Historia
y Arqueologia Marítima
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ARMADA DE PERU
OCCIDENTE LLEGA POR MAR
Esta seccion esta compuesta por textos e imagenes del libro "El Mar de Grau y la Marina de Guerra del Perú", editado por la Armada Peruana, con textos del Dr. Percy Cayo Córdova y el Dr. Raul Palacios Rodríguez, impreso en Francia en ingles y español, sin fecha. Solo se han tomado los capitulos sobre el Mar en el Antiguo Peru y en el Virreinato, la emancipacion y la Republica.
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Desde fines del siglo XV, se va dando la expansión colonial y marítima de la península ibérica. Ella había tenido su punto de arranque en los descubrimientos portugueses que alentó el príncipe Enrique El Navegante.A lo largo del siglo XV, marinos portugueses como Gil Eanes, Nuño Tristao, Dini Dias, Diego Cao, Bartolomé Díaz y Vasco de Gama, avanzan bordeando el continente africano y descubriendo nuevas tierras.Entre el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza por Bartolomé Díaz y el de Vasco de Gama, que llega a Calcuta, ocurre el Descubrimiento de América. Todos estos acontecimientos fueron fruto del notable avance que durante el siglo XV fue ocurriendo en la arquitectura naval. Expertos de la región del Algarve (al sur de Portugal), introdujeron modificaciones en las naves: los cascos se hicieron más largos; las bordas se hicieron más altas; el castillo de popa se hizo más alto, mientras la proa se tornaba más punteada. Con todo eso se logró una nave que se balanceaba menos y cuyo velamen fue creciendo y perfeccionándose: la Carabela.Con ellas la corona de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón de la España ya unificada de fines del siglo XV y a quienes el pontífice Alejandro VI concedió el título de Reyes Católicos, ensancharon el mundo hasta entonces conocido por Occidente.
Maqueta de la Santa Maria. Fueron ellos los que alentaron la empresa descubridora de una nueva ruta a la India, propuesta por un iluminado navegante y científico genovés, Cristóbal Colón. Con pasión a pesar de prolongados reveses, Colón consiguió el apoyo de Fernando e Isabel que pusieron a su disposición tres naves que adquirirían fama: la Santa María, la Niña y La Pinta. Con ellas en nombre de España, Colón emprendería el gran viaje que devendría en el más portentoso descubrimiento, aquel al que un cronista, ya citado con anterioridad, menciona como "la mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó" (López de Gomara). Tres viajes más realizaría el gran navegante eponimo que moriría en Valladolid el 20 de mayo de 1506, cuando desde la isla Española y su capital Santo Domingo, irradiaban expediciones de descubrimiento, exploración y colonización. Una de ellas, la que comandaba el extremeño Vasco Nuñez de Balboa, descubrirá el Mar del Sur, hoy llamado Océano Pacífico, atravesando el istmo de Panamá. Desde esta última localidad, fundada el 15 de agosto de 1519, saldrían los viajes exploradores y colonizadores que llegarían hasta las costas del Perú, cuya fama era anterior a su descubrimiento y cuyo nombre nacería en esas comarcas. Perú, ha dicho el ilustre historiador Raúl Porras Barrenechea, "no fue nombre de la lengua quechua, ni tampoco de la antillana o caribe, sino corrupción del nombre del cacique de una tribu panameña, vecina del golfo de San Miguel, llamado Birú, al que los soldados de Panamá dieron en llamar PERÚ". El descubrimiento y conquista de estas tierras, sería obra de huestes comandadas por otro extremeño como Núñez de Balboa, Francisco Pizarro, al que José Antonio del Busto ha llamado con acierto en su excelente biografía: "El Marqués Conquistador". Tres fueron los viajes que realizó Pizarro en la empresa descubridora del Perú, zarpando, en cada ocasión, hacia 1524, 1526 y 1531. De los tres viajes, el primero fue en la práctica sólo de exploración; el segundo, de grandes dificultades, pues en la Isla del Gallo (setiembre de 1527), Pizarro debió enfrentar el descontento y el desánimo de muchos que, ante el hambre y las enormes penurias, decidieron volver a Panamá. Fue entonces cuando, como nos lo relata José Antonio del Busto: "El trujillano no se dejó ganar por la pasión y, desenvainando la espada, avanzó con ella desnuda hasta sus hombres. Se detuvo ante ellos, los miró a todos y evitándose una arenga larga se limitó a decir, al tiempo que -según posteriores testimonios- trazaba con el arma una raya sobre la arena: Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro, al Perú, a ser rico; escoja el que fuere buen castellano, lo que más bien le estuviera". Trece fueron los valientes, los Trece de la Fama, que decidieron insistir en la difícil empresa. El tercer viaje sería el definitivo. El sábado 16 de noviembre de 1532, el Gran Señor del Imperio Inca, Atahualpa, era tomado prisionero. Concluía una etapa de la Historia del Perú y se iniciaba otra. En ambas, el mar ha jugado un importante papel y le abrió al conquistador español las puertas de un fabuloso imperio.
Escena en la capilla de la Catedral de Lima, donde se representa la escena que mencionamos arriba, en la Isla del Gallo. El mar en el Virreinato, la Emancipación y la República EL ESPACIO MARÍTIMO COLONIAL Consolidada la conquista hispana e iniciado el proceso de la sociedad virreinal, progresivamente el mar fue acentuando su influencia en todos los aspectos de la vida nacional. De esta manera, el apacible océano se convirtió en el elemento vital que no sólo moldeó y consolidó nuestra ya anunciada vocación marinera, sino que específicamente, diseñó lo que con propiedad, durante esos trescientos años, podríamos denominar como el "espacio mar ítimo colonial".Desde esta perspectiva, el mar peruano, nuestro mar, rápidamente se constituyó en el eje del quehacer colectivo del Perú en sus múltiples y complejas manifestaciones: culturales, sociales, políticas, económicas, religiosas, geográficas, científicas, etc. asumiendo así, en función de la alejada posición geográfica del Perú colonial, el papel de obligado medio de contacto, a través de la navegación mercante a vela, con los centros europeos de civilización. En una palabra, con el advenimiento del Virreinato, la comunicación por el Pacífico adquirió una dimensión realmente ecuménica. Geopolíticamente hablando, el Pacífico peruano, ubicado en el centro de un amplio radio de acción, se constituyó desde el primer momento, ante los ojos de la monarquía española, en la ruta natural tanto de las riquezas peruanas, como del flujo comercial y cultural. Así, la relación inicial Metrópoli-Nuevo Mundo, pronto se amplió y se diversificó a otros lugares más distantes y prósperos. El comercio se hizo mayor; los puertos se convirtieron en los grandes portalones del progreso virreinal; y el mar en el factor que lo hizo materialmente posible.
Primer mapa del Perú: la Carta de Diego Méndez En este contexto de gran formato, sin duda vinculado a nuestro espacio marítimo, el eje Callao-Panamá-Sevilla se instituyó en la ruta predominante del tráfico colonial. A su vez, al interior de este eje natural, punto de convergencia obligado fue el puerto del Callao, de donde arrancaban las dos siguientes modalidades de caracter maritimo-comercial: de un lado, el cabotaje intenso, a lo largo de nuestras costas entre Guayaquil y Arica, que servía fundametalmente para el aprovisionamiento de víveres y artículos de primera necesidad: esta modalidad se cumplía con una flota de buques menores y lanchas. De otro lado, la gran ruta comercial al exterior (llamada tambie ruta de alta mar) o que conectaba al Perú con la Metrópoli a través del Istmo de Panamá.En el primer caso, los puertos de Paita e lio jugaron un papel de primerísimo orden, convirtiéndose el primero "en un lugar de arribada forzosa para los sufridos navegantes". En cuanto al comercio exterior, para su mantenimiento los comerciantes peruanos reunidos en Lima por marzo o abril se aprovechaban de la Armadilla del Mar del Sur que en dos o tres semanas, unía el Callao con Panamá. Una vez en Tierrafirme, los mercaderes se transportaban a Nombre de Dios o Portobelo, donde participaban de la hermosa feria y adquirían todos los productos europeos alcanzables, con los que tornaban satisfechos al Perú, no sin antes tomar las debidas precauciones. Habría que señalar que este movimiento comercial también se efectuaba, aunque en menor escala, con Nicaragua, Guatemala, Nueva España (México) y con Chile. A través de México (procedente de Filipinas) tuvimos, igualmente, tráfico comercial con la lejana China. El flujo de este comercio externo e interno, afrontó, desde el mismo siglo XVI, un problema concreto: la defensa de lo que se acostumbró a llamar con una metáfora las "puertas" del océano. Para el Perú el Pacífico era fundamental; requería el ir y venir a Panamá, cruzar el Istmo y comunicarse después en el Caribe con la flota española; como necesitaba de otro lado asegurarse el transporte hasta Chile, que por tierra resultaba sumamente difícil y riesgoso. En suma, le era indispensable facilitar la comunicación y controlar por el Norte la puerta terrestre de Panamá y por el Sur la puerta marítima del Estrecho de Magallanes. Este es el tema que preocupa entonces, no sólo a los gobernantes y a los marinos mismos, sino al hombre común en el Perú. Así lo vio con claridad el Duque de la Palata, Melchor de Navarra y Rocaful, cuando en su Memoria de 1686 dijo: "Dos puertas tiene este mar y la que no puede cerrarse (la del Estrecho, en el Sur) es la que debe dar menos cuidados, porque para venir con tan larga y peligrosa navegación, es menester mucha gente por la que se ha de perder, muchos bastimentos y buenos navios. En cambio, la puerta del norte (o sea Panamá) tiene un postigo abierto por Tierrafirme que puede hacer asados a los piratas y puede conservarlos en este mar con mayores fuerzas de las que entraron por el Estrecho". Concebido así el panorama virreinal, se puede constatar que el extraordinario movimientoo marítimo de entonces no se hubiera desarrollado sin la presencia minera del Perú. En otros términos, el ritmo minero peruano y el ritmo del trafico maritimo, llegaron a configurar no sólo un concordante paralelismo de índole coyuntural, sino un sólido e inseparable binomio. Es precisamente a través del mar en que, en gran medida, nuestras riquezas, salidas desde las zonas más alejadas y elevadas de la altiplanicie, llegan a su destino final. Así, por ejemplo, en el caso de la plata, la ruta seguida era la siguiente: Debidamente embalado, el metal precioso salia de Potosí a lomo de llamas y mulas basta el puerto de Arica, donde debían estar los barcos esperando para su embarque a Lima; esta ruta terrestre duraba un poco más de dos semanas, dependiendo de la dictadura climática del Altiplano. De Arica al Callao se utilizaba la vía marítima, tardando más o menos ocho días. Este tráfico lo realizaban por lo general dos galeones y un patache, llegada la masa metálica a la Capital, correspondía a las autoridades tener todo preparado para su inmediato despacho al Istmo; la navegación Calao-Panamá se cumplía aproximadamente en tres semanas. El cruce del Istmo, desde Panamá a Nombre de Dios, y después de su destrucción, a su sucesora Portobelo, aunque incómodo por motivos climáticos, era un paso mucho más corto que todas las etapas anteriores. Ya sea aprovechando la ruta combinada fluvíal-terrestre o la calzada terrestre exclusivamente, podían cubrir sus 18 leguas (unos 70 u 80 kilómetros; en cuatro días, para ver al fin la vertiente atlantica y de aquí proseguir a Sevilla. De esta manera, pues, el circuito terrestre- maritimo- fluvial, com evidente predominancia del segundo, culminaba con el éxito ansiado por todos. LA ARMADILLA DEL MAR DEL SUR Como queda dicho, la gravitación político-económica de Lima, atrajo sobre el Callao una paralela gravitación de orden comercial y mercantil que, directamente, exigió para su movilidad el servicio regular de barcos en óptimas condiciones; requisito éste que pocas veces se cumplió a cabalidad. Convertido, pues, el Callao en el puerto de concentración y salida de mercaderías, tributos y caudales del reino, se impuso la necesidad de que la Armadilla del Mar del Sur no sólo tuviese su apostadero en dicho puerto, sino que operase, justamente, a partir de él. En efecto, la mencionada Armadilla, enviada por el Virrey con el contingente del oro y la plata de la Real Hacienda, salía del Callao con rumbo al puerto de Perico (Panamá); la integraban no sólo galeones artillados llenos de soldados para proteger el tesoro, sino también barcos mercantes repletos de mercaderes que acudían a Tierrafirme dispuestos a adquirir todo lo que hubiera traído la Flota de Indias de España. En este sentido, la Armadilla cumplía con un doble objetivo: custodiar el tesoro y proteger a las naves mercantes particulares. Una nave tipica del siglo XVI La expedición, al menos a principios del Virreinato, se verificaba una vez al año; razones de carácter económico, político, estratégico y de seguridad, así lo determinaban. Posteriormente, en los albores del siglo XVII, se asiste a un ritmo escalonado en forma bienal, alternándose una armada completa de tres o cuatro navios y una media armada, de dos, bajo la composición elemental de una Capitana y una Almiranta.El zarpe era todo un acontecimiento; el Callao adquiría, de pronto, una fisonomía especial que rompía su diaria rutina y monotonía. Curiosos e interesados acudían a nuestro primer puerto ansiosos de observar las gallardas naves o a dar el "vete con Dios" a sus seres queridos. El Virrey en persona y su comitiva señorial, hacíanse también presentes, rubricando así el carácter oficial de la expedición. Las lágrimas y los pañuelos, expresaban mejor que nada el anuncio de una despedida inevitable. A fin de conseguir el oportuno enlace con el Atlántico y asegurar el inmediato camino de los metales preciosos a Sevilla, la fecha ideal de arribada de la Armadilla a Panamá era durante el mes de Marzo y asi se habia ordenado por una disposicion de 1606; sin embargo, circunstancias diversas llevaron mas tarde a la Corona a trasladar a Junio la llegada de la plata. Una vez cumplida la larga, penosa y peligrosa jornada (viaje y tornaviaje de Panamá), todo el personal subalterno (extraído de las compartías de milicias de Lima) era dado de baja, y aunque con esta política se ahorraba el gasto de mantener un núcleo humano inactivo durante largas temporadas, se corría el evidente riesgo de no contar con un personal estable y ducho en el arte de navegar y guerrear. De ese modo, cuando surgía de improviso la amenaza de piratas o cualquier posibilidad de un conflicto naval, automáticamente, se echaba mano de una tripulación colecticia sin mayor experiencia o contacto con el mar. Las desventajas eran patentes: se ponía en riesgo a la armada entera, colocándola ya de antemano, en una manifiesta situación de inferioridad frente al enemigo.
El puerto de Payta en el siglo XVI La marcha de la Armadilla, cuya conformación cuantitativa varió según las épocas y circunstancias, estaba siempre precedida por un barco "Aviso" que llevaba noticias de su próximo arribo; generalmente el "Aviso" se anticipaba a la Armadilla en más o menos un mes. La jefatura suprema de la flota estaba a cargo del Teniente de Capitán General, como Lugarteniente del Virrey; el estandarte se abatía en la nave Capitana, donde se hallaba embarcado el mencionado militar y en torno a ella se agrupaban los cuatro o cinco navios de guerra. El retorno de la Armadilla (para superar las 2,340 millas que separaban al Istmo del Callao) se efectuaba después de una prolongada permanencia en el puerto de Perico. Su regreso estaba signado por una misión específica: escoltar el rico cargamento (mercaderías y efectos europeos) que los comerciantes habían adquirido en la célebre y ya tradicional feria de Portobelo. Al llegar al puerto de San Francisco de Paita, puerto que tenía fama de ser lugar donde se hacían "hartos embustes por descargar cosas vedadas los mercaderes que no las osan pasar al puerto del Callao", los pasajeros de las naves mercantes preferían desembarcar allí ya que más adelante "la corriente y el viento australes hacían muy peligrosa la travesía". La ruta por tierra hacia la Ciudad de los Reyes, es descrito modernamente del siguiente modo. En Paita empezaba el tráfico de los arrieros, hallándose en el puerto enormes recuas de mulas listas para recibir carga . El viaje se hacía en tres buenas jornadas y bajo un sol abrasador, por lo que algunos preferían hacerlo de noche a la luz de la luna. Lo cierto es que en breve se ingresaba al valle de Piura, descubriéndose la ciudad de San Miguel. De San Miguel se salía y por Motupe y Jayanca seguíase a Túcume, Cinto y Collique, valles todos que oficiaban de frescos oasis en los candentes arenales de la costa yunga. Lugar que merecía un mayor reposo era Saña, continuándose a Pacasmayo y deteniéndose en Trujillo, ciudad que también ofrecía a los viajeros una estadía algo larga de varios días. Reanudado el viaje, la cabalgata pasaba por el valle de Guañape. Se llegaba al valle del Santa y a la floreciente población de La Parrilla. Posteriormente se tocaba en Huambacho y luego en Huarmey. Inmediatamente aparecía Paramonga con sus plantaciones de caña de azúcar y algodón. Luego más arenales y desiertos, resecos y amarillos como siempre, sin cosa viva. Se llegaba a la villa de Huaura, adentrándose en el valle de Chancay. Al poco tiempo se ingresaba a la Ciudad de los Reyes. Mientras tanto, la Armadilla con su valiosa custodia, continuaba apresurada a su destino final, siempre y cuando no hubiese tenido contratiempos con algún pirata o corsario. El arribo al Callao se producía en medio de un júbilo contagioso y lleno de colorido; prácticamente, su llegada marcaba un hito importante en el año. Cuando alguien quería recordar algo trascendental decía: "Fue dos días antes de que llegara la armadilla"; o, de otro modo: "Ocurrió una semana después de la llegada de lña Armadilla". LOS "BANDOLEROS" DEL MAR: PIRATAS Y CORSARIOS Es tradición aceptada que los dos grandes flagelos que azotaron al Perú virreinal (uno de origen natural y el otro motivado por el hombre) fueron los temblores y los piratas. En efecto, el fenómeno de la piratería, ya presente en el siglo XVI, proliferó peligrosamente en los siglos XVII y XVIII, hasta el punto de exigir la adopción de severas medidas para atemperar sus gravosas consecuencias. La codicia de los piratas, llamados indistinta y despectivamente "Sea dogs", "Sea beggars" o "Sea robbers", se estimuló crecientemente con la divulgación de las versiones referentes a la inusitada riqueza de los cargamentos de metales preciosos procedentes del país de los incas, con destino a puertos españoles del Mediterráneo. En este sentido, el rico tesoro hispano devino en un apetecible manjar de irresistible tentación
Ataque corsario, incendio y embarque del botín. Los desmanes y fechorías de estos hombres sin ley y sin conmiseración, no sólo en las inmensidades del Atlántico sino también en las costas del Pacífico, sin duda llegaron a perturbar el normal funcionamiento del comercio de cabotaje regional y a afectar la economía general del Virreinato, así como la integridad y la regularidad de funciones de la Armadilla del Mar del Sur, puesta ocasionalmente al cuidado del resguardo de nuestras costas. Tan afectados se sentían los comerciantes limeños, que no sólo armaban naves y entregaban pertrechos a la autoridad, sino hasta llegaban a formar batallones para participar en los combates. En todo caso, se veían obligados a recargar el precio de las mercaderías al público, a fin de resarcirse de los gastos de defensa que ello originaba o del pago de los fletes en convoy. Oficialmente, la pérdida del tesoro real revertía en abrumadora responsabilidad para los virreyes, asi como para los armadores y consignatarios. A demas de estos dos impactos, económico y militar, los piratas lograron un tercer efecto: convulsionar el espíritu de la apacible población costeña. Efectivamente, la conciencia civil del peligro se agrandaba porque los piratas eran por lo común Luteranos que, junto con sus depredaciones materiales, venían a quebrantar la unidad de la fe. Hawkins alarma tanto, que la relación de sus asaltos inicia en cierto modo el periodismo informativo en nuestro medio; Drake es para el hombre corriente el "dragón"; Cavendish el "leopardo marítimo"; Spielberguen hubiera saqueado Lima si, según la devota tradición, no la hubieran salvado los rezos de Santa Rosa; Morgan "ministro del demonio", después de arruinar Portobelo incendió las iglesias de Panamá. Otros, como cantaba el poeta español Martín del Barco Centenera en su bello poema histórico, eran tan pecadores que llevaban jamón en sus barcos, no para alimentarse, sino para promiscuar los viernes de Cuaresma.
Ruinas de la "ciudad quemada", la Panama original quemada por Drake. Foto Carlos Mey Ahora bien; de acuerdo al país de origen y a la categoría de su accionar (piratas o corsarios), estos "bandidos" del mar presentaban notas disímiles. Por ejemplo, los holandeses, doblando el Cabo de Hornos (en la extremidad de América del Sur), u operando desde Batania (Java), buscaban en el Pacífico nuevas tierras. Ese era el móvil principal que los traía al inmenso y pacífico mar. Sus más famosos navegantes fueron Olivier van Noort, Spielberguen y Jacobo L'Hermit, entre otros.
Ruinas de la fortaleza de Portobelo. Foto C. Mey A los ingleses, en cambio, los guiaba principalmente un propósito de guerra. Con patente de corso o sin ella, en condición de piratas o corsarios (aquéllos, al margen de la ley; éstos, amparados y autorizados por su gobierno para atacar y destruir), los marinos ingleses cumplían en sus incursiones la concreta mision de hostilizar el comercio entre la Península y sus reinos americanos y someter al saqueo a las villas y puertos de España en sus dilatadas posesiones del Nuevo Mundo.. Esta guerra, abierta unas veces, solapada otras, con declaracion formal o sin ella, se mantuvo por mucho tiempo, y fue causa como queda dicho de las mayores zozobras de que padecieron las ciudades coloniales, en general sumidas en una vida de silencio, de paz y letargos conventuales. Se mantuvo hasta mediados del siglo XVIII y la culminó el Capitán Anson, quien en los años 1741 y 1742 armagó la costa occidental de América, saqueando, destruyendo y quemando. Desde esta mira, los corsarios no intentaban asentamientos en las costas peruanas; lo que les interesaba era conseguir puntos de apoyo: bases para asegurar su dominio, y puertos e islas estratégicamente repartidas para la expansión de sus acciones en lo que se acostumbraba llamar "los siete mares". "¿Qué utilidad reporta la Inglaterra en la posesión de las Malvinas?", se preguntaba por eso el Virrey Amat, al comentar la ocupación británica de esas alejadas islas, que no tenían oro, ni especies, ni piedras preciosas, ni buen clima. Por su ridicula apariencia externa, los piratas, cubiertos por prendas multicolores que no formaban un conjunto, con el pañuelo en la cabeza y barbudos por añadidura, se asemejaban más a los antiguos bufones "de a peseta", que a los sobrios navegantes de las postrimerías del siglo XIX. Pero por encima de esta extravagante personalidad, les sobraba pericia náutica, valor, astucia y, sobre todo, decisión; por eso que el Virrey Toledo refiriéndose a uno de ellos, presumiblemente el más astuto, llegó a escribir al Rey: "Este Drake es el más práctico y mejor corsario que los ingleses agora tienen. . .". Junto con estas cualidades ponderadas por propios y extraños, tanto los piratas como los corsarios contaban para sus fechorías con naves veloces, fuertemente artilladas y hábilmente maniobradas por sus experimentadas dotaciones. De allí la notable ventaja de aquellas diestras y temidas naves, sobre los. pesados navios mercantes e, inclusive, sobre los lerdos e inoperantes galeones de guerra. Frente a esta irrecusable verdad, la flota virreinal peruana se mostró casi siempre Incapaz de detener los desmanes de tan forajidos como diestros personajes. Por lo demás, bien sabemos que la vigilancia del mar, salvo honrosas excepciones, no mereció una atención constante ni alcanzó el grado de eficacia que su naturaleza e importancia exigía. Así lo percibió con claridad meridiana nuestro compatriota el ilustre polígrafo don Pedro Peralta, cuando a fines del siglo XVII afirmaba que la mayor y mejor defensa era la marítima, "siendo las naves que la forman las fuerzas fluctuantes de los mares". En este sentido, pocos fueron los Virreyes que mantuvieron, de manera permanente, una armada lista para operar inmediatamente; la gran mayoría se contrajo a preparar y artillar buques cuando lo requerían las circunstancias, y una vez concluida la misión o pasado el peligro, se licenciaba a las tripulaciones luego de desmantelar a los barcos en forma parcial; con las dolorosas e inevitables consecuencias que ello acarreaba. Flota holandesa de Spielbergen frente al Callao Uno de los pocos casos de éxito de la flota virreinal que registra la historia, es el siguiente. Por la época en que Alvaro de Mendana iniciaba sus gestiones para un nuevo viaje (segundo), el corsario inglés Ricardo Hawkins se presentaba frente al Perú a hostilizar, por especial y muy honroso encargo de la Reina Isabel, el comercio de España en los mares del Sur, y dejaba un reguero de sobresalto en todos los puertos, desde Valparaíso, donde hizo buena presa, hasta el Callao. Le salió al encuentro la armada, al mando de don Bertrán de Castro y de la Cueva, hombre de mucho arrojo, y tras persecución tenaz, cayó prisionero el hereje, no sin antes vender muy cara su derrota, por lo que mereció consideraciones especiales. Al héroe se le hizo en Lima un recibimiento apoteósico. En síntesis, los Virreyes confiaban en oponerse a los ataques Piratescos de tres formas: - Fortificando los puertos más amenazados - Acudiendo con tropas y caballerías para rechazarlos - Procurando mantener algunas naves (listas o cercanamente preparadas) para la defensa. Históricamente, la lista de piratas y corsarios que incursionan por los dominios hispanos, lamentablemente se muestra amplia y constante durante las casi tres centurias de vida colonial. Entre otros cabe mencionar a los siguientes: el celebérrimo Francis Drake, calificado por el rey Felipe II como el "archiladron" del Nuevo Mundo), John Hawkins (el orgullo de la Inglaterra Isabelina), Oxemham, Clifford, Greenvile y Cavendish (que perfeccionaron la institución), Walter Releigh (temiod por sus metodos violentos de persuasion), Oliver van Noort, Geroge Spielbergen, Jacobo L´Hermit, Richard Hawkins, Bartolomé Sharp, Edward Davis, Woodes Rogers, John Clipperton, George Shelvocke, George Anson y Henry Morgan (que se ufanaba de sus fechorías). LA ACADEMIA NAUTICA DE 1657: UN LEJANO ATISBO DE FORMACION MARINERA. Habia transcurrido un poco mas de tres décadas desde la creacion del Virreinato peruano, cuando en 1573, gobernando el Virrey don Francisco de Toledo, el verdadero organizador del vasto imperio español en America, un griego cuyo nombre españolizado era Juan de Acosta, fundo el "Hospital de Mareantes" a fin de curar "marineros y gente de la mar", convirtiéndose así en el primero en su género en todo el Nuevo Mundo. Ubicado en la calle que despues se llama del Espíritu Santo (entre el rio y la parroquia de San Sebastián), el sanatorio se hallaba lejos de la ciudad, cerca de las aguas servidas por el río, lugar donde el poderoso viento austral no esparcía "las miasmas" por encima de los vecinos. Casi frente al hospital de San Lázaro (destinado a los leprosos), el Hospital del Espíritu Santo, como ais lo llamaban los pobladores, estaba en inmejorable sitio. Pasado un buen tiempo, el 8 de Febrero de 1655 arribó al Callao el Virrey don Luis Enríquez de Guzman, conde de Alba de Aliste. Cerciorado de que no habia ningun instituto para formar a los pilotos con práctica adquirida por su navegacion a lo largo del litoral peruano, pero sin preparacion profesional alguna, decidio crear en 1657 una academia en la que, basicamente, se formaria a dichos individuos con una catedra de matematicas, astronomia y ciencias auxiliares indispensables para el gobierno de una nave. Se pretendia asi aminorar el alto indice de accidentes maritimos que se venian produciendo dentro del trafico de las naves mercantes.
El Virrey Conde de Alba de Aliste Esta especie de Academia Náutica fué establecida inicialmente en 1657 en el Hospital del Espiritu Santo bajo la atinada dirección del Cosmógrafo Mavor del Virreinato, Capitan don Francisco Ruiz Lozano, natural de Oruro. La elección del local respondía a la estrecha relacion entre la enseñanza que se impartiria a los futuros pilotos y la naturaleza de aquella entidad en la que se atendian en general los mareantes (típicos hombres de mar). En una palabra con una sola medida se lograban dos propositos. Con esta decisión de trascendencia mayor, el Virrey emprendió la tecnificacion de nuestros marinos coloniales dejando de lado el empirismo de antiguo arraigado.
Francisco Ruiz Lozano Como director do la Academia y como su único profesor al mismo tiempo, el desempeño de Ruiz Lozano siempre fue encomiable y digno de aprecio por parte de la autoridad virreinal, manteniéndose al frente de la institución por un lapso de cuatro lustros. Murio en 1677 a la edad de 70 años. A su fallecimiento, asumió la dirección y la enseñanza el presbítero belga Juan Ramón Kóening, matemático y cosmografo de gran valia, quien había venido tambien de México (igual que su antecesor) junto con el Virrey Conde de Alba de Aliste. Por mas de tres décadas, Köening desempeño dichos cargos contribuyendo con su esfuerzo y dedicacion a la formacion científica de varias generaciones de marinos. Su muerte ocurrio el 19 de Julio de 1709. A raíz de su deceso, se clausuró la Academia; abriéndose asi un largo paréntesis en su ya fructifera vida institucional. En efecto, con fecha 1º de noviembre de 1791 se expidió una Real Orden creando una escuela de pilotos que. a la postre, fué llamada "Academia Real de Náutica de Lima" o simplemente Academia Náutica de Lima". Respecto a la fundada por el Conde de Alba de Alisto, la de ahora venía a establecerse en forma más eficaz y legal. Con este valioso antecedente, el Virrey don francisco Gil de Taboada (uno de los pocos con claros conceptos de poder naval) organizó oficialmente su funcionamiento, empezando sus labores académicas el 1 ° de febrero de 1794, con gran concurrencia de personas descosas de instruirse. El objetivo era muy claro; se trataba de preparar alumnos para convertirlos en pilotines, y, adicionalmentc, graduar pilotos con el suficiente bagaje profesional para garantizar sus futuros desempeños en los buques que los requiriesen. Con esta óptica muy clara, el Virrey encomendó la Dirección de la Academia nada menos que al prestigioso Capitán de fragata y del puerto del Callao don Agustín Mendoza y Arguedas, natural do Moquegua; como colaborador inmediato, fue designado el también no menos célebre Segundo Piloto de la Armada, don Andrés Baleato, autor de un minucioso plano del Perú elaborado en 1792. Ambos, lograron que rápidamente la Academia adquiriese una merecida reputación dentro y fuera del país. La plana docente se completaba con el Teniente de fragata don José Moraleda y Montero (más tarde Director) y con don Pedro Alvarez. Desde su inicio, funcionó en el mismo edificio del Palacio de Gobierno, dotándosele de una excelente biblioteca más conocida con el nombre de "Depósito Hidrográfico". Cabe señalar (y esta es la razón del carácter de la biblioteca) que el propio Virrey Taboada y Lemus había dispuesto que en la Academia se efectuaran trabajos de hidrografía, navegación, cartas náuticas y confección de derroteros ilustrativos para su venta; beneficiándose así el conocimiento de nuestras costas. Los capitanes y pilotos estaban obligados a reportar los errores que notasen en las cartas y a denunciar los bajos y sondas que descubriesen, con el fin de rectificar y mejorar dichas cartas y derroteros. Entre las asignaturas que se dictaban, figuraban las siguientes: Aritmética, Geometría elemental y práctica. Trigonometría plana y esférica. Geografía, Astronomía, Cosmografía, Construcción y uso de instrumentos geodésicos. Dibujo aplicado a los planos. Uso de los globos y Navegación de estima y astronómica "comprendiendo los cálculos de la latitud por altura fuera del meridiano y los de longitud por distancias lunares". A principios del siglo XIX, la Academia contaba con 9 primeros pilotos matriculados para servir en la marina mercante, 40 segundos pilotos, 5 pilotines y 9 alumnos. Como Primer Maestro (cargo en el que recaía todo el peso de la enseñanza) desempeñábase el mencionado Andrés Baleato; función que cumplió a cabali-dad durante 23 largos años. KI local había merecido del Virrey don Ambrosio de O'Higgins, Marqués de Osorno, diversos mejoramientos y ampliaciones; conducta que más tarde repetiría el Virrey don Fernando de Abascal. Después de Mendoza, fueron Directores los citados Moraleda, Baleato y más tarde don Eduardo Carrasco, que había sido su Segundo Maestro (24 de enero de 1806) y fue más adelante Contralmirante de la República.A lo largo de sus veintisiete años de funcionamiento, la Academia había contribuido al engrandecimiento del país De sus aulas salieron hombres de gran figuración en los años siguientes. EL OCASO DEL DOMINIO HISPANO DEL MAR Constituye una verdad incuestionable que el dominio hispano del Océano Pacífico, así mantenido a pesar de las amenazas e incursiones de los "bandidos" del mar (dominio excluyente, cerrado, sin competencia, pero más aparente que real, ficticio por falta de apoyo estratégico de la Corona), empezó a quebrarse a mediados del siglo XVIII. Por tamaños defectos, bastó la simple penetracion de naves de otras potencias (penetración pacífica, en algunos casos, puramente científica) para que el inmenso imperio allí se resquebrajara, amenazando caer, como en efecto sucedió al poco tiempo.O sea, que basto la sola presencia competitiva para que, lo que hasta ese instante había sido propiedad no disputada , predio no tocado, perdiera ese privilegio, mantenido incólume por espacio de dos largas centurias. Asi ocurrió. En el transcurso de la segunda mitad del mencionado siglo, por el ingreso de ingleses y holandeses, ya no en incursiones piráticas sino en viajes de exploracion (con objetivos, si, políticos, o tambien economicos, en todo caso nada gratos a los españoles) y tambien por la tardia presencia de los franceses que, de alguna manera, trataban de compensar la pérdida del Canadá (1763) buscando otras tierras; por la entrada - repetimos- de esa gente nueva (ingleses, holandeses y franceses) en el vasto escenario del Pacífico, el gran mar español perdio rápidamente el caracter de cerrado, excluyente que, a su favor, le habia dado España desde la hazaña del celebérrimo navegante don Hernando de Magallanes. De esta manera el antiguo e intocable mare nostrum de España, el Pacífico, descuidado en la estrategia general del imperio, paso candorosa, fácil e inmediatamente de manos de la potencia confiada a manos de las potencias en expansion. |
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