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DE NUEVO HACIA EL MAR

Por VITO DUMAS - Enero de 1936

Vito Dumas y su heroica hazaña

Y. C. A. LEHG II  Mayo 1934

De Nuevo Hacia el Mar

Persiguiendo el amanecer Llegada a Capetown Loco Lindo
Poema Heroico Llegó Vito Dumas Cronica Frustrada El Eslabon Final Mateando con Vito Dumas  

Nuestro navegante solitario ha proporcionado a «NEPTUNIA* la oportunidad de conocer los detalles de su última travesía a Río Grande de Sul a bordo de su «Lehg II» los que reproducimos con el fin de que los lectores pueden apreciar la capacidad indispensable y el esfuerzo físico que se necesita para llevar a término empresas de tal naturaleza, condiciones que indudablemente reúne Dumas como se desprende del texto de su narración.


Las infinitas rutas del mar, caminos de límpidos azules,

 donde se agostan las ansias del marino.

Las blancas velas de las naves,

cómplices mudos de esas luchas de titanes

para buscar lo que en el infinito:

 si siempre es Dios, el que los espera.

V. D.

Si alguien me hubiese anticipado que este crucero habría sido el último de mi vida solitaria en el mar es muy posible, que otros habrían sido los sentimientos que me hubieran embargado esa tarde del 23 de Diciembre de 1935. Es así, que ajeno y sin por un momento anticiparme al final de las cosas, vivo, mi vida cuya característica más saliente, es la libertad. En esta forma en la que no se prevee el mañana, me vieron partir, primero, A. Puzzi, luego, Luis y Juan el encargado del Club Náutico San Fernando, que me remolcaron con la lancha «Atahualpa» hasta San Isidro y más tarde los pocos amigos que se encontraban en el «Argentino».

A. Ruzzo haciendo un alto en su fagina de velerista, se llegó también y poco después los perdía de vista en el conjunto que forma la Dársena Norte, mientras el N.E. hacia que el Legh II, se deslizara solo procurando el Este.

Sentado en la borda de cara al sol, pienso en los que se quedan, ellos seguirán alimentando a la "máquina" y les quedará algún tiempo para pensar en mi, que para sus mentes, soy ya un punto blanco que interroga en el horizonte, que se abre para mi, pero que seguramente se ha cerrado para ellos.

Ya no hay normas, luego, mañana y siempre será la vida sin trabas, sobre estas tablas que cuando el viento quiere, batiendo sobre sus velas, las hace andar sobre el mar.

15.50.— Cruzo el canal sur a la altura del kilómetro 7 y recién a las 21 horas, arribo a las inmediaciones de la Plata. Así plácidamente transcurren las horas que así no van a durar; a las 2 y 30 del martes el viento es más fuerte y los relámpagos que se suceden, en la costa argentina me anuncian un temporal; este se presenta con un recalmón al que le sucede un fuerte chubasco; los pájaros procuran asilo a bordo; el todo es amenazante y el S.E. comienza a las 9.30 de la mañana aumentando de fuerza, hasta llegar según mis cálculos a los 100 kms. La primera y única víctima fué el velamen, la mesana, que saltando de sus garruchos comenzó a drapear en forma alarmante; esto no dura mucho, porqué la logro recuperar; mientras tanto los pájaros impotentes para volar, han buscado plaza en cuanto rincón hay a bordo; no menos de veinte están a mi alrededor, en el cockpit, donde timoneo al amparo de una carpa, los más osados se han posado en mis hombros y mano, tratando de que a mis ocasionales pasajeros, no les asuste mis movimientos, trato de permanecer lo más sosegado posible y las contadas veces que algunos de ellos, los he colocado en el corredor, el fuerte viento, los ha arrastrado al agua, donde mueren irremisiblemente. Los dejo y penetro en el camarote, mientras el «Lehg II», con todo su trapo, se desliza solo, bajo el S.E. que no afloja su promedio de 100 kms. por hora,

15.30.— He dormido hasta este momento, afuera el viento sopla ahora más moderado, la fuerte creciente me ha mandado a Punta San Gregorio.

20.40.— Con la caída del sol, se ha ido el viento y la marejada que resta hace bailar cansadoramente la botavara. La quietud de la noche que llega es interrumpida por la marola que tengo a mi espalda. Es recién a la media noche, cuando una brisa  del S.E. se torna sudestada fuerte. Como me encuentro muy aterrado, toco fondo al enfrentar la barra de Santa Lucía, zafando al hacer trabuchar el barco. Parecería que un destino me ampara siempre, un caso curioso, me sucedió  luego, de este percance. Había penetrado y  salido en varias oportunidades de la camareta,  donde un tubo hecho añicos, hacia las veces de alfombra, sin embargo no me lastimé a pesar de encontrarme descalzo, como es mi costumbre  solamente reparé en los vidrios, cuando note que faltaba el tubo de la lámpara.

11.15 del miércoles 25 enfrento La Panela, la brisa es floja y de nariz lo que hace que recién a las 15.45 cruce el canal de entrada a Montevideo, 48 horas después de mi partida de Buenos Aires. Los bordes se suceden, procurando ganar el Este.

El jueves 26, me encuentro próximo a Piriápolis que la bruma de la mañana, vela. El día es espléndido, lo que aprovecho para dormirme en cubierta, siendo despertado al toque de una sirena a eso del medio día, es el crucero D' Entrescartaux de la armada francesa que me saluda: desaparecí y al poco rato, le izo el pabellón francés. El tiempo se mantiene calmo y al atardecer el sol desaparece sobre bancos de nubes, lo que me anuncia la proximidad del mal tiempo. La calma continua y me sorprende frente a punta Ballena a las 9 horas del viernes 27, después de haber luchado durante la noche con una gran mar de fondo y viento del Este. A duras penas logro cruzar la línea imaginaria de Punta del Este y la isla Lobos, en el instante que la sirena de tierra, anuncia las 17 hrs.

Ahora solo es la corriente la que me arrastra hacia la punta San Ignacio. La noche es tétrica, los relámpagos y truenos anuncian que poco debe faltar para caer el pampero que hace días espero, que si bien por el barómetro que ha bajado en forma alarmante será de intensidad me ayudará en mi ruta al N. E.

En la noche, la rompiente de la costa, me habla de una música poco agradable al oído, con esta calma, pero el dilema seria si cansado al amanecer, me sorprendiera la tormenta. No lo pienso mucho, el marino en el mar, está siempre en capilla, esa zozobra de los días y las noches, que no tienen fin, a lo largo de la vida, con suerte siempre cambiante, los curte un poco y otro poco de fatalismo, que en el fondo los acompaña, los hacen aparecer, hoscos a veces, es que ellos, están cansados de anticiparse a los hechos y así esperándolos siempre es menos la decepción.

Por un lado me rodea la siniestra rompiente, por otro, los truenos y relámpagos que alumbran fugazmente el interior de mi camareta a  donde me he ido a descansar para esperar inocentemente la furia del mañana. Todavía no había amanecido cuando me desperté, eran las 3 horas de la madrugada del Sábado. Afuera pude entrever una masa negra por el W, que se destacaba del conjunto obscuro de la noche que se iba.

Tengo a mi través la punta San Ignacio, los relámpagos y truenos no han cesado en la noche, los unos de alumbrar y los otros de poblar el espacio de esa impresionante cantinela. Y a las 4 horas, la primera racha riza la superficie del mar y pocos segundos después, se afirma el viento en el S.W. aumentando su intensidad, casi todas las aberturas han sido cerradas, en el cockpit donde me encuentro, bajo una carpa a guisa de toldo y biombo, me cierra parte de la popa, defendiéndome así de la lluvia, pues no hay cosa que más deteste, como la de timonear expuesto a las inclemencias del tiempo

Atisbo por entre las aberturas de esta defensa el despliegue de fuerza de la naturaleza. Va amaneciendo, una mañana sucia; llevo todo el trapo y a medida que pasan las horas, aumenta el pampero en pujanza. El semáforo me dio tiempo después, el promedio horario de 60 kms. en P. del Este, pero puedo asegurar que a la altura de Cabo Polonio, llegó a más de 75 kms.

A las 7 horas dejo Cabo Santa María y próximo al Cabo Polonio, un tiburón en lo alto de una ola que lo arrastra, da la impresión de un tigre enjaulado. Mi navegación es lo más ingrata, por ser en popa; mi rumbo, debería ser N.E. lo que resulta materialmente imposible de realizar, por la gran mar de fondo y el peligro de que el viento, me tome por la aleta y me haga trasluchar. Como no quiero separarme de la costa, pues esto implicaría una gran pérdida de camino, próximo a Cabo Polonio, cobro la mayor y mesana y trabucho; esto que es fácil decirlo, resulta difícil como maniobra, pero prefiero mil veces realizarla, con el esfuerzo que ello implica, a tener que oir el drapeo que con ese viento aumenta, hasta dar la impresión de destrozarse no solo el paño, sino que la arboladura toda.

Ahora voy amurado a estribor y as! enfrento Cabo Polonio, siendo más de las 11 horas y digo aproximadamente porque me resulta materialmente imposible abandonar el timón. Más al S.E. a mi mismo rumbo, marcha un barco de carga, que no se despegará hasta bien entrada la noche.

Al medio día las islas de Castillo quedan a popa y en el trayecto a Punta del Palmar, dos nuevas trabuchadas, para evitar perder la costa. Como la última de estas maniobras, me ha dejado amurado a estribor, no logro acusar mi paso por dicha punta y es recién a las 17 horas que logro de nuevo divisar tierra, a la altura del Cabo Chuy.

El pampero ya amainando al entrar la noche, hasta convertirse en brisa poco después; a popa los destellos del faro de Cabo Chuy, desaparecen en el horizonte; la noche es obscura pero el cielo está despejado y las estrellas que no titilan, me denuncian un buen día para mañana.

Por la proa tengo al faro de Albardón que queda al través cerca de la media noche. Ya van 21 horas de constante atención y quedo dormitando cerca del timón.

Al amanecer del Domingo 29, compruebo que he quedado encalmado, en las inmediaciones del faro Albardón y que una corriente me deriva hacia tierra.

Estoy navegando a 3 millas escasas de la costa y sobre el lugar, que en la carta especifica evitarlo, por cuanto el punteado que corre paralelo en el mar, no ha sido sondeado, por lo tanto es un fondo irregular y la marejada que en dicho espacio se levanta, es muy parecida también por su color a la del Río de La Plata, hay una ventaja al cortar por este desierto acuático y es que los barcos no se aventuran a atravesarlo lo que elimina para mi, el peligro de un abordaje, pero en cambio una calma podría ser de fatales consecuencias por la fuerte corriente que allí hay.

El sol caldea el ambiente, una débil brisa que sopla del W. ha quedado del fuerte viento de ayer y así el Lehg II lentamente, va ganando ahora el N.N.E.

La calma del mar, me permite divisar los interminables montículos de arena, que se suceden a lo largo de esa costa del sur del Brasil, cuanta soledad, durante millas interminables, sin una cambiante se ofrece al marino, esas sábanas de doradas arenas, interrumpidas muy de tanto en tanto, por la aparición de la arboladura, de algún navio que ha podido todavía resistir las inclemencias del tiempo; algunos, parecen estar allí a la espera de la brisa favorable para hacerse a la mar, pero los más, han desaparecido bajo la fina arena de la playa y otros como tristes despojos, quizás los más, no puedan decir, me falta poco para ser lo que fui o bien, aquí junto al mar descanso en una digna sepultura; son aquellos que cual osamenta de algún animal diluviano muestran sus costillas carcomidas por el salitre; ese si que es un triste fin, el que se les vea en ese mísero estado, de las cosas que en vida lógicamente habrían sido miserables pero todos aquellos que amamos las cosas del mar, sabemos cuan nobles son los barcos, y cuan grande es el espíritu de que ellos parecen estar animados, pero es probable que de existir ese espíritu, el navio se sienta feliz aún así, aspirando las brisas del mar, bajo un sol amable por la vecindad del trópico.

Todo el día en calma, el calor se hace sentir y al llegar la noche, un norte de regular intensidad me obliga a dar largas bordadas para llegar al faro Sarita, cuya luz no pierdo en toda la noche.

Aprovechando el borde al E. 1|4 N.E. me voy a dormir y en la mañana del Lunes 30, compruebo que me he alejado de la costa. Al medio día tomo una meridiana, única observación que hago durante este viaje y me da 32° 38' 06".5. A eso de las 13 horas, comienza a soplar el S.E., la corriente me lleva hacia el Norte y pienso en lo poco que me separa de Río Grande,que hace más de tres años no visito.

Fondeado en Rio Grande do Sul

En el agua veo grandes tortugas que se zambullen al sentir la proximidad del Lehg II. A eso de las lo 1|2, diviso por la proa una línea que se extiende en el horizonte y se trunca hacia el N.E. Es la barra de Río Grande, mi recalada que se efectúa a las 17 horas, es exacta. Transpongo la escollera en el instante que el remolcador del práctico, todo pintado de rojo, me cruza, saludándome.

La entrada de Río Grande ha sido siempre un problema para el marino; la corriente tanto en baja como en alta marea, es tan violenta que alcanza a sobrepasar las 10 millas, esto hace que los mismos barcos de ultramar, maniobren con sus máquinas a gran fuerza, pues perdido el rumbo es fácil ser proyectado contra la escollera, o sobre las chatas que se encuentran hundidas muy cerca de la salida; el canal es relativamente angosto, una vez transpuesta la escollera, pero felizmente para mi, el viento fresco me es favorable, como la misma corriente y viendo que el barco se mantenía bien al rumbo que le daba, sin desviaciones, enfilé resueltamente y en 55 minutos habia recorrido las 9 millas que separan al puerto, de la boca de la escollera.

En el momento de enfrentar el frigorífico Swift, me cruza el vapor Itahité que se dirige a Porto Alegre. De a bordo me saludan y en ese instante al querer arriar la mayor, las drizas por efecto de la humedad no pasan por los motones y el trapo a medio arriar, hace que orze el barco y quede varado en el veril del canal. La noche me sorprende en inútiles tentativas para arriar, extrañándome que todavía, nadie haya venido en mi procura; es casi fin de año, estoy navegando desde hace siete días y el hecho de encontrarme de cualquier forma en puerto, me da una gran tranquilidad y abandonando todo, me interno en la camareta, para brindar solo, a falta de compañía, por este feliz viaje y luego quedo profundamente dormido.

No se el tiempo transcurrido, lo cierto es que una voz me llama por mi nombre dentro de la camareta; no me tomo el trabajo de ver quien es, pero lo invito a que se duerma en la cucheta, que está vacia, vuelve a insistir ahora anunciándome que viene con un remolcador en mi auxilio, es inútil, le contesto, despáchelo y venga a descansar. Mi invitación no es aceptada y al insistir la voz me levanto; ante mi tengo a Alfonso Borloz, mi amigo y cónsul argentino en Río Grande. La lancha de la compañía Hamburguesa de navegación, bien pronto me remolcó hacia el puerto donde me dejó recostado al muelle y amarrado al Lehg II como si este fuese un gran navio. Allí con Melloni Borloz y el representante de la compañía Hamburguesa festejamos mi buen viaje.

Muchas veces he pensado en el irresistible atractivo que ejerce a todo amante de viajarlas tierras tropicales y al querer descubrir el motivo de este fenómeno, he llegado a una lógica conclusión y creo que el clima es el poderoso imán que atrae más que cualquier otro, el deseo de vivir en ese ambiente. Los días se suceden en una vida mixta entre la tierra y el barco, la paz que aquí encuentro me hace gozar, recordando los paisajes vistos de esa naturaleza tan pródiga y exuberante del vasto territorio del Brasil; sus caminos que se internan en olorosas florestas donde abundan los plátanos; las orquídeas prendidas como frutos, en los altos árboles, en una diversidad de colores que marean; los montes de una frescura que añora luego el bajo y traen la música de sus pájaros encantando al oído. El concierto se completa con la caída de agua, que buscando el llano, se precipita de las cumbres en loca carrera y así al acaso del camino, a su vera se abre una ventana al abismo, por entre el follaje, donde la hiriente luz del sol, nos ilumina los flancos y el valle, manchando aquí o allá, en notable contraste de múltiples tonalidades de verde, la roja sierra; el cielo de tenue azulado, se acuesta sobre el mar en el infinito y no cuento más; este es un libro de apuntes de mi vida en el mar, no se como he volado a la floresta, pero es un caso curioso que allí, como en todas las partes bellas, no he hallado al hombre.

Una destemplada mañana, el 2 de Marzo con mi capote de agua me llegué hasta la prefectura para despedirme de mis amigos de la dirección de Marina y con un abrazo cordial, los dejé quizas para mucho tiempo, volví de allí hacia el plano inclinado de Lorea donde estaba amarrado el Lehg II; el viento arrachado y una llovizna persistente con todos los signos poco tranquilizadores, para emprender un viaje, pero pensando siempre que eso del tiempo bueno , para mi, es un engaño de horas, deduje que partiendo con mal tiempo, afuera no podia venir peor; dije que el 2 era el día indicado para zarpar, pero recién el 4 el tiempo me permitió dejar Río Grande. Intenté varias veces la partida, pero la corriente más fuerte que nunca y el viento en contra, se unieron para hacer fracasar mi propósito; a cada vuelta de estos infructuosas salidas, me encontraba con viejos amigos, ya sea amarrado a la banda de una chata cargada de piedras donde el encargado me hablaba de hechos pasados o bien a la popa de un remolcador, ese tiempo no fué nunca perdido y pude comprobar que a veces, no se cuenta con los amigos que realmente se tiene.

El día 4 a las 18 y 30 horas, pude de nuevo hacerme a la mar, en ruta hacia Buenos Aires, al franquear la barra dejé el barco del práctico que me había escoltado.

De este viaje que puedo catalogar como bueno, debo lamentar algo que sucedió, cuando encontrándome en el interior de la camareta, sentí una sacudida formidable y ante mi estupor, comenzó a entrar agua por los ojos de buey y tambucho; la impresión era de que el barco, envuelto por una gran ola, era arrastrado y esperé tan solo el momento de que el barco tocara fondo, pero esto felizmente no sucedió. Al salir a cubierta pude comprobar el motivo de este fenómeno y era que al atravesar el banco que se encuentra justo en la boca de la barra y que tenía una profundidad de más de 3 metros por lo menos ese día, la mar del S.E. al batir sobre el veril, arbolaba una mar impresionante, que rugiendo arrollaba cuanto encontraba a su paso. El remedio fué sencillo para evitar la repetición, estando al timón, cada vez que un monstruo de esos se venía, le ponia la proa y este pequeño trabajo hube de realizarlo, en todo lo largo del kilómetro que tiene el bajío.

El resto del viaje a P. del Este como aquel título del libro de Remarque, fué sin novedad y llegué el día 7 a las 17 horas gracias al remolque del Pingo.

El Club de P. del Este como siempre, es un ameno refugio para aquellos que navegan, un almuerzo allí me hizo comprender la gran diferencia, que existía, con la cocina del Lehg II. El comodoro Gorlero, más joven que nunca y siempre activo, para bien del yachtting uruguayo, que tanto le debe.

En la media noche del 16 de Marzo, acompañado por el gordo Puig y el Comodoro del Yacht Club Punta del Este amigo Seeber, me hicieron más ameno mi viaje a Montevideo, donde fondeamos en la madrugada del 18. Hoy martes 31 de Marzo debía zarpar hacia Bs., Aires, pero el tiempo ha dispuesto lo contrario. Luego de soplar fuertemente del N, durante el día ha rondado al atardecer, hacia el S.S.W. y ahora 20 horas, sopla suave del S.E. Llueve y aquí espero que mañana mejore el tiempo para realizar el último y pequeño trecho de mi navegación solitaria; con estas pocas palabras, van resumidas tantas cosas y tantos recuerdos, que no quiero comentar, eso me pertenece, pues de todo lo escrito por más fiel que trate de ser, siempre algo queda, que no transita al público que no me comprendería y esto que podríamos llamar comentarios breves al margen de un diario de navegación, se torna difícil e intraductible; quizás algún día, en el calor de alguna otra camareta, añorando esta, de mi Lehg II pueda ser un tema, que trate de llenar en parte, las largas horas del fondeadero forzoso; por otra parte si algo quisiera escribir ahora, la presencia de mis mudos compañeros me lo impiden, el farol que me está alumbrando, allá la trinquetilla, sobre la repisa mis pipas, más cerca una lata que contiene tabaco, en cualquier rincón que dirijo la vista, mis ojos ven cosas familiares y queridas, que no dicen nada, están mudas, las dejaré para siempre.

El 1 de Abril antes de zarpar dejo por escrito mis saludos y agradecimientos por la atención del personal del Yacht Club Uruguayo al Comodoro y amigo Eusebio Ayala. Poco después me hago a la vela, dejando la farola del puerto a las 11 y 15, pero la calma y la gran bajante me tienen durante 12 horas, en las inmediaciones del canal de entrada; es recién a las 2 horas del 2 de Abril que el viento favorable me lleva hacia Bs. As. donde llego a las 22 horas.

Y ahora espero que los jóvenes que me sucedan, amplíen la singladura. Hoy nuestra flota, y cantidad de timoneles, me permiten afirmar que estamos a la vanguardia en la América de] Sur. Y como me pidió Neptunia antes de partir, aquí está el artículo con el deseo de que su campaña en pro de la náutica sea siempre un éxito.

Faro Itapuan en la entrada del Rio Guahiba

 

 

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