eran, revolví y los llevé a la boca. La lengua, más prudente
que los dedos, apenas tocó<aron> aquella mezcolanza de agua
salada y pegajosa como engrudo, retiré con ligereza la mano,
tanto que creo que me notaron, y uno de mis compañeros me
dijo en alta voz: ¿qué tal con el experimento? Lo peor es
que tenía los dedos engrudados y no tenía cómo limpiarlos,
pues no había servilletas y no quería quedarme sin pañuelo
depositando en él esa sustancia. Hice un esfuerzo, al fin no
era veneno, cerré los ojos y con gran ligereza me llevé los
dedos a la boca, retirándolos limpios. Bueno, me dije, ya
tienes bastante para juzgar una comida a la criolla en las
islas Sandwich, y no quise probar nada de aquellos potajes
que se hacían repetir. Una sandía como postre, vinos y
licores dieron fin a aquella notable y curiosa comida, que
me dejó con más hambre que la noche de ayuno en bahía Borga.
Nuestro día de partida se aproximaba, es hoy
el Nueve de Julio, rara coincidencia, que siendo Honolulu la primera en
reconocer nuestra independencia, sea allí donde se festeje el día conmemorativo; las
fiestas de este día Patrio se redujeron a izar el pabellón,
a los acorde(s) de nuestro himno y el empavesado
reglamentario en tales días, estando en puerto. A las cuatro
de la tarde se corrieron tres regatas, siendo premiados los
ganadores con una libra esterlina, a la noche se hizo uso
del engalanado eléctrico.
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El 9 de Julio en Honolulu,
la fragata engalanada. |
Al día siguiente, como a las 11 p.m. se empezaba a levar el
ancla y, momento(s) después, poníamos la proa mar afuera;
algunos barcos nos despidieron haciendo tocar sobre cubierta
sus bandas de música, los que las tenían, o cuando menos un
tambor o un trompa; no esperábamos una despedida tan
cordial; un vaporcito con una banda de música y acompañada
de algunas muchachas, señoras y hombres nos acompañó,
siempre tocando, hasta muy retirado de la costa. Mucho nos
agradó esa prueba, máxime si se tiene en cuenta que no la
habíamos recibido en ninguno de los anteriores puertos, y si
se tiene<n> en cuenta que la travesía por hacerse era de
tres mil ochocientas millas.
Del parte de navegación entre San Francisco de California
y Yokohama, tomamos las siguientes referencias.
"Yokohama, 25 de agosto de 1899. — Al entrar al Puerto de
Honolulú se observó que todos los buques allí fondeados
estaban empavesados con el Pabellón Americano, por lo que al
mismo tiempo que saludamos la plaza se empavesó el buque en
homenaje al aniversario patrio de los Estados Unidos de la América del Norte de cuyo territorio han pasado a
formar parte las Islas Sandwich.
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Vista gral. de Honolulu |
Honolulu |
Fachada principal de la Casa
de Gobierno |
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Palacio de Gobierno |
Estatua al rey Kamehameha |
La avenida Nuanu |
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Iglesia protestante |
Museo |
Canal de entrada al puerto,
con una chalupa de la Sarmiento y varios marineros bañandose. |
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Visitas el 9 de Julio |
Vista desde las montañas |
Bailarinas de Hula |
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Visita a una mina |
Waikahalulu Falls |
Hawaiian Hotel |
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Puesta de sol |
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PAÍSES EXÓTICOS
19 de junio. En marcha otra vez. — Plácida y rápida
travesía de 14 días hasta las islas Hawai. Anécdota
pintoresca: Un cabo de mar español, andaluz sin duda,
entretiene a los grumetes de su trozo de guardia con
recuerdos náuticos, una noche en que el buque da grandes
balanceos: "Esto no es nada -— les dice — verán Uds. cuando
lleguemos "a la mar salada". Sabe Dios dónde suponía aquel
lobo de mar que andaría la "Sarmiento". Lo cierto es que
andaba a la mayor distancia posible de tierra en toda la
redondez del globo.
4 de julio Honolulú — Paisajes de insuperable hermosura:
"el Paraíso del Pacífico". Hace dos años que los Estados
Unidos se han anexado las islas, haciéndolas progresar a
grandes pasos, pero éstas conservan aún casi todo su encanto
virginal, que no tardará en desaparecer. Les es dado a los
marinos conocer a los descendientes del gran Kameha-meha, el
monarca que mantuvo relaciones amistosas con Bouchard.
Seis días de descanso, y la fragata emprende la mayor de
sus travesías, 4.200 millas, que le costará 31 singladuras,
durante las cuales gana un día, pues del 21 de julio pasa
sin transición al 23. Cosas de los geógrafos. El 11 de
agosto están en Yokohama.
"Durante nuestra estadía en Honolulú se dio permiso por
brigadas a la tripulación, se hizo una recorrida general de
la arboladura, pañales y Santa-bárbaras.
"El día 9 de julio aniversario patrio, se festejó
con todas las formalidades que son de práctica y además con
un banquete y fiesta de carácter social, a la que
concurrieron todas las autoridades de la capital Hawaiana y
lo más selecto de la sociedad nativa y de la americana, que
veraneaba en aquellos parajes.
"El día 10 del mismo mes, se levaron anclas y se zarpó
con destino a Yokohama, siguiéndose la ruta aconsejada a los
buques de vela por los derroteros ingleses y cartas de
viento del Pacífico Norte.
De Honolulu a Yokohama
La travesía por hacer entre Honolulu y Yokohama, de tres mil
ochocientas millas, es la más larga de nuestro itinerario, y
quizás una de las más peligrosas.
Hoy <somos> (es) ya Io de Agosto, la larga travesía va ya
tocando <a> su fin, los vientos nos han sido sumamente
favorables, hemos descendido inmediatamente al paralelo 18°,
que lo hemos seguido hasta la longitud de Io 0 en que
hicimos la virada para entrar en la verdadera zona peligrosa
al dirigimos al N.O. Es de hacer notar que en la presente
navegación no hemos vivido el día 22 de Julio de 1899, pues
no existió para nosotros. Nuestro continuo navegar en la
misma dirección que se mueve el Sol hace que éste cada día
nos encontrase más tarde de lo que si estuviésemos sin
movernos; esto da por resultado que al llegar al meridiano
180° el Sol nos encuentra 12 hs. más tarde de lo que debe,
es decir, medio día más tarde y siguiendo <da> en la misma
dirección al llegar al meridiano superior de Green wich
tendríamos atrasadas 24 horas, o sea un día en la fecha; por
esta causa, es decir, para evitar esa discordancia en un día
más que los que se cuentan en cualquier parte del mundo,
pasamos directamente del día viernes 21 de Julio al domingo
23 del mismo.
Como dejo dicho, hace ya 20 día(s) que nos encontramos en el
Gran Océano, dirigiéndonos a la ciudad de Yokohama. Hemos
penetrado en la región de los tifones; por fortuna no nos ha
tomado ninguno de esos terribles huracanes que casi nunca
dejan flotando embarcación que encuentran, grande o pequeña,
sin embargo el tiempo es de lo peor, hasta el presente la
fuerza del viento que hace crujir la arboladura y silbar los
cabos apenas permite largar las gavias y éstas con todas sus
manos de rizos; las olas, que semejan montañas líquidas, no
respetan los seis metros de altura de la borda, para
precipitarse en rudos golpes en cubierta, barriendo cuanto
encuentran a su frente, contra ellas, para hacerlas menos
fuertes, se han colocado bolsas de aceite y a fin de
pulverizar la masa, capaz de arrancar una pieza o llevarse
un puente, se ha colocado un riel de gruesos cabos a cada
banda, los que fraccionan la ola antes de caer en cubierta,
debilitando así su acción; no hay para qué agregar lo duro y
largas que se hacen en esos días las horas de guardias,
teniendo que mantener el equilibrio contra los rolidos,
sobre una cubierta bañada por momentos por las olas,
pudiendo apenas caminar, exponiéndose a ser derribado por un
golpe de mar y recibiendo durante todo el tiempo la lluvia
torrencial que duró cuatro días.
Hoy es 6 de Agosto, a la región de los tifones han seguido la de las calmas chichas; el barco con sus
35 velas no da ni dos millas; el tiempo es suave, el
descenso del barómetro indica próximo mal tiempo; esto, y
como estamos casi parados, obliga a encender los fuegos y
dar avanti con las cuatro calderas, a diez millas por hora;
dentro de cinco días debemos dar fondo en el deseado puerto
de Yokohama, a donde nos dirigimos desde hace 26 días.
Al principal puerto del país original y Oriental por
excelencia, al Japón, donde nuestra bandera que flameará
allí por vez primera, es casi desconocida, si no
completamente; nuestra nave, pedazo de nuestra Patria, debe
presentarse en el mejor estado, no obstante de la
inclemencia de la mar: sus palos y vergas lavados, la
pintura de su casco retocada y completamente pintadas sus
cámaras, camaretas, sollados, pasadizos, baños y todos sus
compartimientos, su paño cuidadosamente aferrado y los palos
enfundados. ¡Cuán distinto es el aspecto interior de nuestra
nave ahora, que pocos días antes, con su paño empapado por
la lluvia, la cubierta bañada por las olas, las cámaras y
camaretas húmedas, sin luz ni aire en un continuo soplar y
en continuo peligro!
Son las cinco de la mañana del día 11. Nuestros cálculos
continuados nos hacen esperar la vista de tierra apenas se
aclare el horizonte, algo brumoso: la mañana es templada,
algunas aves marinas de blanco plumaje revolotean delante
del barco: las nubes algo apelotonadas y con vivos colores
del crepúsculo se dejan ver hacia la proa. Son las 5 hs. 25
apenas destacándose entre las brumas, se distingue tierra
por la proa hacia estribor. ¡Tierra después de 30 días de navegación, y tierra Japonesa! Pronto aparece tierra por
babor y tratamos de situarnos por marcaciones a la vista de
la carta; no obstante el pico del Fuji Y ama, de 3500
metros, no se veía y esto nos hacía dudar un tanto.
Seguíamos proa a tierra con los gemelos enfocados, trataba
de buscar ese elevado monte, cuando de pronto aparece con su
elevada y enorme mole de forma completamente cónica y su
base cubierta por espesas y blancas nubes. Inmediatamente lo
comuniqué al oficial de derrota que desde muy temprano se
paseaba en el puente, una exclamación de satisfacción y
elogio al hermoso pico fue la contestación que me dio al
indicárselo y verlo. Corrió al taxímetro y después de unas
cuantas marcaciones, me dio la orden de comunicar al
Comandante que había abandonado el rumbo ordenado por estar
ya situado a vista de tierra. Sin duda ya, seguimos
avanzando en la seguridad de que en breves horas daríamos
fondo en Yokohama. Sólo un barco a vela y a vapor se veía
próximo a la costa, navegando en la misma dirección.
Acabamos de dar fondo en el puerto japonés, como a tres
millas de la costa.
"El día 11 al amanecer, poco después de haber levantado
presión, se avistó por la proa las Islas Vries y luego el
volcán Fujiyama y las tierras de la entrada del canal de Uraga, el cual se principió a navegar a las 8 a.m. para
tomar el Golfo de Tokio y arribar a Yokohama a las 10 a.m.
"Después de fondear recibí a bordo la visita de las
autoridades del puerto y una vez mandadas agradecer, fui
personalmente a visitar al Señor Gobernador, quien vino a
bordo al siguiente día.