Historia
y Arqueologia Marítima
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ARMADA DE PERU
HACIA UN PODERÍO NAVAL: DON RAMÓN CASTILLA
Esta seccion esta compuesta por textos e imagenes del libro "El Mar de Grau y la Marina de Guerra del Perú", editado por la Armada Peruana, con textos del Dr. Percy Cayo Córdova y el Dr. Raul Palacios Rodríguez, impreso en Francia en ingles y español, sin fecha. Solo se han tomado los capitulos sobre el Mar en el Antiguo Peru y en el Virreinato, la emancipacion y la Republica.
| El mar en el antiguo Perú | Embarcaciones en el Antiguo Perú | Occidente llega por mar |
| El mar y la Independencia del Perú | El Estudio y Exploracion de la selva | Hacia un poderio naval |
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Sin duda alguna, fue preocupación constante de este ilustre íarapaqueño no sólo la defensa de nuestro mar y de sus riquezas, sino también del progreso y bienestar de la Marina de Guerra del Perú. Sobre la institución naval, múltiples y valiosas fueron las realizaciones que proyectó y logró en su beneficio. Por otro lado, personas que le conocieron, atestiguan de la vehemencia con que abordaba los temas marítimos y de su predilección por los asuntos del mar. Una de ellas, don Manuel Atanasio Fuentes, El Murciélago, en la época de su enemistad furibunda contra Castilla, nos comenta sarcásticamente: "Así, lo hemos oído discurrir sobre navegación y marina hasta el punto de merecer el apodo de "Nelson del Pacífico". . .". Sobrenombre que en lugar de envilecerlo lo enaltecía en grado sumo. Mucho antes de llegar al poder, nuestro personaje tenía ya una clara conciencia de la importancia de la Armada en el desarrollo y defensa del país, intuyendo con extraordinaria nitidez que el Perú requería de una escuadra moderna, adecuada y eficiente. Y no se equivocó. Al poco tiempo de asumir por primera vez el mando supremo de la Nación, manifestó a un amigo suyo en carta privada: "Si se cumplen mis órdenes, tendremos el dominio del Pacífico". Consecuente con lo anunciado, en su exposición de julio de 1847 ante el Congreso de la República, expresó con renovada esperanza: "Juzgo que debéis fijar vuestra atención en la utilidad del servicio que hoy presta y prestará a la República la marina militar, porque a ella le cumple perseguir el contrabando, cuidar nuestras huaneras evitando robo, y sostener de un modo fuerte y amplio el poder y el decoro de la Nación".
General Jose Rufino Echenique En este admirable empeño, evidentemente el recio mandatario no estuvo solo. Actuó como su brazo derecho, desde el Ministerio de Guerra y Marina, el General don José Rufino Echeníque, secundando proyectos o gestando nuevas realizaciones de carácter institucional. Con entusiasmo e inteligencia, el dinámico Ministro supo, pues, poner en práctica los afanes del Jefe de Estado. Al lado de ellos, fue decisiva también la colaboración de muchos Jefes y Oficiales, como el Capitán de Navio don Francisco Forcelledo, Comandante General de Marina, el Capitán de Fragata don Domingo Valle Riestra, entre otros. Más tarde, durante su segundo gobierno, Castilla tuvo, igualmente, el apoyo franco y abierto de su Ministro de Guerra y Marina, don Manuel de Mendiburu.
Manuel de Mendiburu y Ramón Castilla Con esta conjunción de esfuerzos y voluntades, muy pronto el Perú empezó a tener la supremacía naval sobre las otras naciones de la costa occidental de la América del Sur, llegando a poseer la más numerosa y mejor flota de combate. Por primera vez, desde que Guise creó la escuadra peruana, el Perú alcanzaba un sitial de gran expectativa continental. En una palabra, el poder naval adquirió dimensiones que nunca antes había conocido ni nunca después, salvo rarísimas excepciones, lograría alcanzar en el siglo XIX.Ahora bien; este notable poderí o naval de evidentes proyecciones geopolíticas, debería tener, de acuerdo a lo visualizado por su gestor, un definido objetivo pragmático de carácter extrainstitu-cional. En este orden, Castilla era un convencido que correspondía a nuestra fuerza naval el cuidado de la riqueza guanera. Así lo hizo saber a su amigo Cisneros en una célebre carta fechada el 17 de febrero de 1845: "Siento en el alma no tanto el valor de los buques secuestrados en Islay, cuanto la falta que nos hacen para evitar el robo del guano". Seis años después repitió: "Considero a la Marina como un activo y vigilante custodio del inmenso tesoro de nuestras islas guaneras". En 1858, otra vez en el gobierno, reiteró: "La labor de la Armada es impedir los proyectos de los aventureros sobre nuestras islas"; y cuatro años más tarde, rubricó su pensamiento con esta afirmación: "A la Marina está confiada la custodia de las guaneras". La inquietud sobre el guano va acompañada de la preocupación respecto al contrabando. En 1851 expresó: "La Marina debe convertirse en la perseguidora inexorable del contrabando y defensora de los intereses fiscales de nuestras costas".En 1858 refirió: "Debe evitar que el contrabando defraude las rentas de la Aduana"; y cuatro años después, sentenció: "A la Marina corresponde el cuidado de la costa para impedir el contrabando". Simultáneamente a las dos inquietudes, Castilla señala un tercer objetivo vinculado a la estabilidad política de la Nación y de la cual la Marina es, a su juicio, un feliz agente. Dice en 1851: "La Armada es un elemento de orden, por la facilidad y rapidez con que puede transportar las fuerzas de la República, sea cual fuere la distancia a donde convenga, para sofocar instantáneamente toda tentativa turbulenta y desorganizadora". Por último, el gran estadista advierte que la Marina de Guerra debe servir de elemento protector a la flota mercante nacional. De esta manera, Castilla sintetizó que el quehacer de nuestra Armada, aparte del exclusivamente militar, debería tener esas cuatro grandes proyecciones. LA VUELTA AL MUNDO DE LA FRAGATA "AMAZONAS" Probablemente uno de los eventos más importantes de nuestra Marina de Guerra del siglo XIX, que acrecentó su prestigio y consolidó la preparación de su personal, fue el viaje de la fragata Amazonas alrededor del mundo, paseando con orgullo el pabellón nacional. Bien sabemos que el Presidente don Ramón Castilla no sólo se preocupó de comprar buques e instalar arsenales y apostaderos, sino también de poseer un personal altamente preparado y suficientemente instruido. En este sentido, buscó afianzar el alma mater de la Oficialidad, brindándole todo el apoyo económico y académico requerido. La Escuela Naval, al mando del sabio jefe de Marina don Ramón Azcárate, mereció entonces una permanente y esmerada atención. En estas circunstancias, se originó el viaje en mención y al que el mandatario apoyó desde sus inicios. Desde esta perspectiva, el viaje de la fragata Amazonas fue uno de los más alentados esfuerzos que se han hecho para mejorar las buenas condiciones del personal naval. Efectivamente, el sábado 25 de octubre de 1856 zarpó del Callao la hermosa nave que había de pasear el bicolor peruano por los más remotos mares y puertos del orbe y ser el primer buque-escuela americano que lo circunnavegara. Llevaba a bordo 17 Guardiamarinas, una buena dotación de Oficiales y una escogida tripulación a órdenes del Capitán de Navio don José Boterín, quien hasta hacía poco habíase desempeñado como Jefe del apostadero de Paita y llamado para dirigir tan honrosa misión. El primer puerto de arribada fue Hong Kong, en donde debía hacer el buque algunas reparaciones imposibles en el Callao; pero llegaron cuando Gran Bretaña se hallaba en plena guerra con la China y por esta razón desistieron de hacer el trabajo de carena; siguieron su travesía por el estrecho de Singapur con rumbo al puerto de Calcuta, en donde permanecieron cuatro largos meses. Durante este tiempo en aguas del río Ganges, la fragata hizo carena completa, calafateando los fondos, mudando cubiertas, renovando jarcias y haciendo todo género de reparaciones; pero al mismo tiempo, soportando los rigores del cólera que por entonces hacía horrorosos estragos en toda la India. En Calcuta murieron, víctimas de esa enfermedad, el abnegado médico Juan Esquivel, el Guardiamarina Neriberto Ugarte y 38 marineros. De Calcuta salió la fragata para Londres; bajó por la costa oriental y meridional de África, dobló por el cabo de Buena Esperanza y arribó a la histórica isla de Santa Elena, para refrescar sus víveres y renovar la aguada. Oficiales y Guardiamarinas tuvieron ocasión de visitar la casa en donde acabó sus días Napoleón Bona-parte, el gran corso del siglo XIX. La fragata Amazonas De esta isla, la fragata arrumbó al puerto de Plymouth y de éste a Londres, a fin de concluir sus reparaciones y completar la artillería. Encontrándose en esta capital, el Comandante Boterín fue llamado al Perú, haciéndose cargo del buque el segundo comandante, Capitán de Fragata don Francisco Sanz; en esta ciudad, se embarcó el médico Domingo Castañeda, para llenar la vacancia del difunto Esquivel.En viaje de regreso, la nave peruana tocó en Río de Janeiro. En dicho puerto, lo esperaba una comisión presidida por el prestigioso Capitán de Navio don Ignacio Mariátegui e integrada por los Tenientes Primeros Manuel Ferreyros, Samuel Palacio y Julio Tellería. Mariátegui tomó el mando de la fragata con el carácter de Comandante General, reteniendo Sanz el mando inmediato. Algunos días después de haber salido de Río de Janeiro, falleció el Teniente Primero don Cayetano Luna, instructor de los Guardiamarinas; el cadáver fue arrojado al mar, impresionando dolorosamente a todos, pero en especial a sus discípulos. El paso del estrecho de Magallanes se efectuó sin mayor contratiempo, tocando después Talcahuano y Arica para llegar finalmente al Callao el 28 de mayo de 1858. Habíase navegado 42,000 millas en 308 días de mar y permanecido 274 días en puerto. La mayor parte del viaje hízose a vela y la mayor duración en la mar fue entre Calcuta y Santa Elena, entre cuyos puertos se empleó 74 días. El buque experimentó en su larga travesía, algunos malos tiempos, especialmente un temporal huracanado en las inmediaciones de la isla Formosa, sin ocasionarle mayores desperfectos. El Amazonas era un buque espacioso, de hermoso gálibo y espléndidas condiciones marineras; había sido construida en Inglaterra y era de vapor y vela. Desplegaba 1,500 toneladas, estaba armada de 33 cañones (26 de 32, 6 de 64 y 1 de 120) y tenía 300 caballos de fuerza con una sola chimenea. A lo largo del viaje, en todas partes la nave fue recibida con muestras de especial aprecio y su tripulación se condujo admirablemente demostrando r.nrrer_r.ión v tínira p.cruela marinara LOS COMBATES DE ABTAO Y DOS DE MAYO Bien sabemos que fueron diversos y delicados los acontecimientos previos a los dos combates que aquí interesan reseñar. Sin embargo, desde el punto de vista internacional es conveniente mencionar la conformación de lo que se denominó la "Cuádruple Alianza" integrada por Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, hermanados por un sólo ideal: la defensa de América contra la intervención de una potencia extranjera. Su actuación decidida, con nuestro país a la vanguardia, se reflejó ciertamente en las acciones bélicas que a continuación detallamos. EL COMBATE DE ABTAO. Ante el peligro anunciado, la escuadra peruano-chilena se apostó, estratégicamente, en la zona de Chiloé (al sur de Chile) llena de arrecifes y estrechos. A su búsqueda, marcharon las naves peninsulares Villa de Madrid y la Blanca, encontrándola en el estuario de la isla de Abtao, cerca de la cual acababa de perderse la fragata peruana Amazonas varada en un banco de arena del archipiélago. Las naves aliadas, tres peruanas y una chilena, formaron una línea de defensa en forma de herradura: la corbeta América (al mando de Manuel Ferreyros), la goleta chilena Covadonga (capitaneada por Manuel Thompson), la corbeta Unión (comandada por Miguel Grau) y la fragata Apurímac (al mando de Manuel Villar). El combate, duró cerca de dos horas, entablándose una pelea a 1,800 metros de distancia entre los 86 cañones de los buques españoles y los 57 cañones de las naves aliadas; las embarcaciones intrusas no se aproximaron a sus contendores por temor a perderse en los peligrosos arrecifes. Durante el enfrentamiento "se hicieron de uno y otro lado 1,500 tiros poco más o menos". Combate de Abtao Después de un infructuoso cañoneo, en que las naves aliadas sufrieron daños insignificantes, los buques españoles se vieron forzados a retirarse del lugar del combate con serias averías y con la vergüenza de haber sido, prácticamente, derrotados. El mando de la escuadra atacada, por ausencia del marino chileno don William Rebolledo, estuvo en esta gloriosa jornada a cargo del valiente insigne Capitán de Navio peruano don Manuel Villar, a la sazón Comandante General de la División Naval del Perú y una de la pocas reliquias contemporáneas del Vicealmirante don Jorge Martin Guise. La noticia del combate de Abtao fue recibida jubilosament por los pueblos aliados, más no así por el Comandante en Jefe de la flota española, Brigadier don Casto Méndez Núñez. EL COMBATE DEL DOS DE MAYO. A comienzos de abril de 1866, el puerto del Callao estaba convertido en una verdadera factoría militar, teatro de febril actividad, derivada naturalmente del cruel bombardeo de Valparaíso por el Jefe español. No era de dudar que a la destrucción de ese importante centro comercial seguiría la de nuestro primer puerto y probablemente luego la de Guayaquil. En efecto, el 13 de ese mes la escuadra española suspendió el bloqueo de Valparaíso y al día siguiente lo abandonó para seguir a la vela rumbo al norte. Venía al Callao, no habia duda. El Callao sería destruido como la hermosa ciudad sureña con más ensañamiento aún, pues el Perú se había erguido irreverente ante la intrusa potencia. La alarma fue grande en Lima aumentándola la invasión de la población porteña inhábil para combate. El 25 de abril una parte de la escuadra española arribó al Callao, ubicándose en el cabezo de la isla de San Lorenzo; el resto lo hizo al día siguiente. Eran en total las fragatas Numancia, Blanca, Villa de Madrid, Resolución, Berenguela, Almanza, la goleta Vencedora y los vapores auxiliares Marqués de la Victoria, Matías Cousiño y Paquete de Maule. En total, 10 naves. El anuncio del bloqueo fue el día 26 y al día siguiente, el propio Méndez Núñez dirigió un manifiesto al cuerpo diplomático y consular de Lima, anunciando la fatídica decisión. Entre tanto, los trabajos en las fortificaciones aumentaron y los ofrecimientos de personas y de bienes para la lucha fueron innumerables; una multitud inmensa de limeños acudió al puerto a trabajar en dichas obras (militares, políticos, artesanos, profesionales, estudiantes, sacerdotes, etc.) Desde el 30 de abril no hubo en Lima quien se ocupara de asuntos particulares, paralizándose las oficinas, las tiendas y los talleres. "Nadie se acordó de cobrar ni de pagar". La dirección de las fortificaciones estuvo a cargo de los ingenieros Ernesto Malinowski, José Cornelio Borda, Jorge Rumtil y Felipe Santiago Arancibia, bajo la supervigilancia de don José Gálvez. En los preparativos de defensa y ataque ayudaron igualmente los extranjeros. Frente a la agresión se despertó, pues, un rechazo unánime del sentimiento público. El martes 1º de mayo, día anunciado para el bombardeo, grupos de hombres armados recorrieron las baterías cantando. Los buques mercantes ya se habían colocado fuera de la zona de combate. El Presidente don Mariano Ignacio Prado dirigió a los peruanos una proclama en la que dijo: "Nuestra causa es la causa de toda América; defendemos el honor y la libertad de un Continente". A las nueve de la mañana del día 2, las tripulaciones de la escuadra española escucharon una alocución de su Jefe y aires nacionales tocados por las bandas de sus buques. Después de levar anclas estuvieron dando vueltas en espera de que la neblina se despejase. Las fragatas habían calado sus masteleros de gavia y desmontado las vergas mayores; todos los buques tenían pintadas de negro las dos bandas para disminuir la visibilidad y la parte central de la Blanca había sido blindada con sus cadenas. A las once y quince de la mañana, la escuadra, tendida en una línea en forma de V, se acercó desafiante al puerto, con los masteleros de juanete calados y los pabellones tremolando a la suave brisa matinal. Tan resuelto fue su avance —dice el periodista de El Comercio— que parecía que los buques iban a varar. A la derecha, al sur del Callao, veíase a la Numancia enarbolando la bandera del Almirante y seguida por las fragatas Almansa y Resolución. El sector de la izquierda o del norte estaba formado por las tres fragatas Villa de Madrid, Berenguela y Blanca. La corbeta Vencedora venía a ser el punto de intersección de la pirámide y debía servir de enlace. Los barcos más pequeños se situaron atrás. Era, en conjunto, la escuadra más formidable que había hendido las aguas del Pacífico americano; si hubiesen podido ponerse a su lado las de Lord Anson y Lord Cochrane habrían parecido pequeños convoyes.En la parte sur del puerto se erguían la torre de La Merced, el fuerte de Santa Rosa y las baterías Maipú, Chacabuco, Abtaó y Sanchez Lagomarsino, había sido improvisada por una multitud rebosante de patriotismo. A este sector pertenecía el "cañón del pueblo". En la parte norte, se encontraban el fuerte de Ayacucho, y las baterías Independencia, Pichincha y la torre de Junín. En el centro se hallaban los barcos peruanos. Eran el vapor Loa (comandado por Camilo N. Carrillo), el monitor Victoria (capitaneado por Juan Antonio Valdivieso), el vapor Tumbes (comandado por Juan José Raygada) y los pequeños barcos sin aplicación militar Sachaca (conducido por Toribio Raygada) y Colón (por el comandante J. Patricio Iriarte). En el Tumbes se izó la insignia de Almirante; allí estuvo el aguerrido Capitán de Navio don Lizardo Montero, que ese día había llegado de Europa. Telescopios prestados por la Facultad de Medicina sirvieron para observar las evoluciones de la escuadra española. La nave española Numancia se adelantó a las otras naves y, después de situarse a casi 1,000 metros del puerto de Santa Rosa, lanzó poco después del mediodía un cañonazo que no fue contestado. Al segundo disparo, la torre de La Merced, en donde se encontraba el Secretario de Guerra el valeroso don José Gálvez, rompió sus fuegos y desplegó la bandera nacional, siguiéndole las demás baterías. Cuéntase que en ese momento Gálvez gritó: " ¡Españoles, aquí os devolvemos el tratado del 27 de enero!". Minutos más tarde, el malogrado Secretario de Guerra caía abatido juntamente con otros de sus acompañantes. A mitad de la tarde, varias de las naves españolas, encabezadas por la Villa de Madrid, empezaron a abandonar el combate y al promediar la misma, sólo quedaban la Numancia y la Vencedora, haciendo disparos eventuales. A las cinco de la tarde, la nave capitana dio la señal de cesar el combate, ordenando la retirada. El triunfo era del Perú y, por intermedio de él, de todo el continente americano. ¡Honor al mérito! EL AUDAZ VIAJE DE LOS MONITORES Ver tambien Monitores Americanos - Juan del Campo Rodriguez Diversas y contradictorias fueron las versiones acerca adquisición de los monitores Manco Cápac y Atahualpa, denominados Oneota y Catawa. Algunos llegaron a afirmar, sive, que se trataba de una compra apresurada y sin razón a pues habían sido adquiridos desde Lima sin que antes medie detenido estudio técnico o, cuando menos, un análisis de características marineras. Probablemente las inquietudes que origino el conflicto del 66 condujo a este desacertado comportamiento. La historia de ambas naves es curiosa y llena de viciitudes. Habían sido construidas para operar en el río Missisipi y no en mares abiertos y francos. Tenían un andar muy lento y eran estrechas e incómodas para la navegación en alta mar. Sus cascos muy finos, de hierro con coraza de 127 m/m, desplazaban 1.084 toneladas. Medían 61 metros de eslora por 13.7 de manga y 4.4 de puntal. Su andar era de 5 nudos con mar lleno, con fuerza de 300 caballos y presión de 20 libras en calderas. Su calado era de 3.65 metros. Poseían una torre central de acero con dos cañones Dalhgren de 40 cm.; su espolón no podía considerársele como ofensivo, debido a su poco andar. Para recepcionarlos, el gobierno peruano nombró una comisión integrada por varios distinguidos miembros de la Armada. Sin embargo, las gestiones para sacarlos de Nueva Orleans, tardaron cerca de dos años. Primero, resultó muy difícil que el gobierno norteamericano retirara las restricciones que ponía a la salida de los buques, considerándolos, de acuerdo a la tesis española, como una amenaza para las posesiones hispanas; y, segundo, porque se oenso, siempre de acuerdo a esa versión, que el vapor Rojas (comprado alli con el nombre de Havana, para que diera remolque a un monitor era una embarcación "filibustera". Los otros dos remolques igualmente de madera, fueron el Pachitea y el Marañón. Solucionados los inconvenientes, por fin zarpó el convoy el 12 de enero de 1869, dirigiéndose a Pensacola a una velocidad extremadamente lenta. Para el viaje se les proveyó de velas para ayudar a mantener la estabilidad; rompeolas en la base de la torre y brazolas altas en las escotillas que se cerraban herméticamente cuando la mar levantaba algo. El comando estaba distribuido de esta forma: monitores Manco Cápac y Atahualpa al mando de los Capitanes de Corbeta Camilo N. Carrillo y Juan G. More, con 8 y 7 oficiales, respectivamente. Los remolcadores Reyes, Pachitea y Marañón al mando de los Capitanes de Corbeta Leopoldo Sánchez, Aurelio Arrieta y Nicolás del Portal, respectivamente. Cada uno con 5 oficiales. Todo el convoy bajo el mando superior del Capitán de Fragata L Mariátegui.
El monitor Atahualpa El viaje que emprendían iba a ser memorable por díversas razones: sus mismas características marineras, sus tripulaciones colecticias, indisciplinadas, de diferentes razas e idiomas; sin guarniciones como para impedir algún motín y, por último, sin haberse pactado la paz con España, debían atravesar el Mar Caribe muy cerca de territorios coloniales de esa nación y en cuyas aguas mantenia unidades navales poderosas. En esas condiciones salieron la cuestionadas embarcaciones. En Pensacola, las naves permanecieron 30 días llenos de dificultades. Cuando al fin salieron hacia Cayo Hueso, se acentuaron los rumores de que los monitores se dirigían con destino al litoral N.E. de Cuba, para ayudar a los isleños que estaban en rebelion contra España; esto ocasionó que las fragatas acorazadas españolas Tetuán y Fernando el Católico escoltaran a nuestra flotilla en parte del viaje a Samaná. El viaje hacia este lugar fue una terrible pesadilla. El mar levantó olas de 10 a 12 pies que rompían se cubierta de los monitores en una forma tal que fue necesario largar los remolques, rompiéndose la unidad del convoy. Esto ocurrio el 8 de marzo. Al día siguiente por la tarde, cuando mejoró el tiempo el Reyes maniobró para tomar el calabrote de remolque por la popa del Manco Cápac, pero una ola gigantesca hizo retroceder al monitor en forma tal que le introdujo el vuelo popero de su coraza provocando su inmediato hundimiento, con los víveres, el carbon y el dinero para los gastos de viaje del convoy. Esto, cuando la costa estaba a 80 millas y el monitor sólo tenía combustible y provisiones para dos días. Aislado del resto del convoy, el Manco Cápac se vio obligado a ingresar al puerto Naranjo en la isla de Cuba y solicitar ayuda a los revolucionarios, quienes le propporcionaron víveres, agua y leña para que la usara como combustible. Esta resultó ineficiente para levantar la presión necesaria y apenas alcanzó para llegar a la isla Ragged, de donde salieron los Tenientes Elias Aguirre y Carlos Thorne para que trajeran de Nassau el carbón y otras provisiones; aquí se enteraron que el otro monitor, el Atahualpa, después de breve permanencia en Gran Inagua (para tomar carbón que hubo que pagar haciendo una colecta del dinero de los oficiales), se había dirigido a Samaná. En Saint Thomas, en las islas Vírgenes, por fin se reunieron los monitores, haciendo allí una larga espera. Los meses sucesivos fueron un lento arrastrarse de las cuatro naves, a causa de su limitadísimo radio de autonomía; tocaron en Vírgenes, Barbados, Domarara, islas Salut, Maranhas, Ceará, Pernambuco, Bahía, Abrolhos y Río de Janeiro a donde llegaron el 15 de setiembre de 1869 en la noche, no sin que el Manco Cápac varara en Taipú; fue auxiliada por el Marañón y por el vaporcito Vencedor con el Capitán de Navio Manuel Ferreyros que había llegado en la Unión en calidad de Comandante General en reemplazo de Mariátegui. Tomadas las previsiones del caso, la escuadrilla zarpó hacia Montevideo el 12 de diciembre con el nuevo mando; llegando al estrecho de Magallanes el 29 de enero del año siguiente. Fondearon en Punta Arenas, donde estaba esperándolos el Chalaco que debía remolcar al Atahualpa hasta el Callao. En aquel puerto se ahogó el Alférez de Fragata Ricardo Vargas. Salieron a pasar por los canales de Smith que navegaron en esta forma: primero el Atahualpa remolcado por el Chalaco, después el Manco Cápac remolcado por el Pachitea, luego la Unión y finalmente el Marañón. Como escaseara el combustible fondearon en Otway el Manco Cápac y el Pachitea con viento muy fuerte, que en la noche echó sobre la playa al remolcador el cual estuvo varado dos días y sólo zafó a fuerza de pericia y trabajo, yendo a Talcahuano por carbón para el monitor. Después de otros temporales que los encontraron metidos entre ese laberinto de islas y canales estrechísimos fondearon en puerto Low, mientras el Chalaco fue a traerles carbón del que había dejado nuestra escuadra en Ancud en 1866. Arrumbaron a ese puerto y luego al de Talcahuano donde fondearon el 11 de abril y se encontraron con la fragata Independencia. Formando ahora una flota de siete buques, salieron a Cobija y después de fondear en Iquique y Pisco, rindieron viaje en el Callao a las 3.30 de la tarde del 11 de mayo de 1870, trayendo a bordo al Presidente de la República, Coronel don José Balta, que había salido a recibirlos afuera del puerto. Debió ser un espectáculo imponente el arribo de esos buques a pleno sol de esa hermosa tarde otoñal. Volvían de un viaje excepcional, lleno de peripecias en que habían demostrado la mejor disciplina y una destreza marinera poco común, efectuando el remolque más largo y peligroso que se hubiese hecho hasta entonces y que permaneció único hasta muchos años después. ¡Habían estado en la mar quince largos meses!. FEDERICO BLUME. PIONERO DEL SUBMARINISMO AMERICANO En los anales de nuestra historia, don Federico Blume Othon se cuenta entre los pioneros de la tecnología al servicio de la defensa nacional, y del submarinismo a nivel continental. Su vida y su valioso aporte pueden sintetizarse así. Hijo de padre alemán y de madre venezolana, nació en la Isla de Santo Tomás perteneciente a las Antillas Menores, el 18 de agosto de 1831. Políglota precoz (dominaba cinco idiomas) se educó en Alemania, graduándose como ingeniero hidráulico y de ferrocarriles. Viajó a América, estableciéndose en Venezuela, Cuba y Estados Unidos; en este último país trabajó en la construcción de seis vías férreas, dejando un buen concepto de su competencia profesional. Posteriormente radicó en Chile, siendo contratado por el gobierno para la construcción de los ferrocarriles de Valparaíso a Santiago, de Copiapó a Caldera y de Santiago a Talca. Años después, se trasladó a nuestro país, donde su labor profesional fue fecunda y vasta; construyó las líneas férreas de Arica a Tacna, de Arequipa a Moliendo, de Ancón a Chancay y de Paita a Piura. Por sus destacados méritos, Enrique Meiggs lo nombró ingeniero consultor del ferrocarril central. Nacionalizado peruano, contrajo matrimonio con la dama arequipeña doña Enriqueta Corbacho. La inquietud científica de Blume lo llevó hacia el mar, fundamentando sus pesquisas en el principio hidrostático de Arquíme-des, el gran matemático y físico natural de Siracusa. Su preocupación mayor era construir un buque que navegara bajo el agua. Durante muchos años, trabajó en esta idea y al producirse la ocupación de las islas de Chincha por la escuadra española, es Blume uno de los primeros en expresar su deseo de cooperar en la defensa de la patria de sus hijos. Para ello, intensificó sus investigaciones construyendo un modelo de su submarino y haciendo pruebas en los estanques de Piedra Liza y la Atarjea. Convencido de la bondad de su invento y de que al ser construido serviría para atacar a las naves intrusas, entregó al Presidente Juan Antonio Pezet los planos y especificaciones como un obsequio al país. Afincado en el puerto norteño de Paita, a cargo del ferrocarril mencionado, Blume prosiguió con su anhelado sueño y empleando los escasos medios de la maestranza del ferrocarril e importantes sumas de dinero de su propio peculio, construyó un submarino, el que terminó y lanzó al agua el 12 de octubre de 1879; dos días después, logró bajar a 12 pies y navegar a una velocidad de 3 nudos, saliendo a superficie después de 30 minutos de prueba. Más tarde, durante 18 oportunidades, repitió la hazaña con igual éxito.
Federico Blume Con la aureola de una hazaña lograda, Blume entregó su invento al Presidente Mariano Ignacio Prado a fin de cooperar en la defensa del país. El mandatario comisionó al Capitán de Navio don Ezequiel Otoya para recepcionar la nave, la que fue fondeada en la rada interior frente a la chaza de floteros. Lamentablemente, la incertidumbre política del momento frustró el anhelo del noble pionero. Apoyado e incentivado por algunos amigos, logró que el General don Manuel de Mendiburu, amigo y colaborador del Presidente Piérola, observase en el Callao una inmersión. Enterado el Jefe de la Nación del ofrecimiento de Blume, dispuso que una Junta de Marinos e Ingenieros estudiara el invento, la que informó favorablemente sugiriendo algunas modificaciones. De inmediato se votó una partida de diez mil soles para la construcción del submarino. Se encargó una Comisión encargada de administrar los fondos, integrada por José N. Valle Riestra, Gil Cárdenas, Manuel J. Cuadros y el Alférez de Fragata Carlos Bondy. La construcción empezó en la factoría de Juan V. Julia.Antes de concluir la construcción del nuevo submarino y debido al inminente bloqueo de las naves chilenas, el Gobierno dispuso la utilización del submarino construido en Paita. Se le hicieron algunas modificaciones y en la prueba de inmersión se sumergió'el Guardiamarina Manuel Elias Bonnemaison, iniciando así una estupenda tradición. Al submarino se le adaptó torpedos Lay, dispuestos por parejas con 10 libras de dinamita cada una, dotados de un mecánico estanco de percusión. Los acorazados chilenos Blanco Encalada y Cochrane entraron a la bahía y habían sido designados como blancos. Para esto los preparativos del submarino se habían terminado y el ataque debía producirse en la noche. Don José M. Valle Riestra, voluntariamente, se enroló en la tripulación. Grande fue la frustración de Blume al ver que los buques enemigos se habían hecho a la mar, pues habían sido alertados del peligro por algún espía. Fracasado este intento y producido el descalabro total con el ingreso a la capital del ejército chileno, las autoridades peruanas ordenaron hundir el submarino para evitar que cayera en poder del invasor. La última oportunidad de Blume para ayudar al Perú, se había esfumado. El submarino que inventara yacía en el fondo del > mar y las aguas envolvían el secreto de su notable esfuerzo. Don Federico Blume, entristecido, viejo y enfermo, dejó de existir el 5 de marzo de 1901 a la edad de 70 años. Es con Blume, pues, que se inicia la inquietud de nuestra Marina de Guerra por el arma submarina. EL"HUÁSCAR Sin duda, la nave más célebre y querida en el historial nuestra institución y por muchos años "el más famoso buque de guerra del mundo". La construcción del Huáscar, ordenada por el gobierno General Juan Antonio Pezet, se hizo en los astilleros británicos Laird Brothers, reconocidos mundialmente por sus avances tecnológicos y por ser antiguos proveedores de la Marina Real Inglesa. Fueron los primeros en construir un buque de guerra de hierro a vapor. El diseño de la nave corrió a cargo del genial y controvertido Capitán de Navio Cowper Coles, contando con el asesorar de los arquitectos navales del Laird. Fue el Huáscar un buque de guerra de característica estupendas y muy avanzado para su tiempo. En él se resumían eficazmente tanto los principios técnicos sostenidos por Paixhans y Ericsson, como las características definitorias de lo que en la historia naval se conoce como acorazados, las unidades claves de las escuadras. He aquí la descripción del Huáscar que hizo la famosa inglesa Engineering el 4 de julio de 1879: "Los peruanos ahora parecen tener sólo un verdadero buque poderoso en condición de servicio, el Huáscar, y como puede ser visto de nuestra anterior descripción de los dos blindados chilenos es muy inferior a ellos. El Huáscar es un monitor acorazado construido por Laird Brothers, en Birkenhead. Es de 190 pies perpendiculares y 200 de eslora, 35 pies de manga y 19 pies 9 pulgadas de puntal. El tonelaje de su construcción es de 1,101 y una potencia teórica de 1,500 caballos de fuerza. Su calado es 15 pies 6 pulgadas y su velocidad máxima se dice que es de 12 nudos cuando sus calderas están en buenas condiciones y sus fondos limpios. Su velocidad usual en buenas condiciones de trabajo es probablemente de no más de 10 1/2 a 11 nudos. Está propulsado por una sola hélice. El Huáscar tiene un aparejo de dos mástiles, el palo de trinquete es de trípode siguiendo el principio del Capitán de Navio Coles para poder desmontarlo rápidamente en caso de combate, dando más libertad al uso de los cañones. La altura de su obra muerta o cubierta sobre el mar es de alrededor de 5 pies. Lleva dos cañones Armstrong de 300 libras montados en una torre, protegida por una coraza de hierro de 5 pulgadas sobre un refuerzo de teak de 14 pulgadas. Sus bandas están protegidas por una coraza blindaje de planchas de 4 1/2 pulgadas de espesor en el centro del buque, disminuyendo el blindaje a 2 1 /2 pulgadas en las extremidades, las que también están montadas sobre teak de 14 pulgadas de espesor. Tiene una torre de mando blindada en forma exagonal detras de los cañones principales, desde donde el barco debe ser dirigido en combate; las entradas de la cubierta están protegidas por planchas de 2 pulgadas, que también protege escotillas y lumbreras. El Huáscar es un buque de hierro, y en el tiempo en que fue construido fue el más perfecto en todos sus elementos de defensa y en su disposición interna". Los cañones del Huáscar salieron de la prestigiosa firma Armstrong, y eran rayados y de avancarga. Pueden considerarse los mejores de la época con 10 pulgadas de calibre. Tenían un tubo o ánima de acero reforzado por un zuncho en espiral montado en caliente. También presentaba el Huáscar una innovación importante: la rueda del timón de combate se accionaba en el interior blindado del buque, en la segunda cubierta, inmediatamente debajo de la torre de mando, permitiendo al comandante del buque dar sus órdenes directamente. El diseño de la torre de los grandes cañones correspondió también a Coles. Descansaba y giraba sobre roletes ubicados en la segunda cubierta, desde donde la ranza se hacía manualmente, sin riesgo mayor para los tripulantes encargados de la tarea. Los cañones se cargaban en el interior de la torre. Disponían en cada banda de campos de tiro de 135°, teniendo sólo como sectores muertos 40° hacia proa, donde los disparos eran impedidos por el castillo, y 50° hacia popa donde se situaba la torre de mando. Esto es, sobre los 360° del compás, se disponía de un campo de tiro de 270°, contra un sector muerto de 90°, logro extraordinario en 1864. El sistema de propulsión del Huáscar consistía en una máquina de 1,500 caballos de fuerza de dos cilindros, impulsada por cuatro calderas horizontales, dos de 4 fogones y dos de 3, que trabajaban a una presión máxima de 30 libras por pulgada cuadrada. Tenía la máquina la ventaja de ser compacta y de ubicarse bajo la línea de notación, lo que le daba mayor protección, reducía los pesos por alto y permitía que la hélice quedase totalmente sumergida. Sus pañoles carboneros tenían una capacidad de 300 toneladas, lo que le daba una autonomía de 7 1/2 días de navegación a toda fuerza, 10 días a 10 nudos; 12 días a 9 nudos y 15 días a 5 nudos con los fondos limpios. Las nobles características del Huáscar quedaron plenamente demostradas desde su primera travesía entre Inglaterra y el puerto francés de Brest. En poder del Perú, la legendaria nave prestó valiosos e innumerables servicios. Pero, sin duda, fue durante la agitada campaña marítima de 1879 en que su accionar fue la esperanza de toda la Nación. Al lado de su singular Comandante, don Miguel Grau, pareció tomar vida; su fría y rígida estructura, se transformó en una masa dúctil y sensible a las órdenes de su noble conductor. Sencillamente le obedecía. Sus nombres, la posteridad los asocia a actos heroicos e inmortales. Juntos escribieron una hermosa epopeya. Ambos jamás se rindieron. IMAGEN DE GRAU "De estatura mediana, poseía una contextura maciza y fuerte que contrastaba con su delicado timbre de voz. De mirada melancólica —acorde con su rostro sereno y afable— estaba dotado de un alma noble, generosa y extremadamente humana. Sobrio de palabras y desprovisto de ambiciones personalistas, jamás pidió ni exigió nada para sí. Alejado de posturas arrogantes y altaneras, hizo de la humildad el resorte principal de su vida. Cordial y caballeroso, profesó un inmenso cariño por los niños. De temperamento tranquilo y sosegado, era enérgico cuando las circunstancias lo requerían. Hombre de fe, supo aquilatar e inculcar los valores cristianos en el seno de su hogar. Tierno y afectuoso con su familia, se mostró igualmente responsable y diligente como ciudadano, destacándose por su elevado espíritu cívico.
Almirante Muguel Grau Honrado y honesto en grado sumo, mostró siempre una conducta identificada con la justicia y el deber. Disciplinado y ordenado, fue ejemplo de puntualidad y constancia. Respetuoso del orden y de la constitucionalidad, mostrábase severo con quienes no lo eran. Ajeno a odios y rencores, fue magnánimo aún con el enemigo. Profesional intachable, hizo de la carrera naval el ejercicio fiel de una genuina vocación puesta de manifiesto desde niño. Patriota por excelencia, fue al encuentro de la muerte con el sagrado convencimiento de luchar por un ideal noble y justo en defensa de la honra y la soberanía. EL GLORIOSO COMBATE DE ANGAMOS Larga y agitada fue la campaña sostenida por el legendario monitor Huáscar y en la cual empezó a parecerse "más que a una nave, a un ser viviente con vuelo de águila, vista de lince y astucia de zorro". Pronto, el binomio Hombre-Buque se convertiría en el punto de convergencia de millones de esperanzas. "Cuando el "Huáscar" zarpaba, todos volvían los ojos al Comandante de la intrépida nave, todos le seguían con las alas del corazón, todos estaban con él". Los triunfos iban sucediéndose en cadena interminable, llegando al máximo con la captura del transporte Rímac, espléndido vapor chileno que llevaba a bordo víveres, carbón, armas, pertrechos, animales y 258 hombres. Por el valor material y, sobre todo, moral de la presa, esta captura tuvo una enorme resonancia: Júbilo en el Perú; frustración en Chile. El Gabinete chileno fue interpelado y destituido, mientras que el Capitán de Navio Galvarino Riveras reemplazaba al cuestionado y vapuleado Almirante Williams Rebolledo en el mando de la escuadra enemiga. En esa oportunidad, el Presidente chileno Aníbal Pinto escribió amargamente en un documento oficial: "La interpelación del Senado y las escenas vergonzosas acaecidas con motivo de la pérdida del Rímac, me han dejado la convicción de que nunca debimos comprometernos en la guerra". Es decir, que el Huáscar comenzaba a producir en el ánimo de los chilenos "un sentimiento de rubor parecido al de la estupefacción, y en el cerebro de sus mandatarios una emoción semejante al vértigo". Durante meses, pues, el aguerrido monitor se convirtió en un verdadero fantasma para el desconcertado chileno. Se le creía ver simultáneamente en todos los puertos chilenos. Mientras que para el Perú era su muralla móvil. Sin embargo, el ínclito Comandante Grau era consciente de que sus éxitos navales no podían prolongarse indefinidamente. Conocía las medidas adoptadas en Chile para acabar con su inseparable monitor. No obstante, no flaqueó un momento. Salió con estoica resignación. "Sé que llevo al "Huáscar" al sacrificio", dijo. Pero se hizo a la mar. Antes escribió a los suyos, envióles los objetos de valor que tenía a bordo y recibió los sacramentos. Bien comprendía que se iba a entregar en holocausto. Pero, como los semidioses griegos, afrontaba valerosamente su inexorable destino. Si a los admiradores del Comandante del Huáscar se les hubiera preguntado qué exigían, "todos habrían respondido con el Horacio de Corneille: ' ¡Que muera!". Partió el lo. de octubre con la Unión. Entró en Sarco. Llegó cerca de Valparaíso y regresó a Coquimbo. El 6 tuvo el buque una descompostura en la máquina. Otra el 7. A las 00:00 hrs. del 8 llegó el Huáscar a Antofagasta. Calma chicha y peligrosa del mar: nadie sabía dónde se encontraban las fuerzas enemigas. Era que se estaba cerrando un anillo de hierro en torno al monitor. Al amanecer del día antedicho el Contralmirante se encontró ante el semicírculo de muerte del Sur: Blanco Encalada, Cova-donga y Matías Cousiño. Navegaban tratando de interponerse entre tierra y la División, para echar a los nuestros al oeste. Lo lograron. Siguieron tras ellos perezosamente, saboreando ya el triunfo. A las 7:15 hrs. apareció a los ojos peruanos el semicírculo oriental: Cochrane, O'Higgins y Loa. Intuyó todo lo que iba a pasar. Ordenó a la Unión que se retirara, salvando así esa nave para que pudiera realizar más tarde su espléndida ruptura del bloqueo de Arica. Luego se preparó a morir tan virilmente como había vivido. Los oficiales y marineros silenciosos estaban en sus puestos de combate. En el pico, el pabellón se agitaba trasladando su sombra sobre las cabezas de los marinos. Calmo besaba el mar los costados del Huáscar. La hélice agitaba las aguas mientras el humo negro huía, presuroso, de la chimenea, perdiéndose en el cielo que esa mañana era de un celeste suave y promisorio. A las nueve y veinte una orden bajó, rotunda, desde la torre de mando. Potro bravio, el monitor agitó las crines de su clarín de guerra, relinchó por sus cañones e inició la lucha. De sus primeros disparos uno dio en el Cochrane, pero la coraza de este lo detuvo. Volvió a disparar. Contestó el Cochrane cuando estaba a 300 metros de distancia y el Huáscar hizo nuevamente tronar sus cañones. Los primeros proyectiles chilenos que alcanzaron al monitor causaron grandes daños: un cañón quedó inutilizado, y fuera de servicio el timón de combate. Otra granada de la segunda descarga enemiga cayó en la torre y estalló dentro. El Comandante y el Oficial de Ordenes volaron en pedazos. Así el contralmirante Miguel Grau acabó de morir, puesto que hacía tiempo que cada día se le arrebataba en beneficio de la Patria una parte de su vivir El espíritu del Héroe, o el espíritu del Huáscar ya que ambos eran uno solo, continuó animando la lucha. El buque se transformó en un león con graves y múltiples heridas, pero que no se resigna a caer exánime. Ruge por las armas que aún le quedan, intenta dar varios zarpazos con su espolón, arde en fiebre de explosiones, se desangra por sus múltiples averías, se abren las venas de sus válvulas. Sin embargo, arriba el pabellón peruano bate orgullosamente al viento y abajo, en la cubierta, se muere, también orgullosamente, entre hierros retorcidos, miembros humanos, sangre renegrida, trozos de cabuyería, fragmentos de embarcaciones. LA MARINA DE GUERRA DEL PERÚ: OCASO Y RESURGIMIENTO El conflicto de 1879 ciertamente que no cerró un ciclo, sino que prolongó y arraigó la crisis general que el país venía arrastrando desde casi una década atrás. Desde esta perspectiva, pasada la pesadilla de la guerra y la nefasta ocupación que le siguió, la República se debatió en una honda crisis que no sólo afectó lo puramente económico, comercial, industrial, social y político sino que amenazó la vida misma de la Nación. Desde todo punto de vista, el país vivió una crítica y angustiosa postración que comprometió no sólo su estabilidad y porvenir, sino también la esencia misma de su institucionalidad: El ser colectivo del Perú. Si el estruendoso crack que sufrió el país con dicho conflicto repercutió severamente en los rubros antes señalados, en el aspecto naval la situación fue igualmente desastrosa y, quizás, mucho más grave y penosa que en algunos de ellos; las características y el largo período de abatimiento y abandono que signó su suerte, así lo evidencian. En efecto, producida la debacle de San Juan de Miraflores y al no existir posibilidad alguna de resistencia en el mar, el 16 de enero de 1881 la Superioridad Naval ordenó destruir las obras de defensa del puerto del Callao y acabar con los buques nacionales existentes para que no cayeran en poder de las fuerzas invasoras. Entre las naves incendiadas y hundidas estaban: la corbeta Unión, el monitor Atahualpa, los transportes Limeña, Oroya, Rímac, Chalaco, Talismán, Marañen, la cañonera Arnao y algunas lanchas. De esta manera, quedaba aniquilada nuestra enclenque escuadra y el poder naval se reducía, prácticamente, a cero. Así lo entendió el Ministro de Guerra y Marina, don Javier de Osma, en su casi desconocida Memoria leída en la Asamblea Constituyente de 1884 al reclamar el resurgimiento inmediato de la escuadra: "Sabéis bien, Honorables Señores, cuan imperiosa es la conveniencia de proveer a la Nación de buques de guerra; no es preciso recordaros las terribles consecuencias de haber olvidado esta necesidad, tanto más urgente hoy, cuanto que, siendo muy extensa nuestra costa, sin Armada no hay forma de atender a su servicio, ni posibilidad de sostener en los mares los fueros de la soberanía de la República...". Pensamiento que durante casi un cuarto de siglo repetirían sus sucesores. En 1903, el Contralmirante don Manuel A. Villavisencio, Ministro del Ramo, reiteraba esta dolorosa advertencia: "Muy penoso me es manifestaros que la Nación carece del elemento más importante para la defensa de su extenso litoral, de ese factor positivo de la estrategia militar, de marina de guerra. Veintitrés años han transcurrido del conflicto con Chile y, sensible es decirlo, no se ha atendido como la Nación pide, a tan premiosa necesidad. Así, pues, por doloroso que sea, debo aclarar ante la Representación Nacional, que nuestros puertos están a la merced del primero que intente ultrajarlos o herirlos a mansalva". En el marco de este sombrío cuadro de la postguerra, la pequeña fuerza naval peruana, que contrastaba enormemente con la que poseía Chile, por ejemplo, no disponía de bases ni servicios en tierra. Sin embargo, estos pequeños buques que eran más de transporte que de guerra, prestaron cierta utilidad; unas veces conduciendo al personal en campaña, otras como unidades mercantes o como de centro de entrenamiento y adiestramiento para el personal de la Marina. Si esta era la situación de nuestra escuadra, ¿cuál era la que correspondía a su personal? En este punto los testimonios son claros y categóricos. La situación de los Jefes, Oficiales y personal subalterno fue igualmente crítica y angustiosa como la que acabamos de señalar. Concluida la guerra y sin un solo buque, la suerte de Jefes y Oficiales fue diversa y, en algunos casos, incierta. Situación que se agravó en 1887 cuando, por razones presupuéstales, las dependencias de Marina fueron reducidas. Muchos pasaron a integrar el cuadro de los excedentes; otros se dedicaron, los más jóvenes, a labrarse un nuevo porvenir ya en el propio suelo o fuera de él. Viajaron a países como Ecuador o a otros mas lejanos como Venezuela, Argentina, Panamá o Centroamérica. Otra parte se incorporó a la administración pública, al campo empresarial, al comando de los buques veleros en la carrera a la China o la conducción de los vapores en el Lago Titicaca. Hubo quienes se dedicaron también a una antigua y conocida tarea y en la que siempre han sobresalido: La exploración de la Selva. Crucero Almirante Grau - 1907 Ahora bien; con el advenimiento del gobierno de don José Pardo y Barreda, los vientos empezaron a cambiar para nuestra institución. Hubo un deseo expreso de apoyarla y rescatarla del ostracismo en que se encontraba. En este quehacer, jugó un papel importantísimo el Ministro de Hacienda don Augusto B. Leguía, el prohombre de la Marina moderna. Crucero Coronel Bolognesi - 1907 (arriba y abajo)
Contagiado por el fervor popular mediante los donativos a nivel nacional, el gobierno de Pardo emprendió las gestiones para conseguir un préstamo del exterior; el que fue obtenido, con grandes ventajas, del Banco Alemán Transatlántico (que estableció una sucursal en Lima). Con esta auspiciosa acogida, se contrató en Inglaterra la adquisición de los dos primeros buques de guerra: los cruceros Almirante Grau y Coronel Bolognesi; cuyo arribo, emocionadamente celebrado por la población peruana, ocurrió en 1907. Llegada de los dos cruceros al Callao.
Teniente Rodriguez Con estas dos adquisiciones, prácticamente se echaron las bases para el renacimiento de la Marina de hoy. Posteriormente, se adquirieron otras unidades: el caza-torpedero Teniente Rodríguez (que fue el primer barco de guerra que pasó el canal de Panamá en 1914) y los submarinos franceses Ferré y Palacios, que llegaron sucesivamente al Callao en el buque especial Kanguro de la casa Schneider, en medio del patriótico y enfervorizado regocijo general. La flotilla de Loreto fue aumentada con cuatro patrulleras más. La revista Caras y Caretas de Buenos Aires, veía asi el paso del buque madre Kanguroo con uno de los submarinos peruanos. Desde otro ángulo, en 1904 se contrató los servicios de un Oficial francés, el Capitán de Fragata Paul de Marguerye, para reestructurar la organización y el funcionamiento de la Escuela Naval; siendo los resultados del todo positivos. Durante el primer régimen de Leguía se construyó el nuevo local para dicha Escuela. La Escuela Náutica de Paita tomó renovado impulso. Se envió a varios Oficiales a seguir estudios de perfeccionamiento en Argentina, Estados Unidos, España, Francia e Inglaterra. Submarinos franceses Ferre y Palacios A partir de 1910, en el marco de las innovaciones tecnológicas, la Armada inició las actividades de radiocomunicación, con el éxito conocido. Durante el gobierno de Enrique Billinghurst, la Comandancia General de la Escuadra fue reorganizada; en el período siguiente (presidido por el Coronel don Osear R. Benavides que derrocó a aquél en febrero de 1914) se creó el Estado Mayor de Marina. Pero, sin duda alguna, fue durante la gestión del Presidente Leguía (1911-1930) en que los servicios de la Marina de Guerra no sólo fueron mejorados considerablemente, sino también modernizados en muchos de sus aspectos. Aquí una resefia. Por la Ley No. 4003 de 13 de octubre de 1920 (expedida por la Asamblea Nacional) se creó el Ministerio de Marina, independizándose así del Ministerio de Guerra y consiguiendo sucesivos e importantes aumentos en su Presupuesto;asimismo, se creó en este año el Cuerpo de Aviadores de la Armada. Una misión naval norteamericana (cuyo primer jefe fue el Capitán de Navio Frank B. Freyer) cumplió, desde julio de 1920, funciones de dirección, orientación y asesoría en distintos niveles de la Armada. Al año siguiente, comenzaron los viajes de práctica y entrenamiento para el personal (cruceros de verano). A partir de 1922 se efectuó la reorganización general de los servicios de la Marina en cuanto a su administración y a su personal. El cambio fue completo e integral. En 1923 se creó un cuerpo único de oficiales, quedando superada la antigua división entre los de máquina y los de cubierta que mutuamente ignoraban las funciones respectivas. Fue establecido un sistema rotativo de puestos y comandos. En este mismo año, el Comandante norteamericano Charles Gordon Davy (verdadero gestor de la Escuela Naval contemporánea) efectuó la reorganización plena del alma mater, infundiéndole una clara tendencia pragmática y benéfica mística institucional. En este año, también, la Escuela Naval estableció por primera vez un equipo completo radioeléctrico con recepción y transmisión bajo la acertada dirección del Teniente 1ro. don Manuel R. Nieto. A partir de 1926 llegaron los submarinos R-l, R-2, R-3 y R-4 construidos por la Electric Boat Co., de Groton. En este año fue proyectada e iniciada la Base Naval de San Lorenzo. Dos años más tarde se creó la Escuela de Aprendices Navales. En 1930 se echaron las bases de la Escuela Superior de Guerra Naval, que se aperturó y se abrió bajo la dirección del Almirante William S. Rye. En los años sucesivos, nuestra institución no sólo prosiguió por la ruta marcada por el avance tecnológico, sino que logró consolidarse, simultáneamente, como celosa guardiana de los valores nacionales y de la integridad territorial, ganándose así el respeto y el cariño de la población. |
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