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Historia y Arqueología Marítima

YACHTING - ALGO SOBRE SU HISTORIA

Navegacion de Cabotaje

   

☆ por Julio Martínez Vázquez- Publicado en 20 capitulos en la revista Yachting Argentino- 1940/41

El autor Cap 1- Egipto-Grecia-Roma Cap 2 Holanda - a Cap 3 - Holanda - b Cap 4- Inglaterra
Cap 5- Primeros clubes en UK Cap 6- Clubes - 2 Cap 7 -La Orza Cap 8 - El Lastre Cap 9 - El Yachting nortEamericano
Cap 10 - El America Cap 11 La Copa America Cap 12- regatas y barcos Cap 13-  Otras regatas Cap 14 - Diseños
Cap 15- Reglas de Medicion - 1 Cap 16 - Reglas de medicion - 2 Cap 17- El Yatch Britannia Cap 18- Yachting en Argentina Cap 19 - Navegacion de cabotage en Argentina
Cap 20 - El Yatch Club Argentino  
DESCRIPTA someramente en el capítulo anterior, la navegación de placer en los atractivos arroyos del Tigre, navegación de zanja como decían despectivamente en la Boca, vamos a pintar la brava, en la época correspondiente a la fundación del Yacht Club Argentino. La navegación al Este de la ciudad de Buenos Aires. El primer gran yachtsman argentino que la practicó, fué Hortensio Aguirre. Otros lo eran de corazón, aunque profesionales por las exigencias de la vida, entre los cuales se destaca el formidable Capitán Piedrabuena y algunos marinos de nuestra armada, como el Almirante Solier o el Comodoro Rivadavia. En cuanto a Hortensio Aguirre, se internó por el año 1880 en pleno océano, y crucereó a lo largo de la costa patagónica con su cúter "Nemo", hasta las cercanías de Santa Cruz.

Este famoso cúter, el primer gran yacht argentino, lo recuerdo claramente. Se mantenía dentro de las características de los cuters de prácticos tan en boga entonces y no exceptuados de fama. El "Nemo" tenía una gran popa, cola de pato, cuadrada, conocida por española, para distinguirla de las redondas.

Fué construido en la Boca en 1879, por el reputado constructor de entonces, don Domingo Parodi, padre del después tan popular José Parodi, primer constructor de yachts en el país, y figura querida para los aficionados argentinos, entre los cuales engendró tantos afectos, por su modalidad y entusiasmo. Don Domingo Parodi, uno de los constructores de más renombre en la Boca, se había formado, como los Sclaglias y otros, en la Escuela de Construcción Naval de Génova. Vino al país arrastrado por la corriente inmigratoria de aquellos tiempos y se estableció en la Boca, que entonces era una especie de república genovesa, en donde hasta los provincianos estaban obligados a hablar genovés, si querían vivir en paz con Dios y la picola Génova. Si bien don Domingo Parodi, padre, hizo el primer yacht argentino, su especialidad era la construcción de barcos de cabotaje, pailebots, lanchas, balandras, queches., sumacas, goletas y pataches. Antes de tratar el yachting de entonces, creo debo un recuerdo a estas hermosas embarcaciones, que iban aguas arriba, remontando los ríos para complementar las bellezas de nuestra mesopotamia con sus enormes velámenes que le daban singular vida.

    

Eran fuertemente construidos. Quilla de lapacho, cuadernas de algarrobo, y forro de quebracho. La mayoría tenían hermosas líneas y aparejos primorosamente cuidados y pintados, con drizas de cuero engrasado. A muchos se les daba en la obra viva un betún hecho de grasa de potro, resina y otros ingredientes, luego se le cubría con fieltro y para defensa de éste, revestíase con chapas de cinc.

Con tal protección en su cascos, esos magníficos barcos por quince o veinte años, no eran varados nuevamente para carenarlo, lo que se hacía cuando el cinc, picado ya no actuaba como capa defensiva.Ante de la aparición de los genoveses, la navegación aguas arriba se hacía en barcas mal construidas, y feas que navegaban lentamente.

Para correspondencia y pasajeros empleaban piraguas y canoas, a remo con una vela que izaban cuando tenían vientos francos. En muchos casos juntaban dos o tres canoas, y sobre ellas se hacía una plataforma. A popa de la misma se armaba una carroza de paja o con lonas para resguardo de los pasajeros.

Respecto a la bondad de la construcción de los genoveses de la Boca, puedo decir gue he presenciado en los astilleros del Riachuelo la sacada del forro del cinc, en algunos de esos nobles cascos, con más de veinte o treinta años de vida. El forro de quebracho, que se descubría debajo, parecía vidriado. A los golpes de martillo en busca de un lado malo, respondía como acero. Ni un solo punto se encontraba picado en todo él, a pesar la clavazón de fie-rro negro y el tiempo transcurrido desde su construcción.

La mayoría de estos barcos iban aguas arriba, hasta Asunción o Corumbá pero algunos guapos hacían la carrera a General Lavalle y Río Salado, en el golfo de San Borombón, llevando leña, carbón y carga general, para volver con frutos del país.

Uno de los más famosos fué el "Sícame si Puede", lindo de líneas, que la firma Campos Uriburu, adaptó al yachting. Más tarde lo rebautizaron "Ceibo", y terminó sus días naufragando al sur de Mar del Plata, en la pesca del tiburón, fin de muchos y buenos yachts.

El V. Almirante Daniel de Soller. marino de la armada y gran yachtsman, murió a bordo del gran yacht "Varuna", mientras capeaba un temporal frente a Punta del Este, en septiembre de 1903.

Del lado de la costa uruguaya, estos veleros se mantuvieron más tiempo que los nuestros, y efectuaban la carrera desde los puertos del río Uruguay a Montevideo, pero algunos lo hacían al Este, hasta Maldonado y aún La Paloma. Los uruguayos tenían preferencia por las goletas y sumacas. En sus tripulaciones predominaban los criollos aunque muchos de origen genovés y español, viéndose algunos de sangre griega, principalmente entre los que zarpaban hacia el Este de Montevideo. Los uruguayos hacían una navegación peligrosa, en la cual se perdieron bastante, si eran sorprendidos por una tormenta del Sur, que deberían aguantar al ancla, con gran troja, que a veces se arrojaba al agua si las papas quemaban.

"Somaca", embarcación creada en el Río de la Plata. El aparejo del palo de proa era de polacra y el de popa de pailebot. Las dos velas cuadras se cargaban arriando las vergas.

Su travesía brava era de Puerto Sauce hasta Montevideo, setenta millas más o menos. Si los sorprendían la suestada, en la ida, tenían tres refugios. A sotavento del banco Jesús María o del banco Santa Lucía, y por último el semi-puerto del Espinillo, muy bueno excepto para el pampero y Sur. Si los agarraba un pampero en la ida, lo corrían a Montevideo, si era en la vuelta lo aguantaban al ancla.

Muy conocedores del regimen de los vientos esquivaban estas borrascas con gran habilidad y esperaban en Puerto Sauce, su ambicionado NORTE, que de acuerdo a lo normal, debería soplar desde las 22 horas hasta las 10 de la mañana siguiente. Pero lo normal en cuestiones de tiempo es la anormalidad si soplaba el codiciado Norte, con él llegaban de estrapada hasta las cercanías de Santa Lucía. A esa altura encontraban la virazón del Este, y sino era muy fuerte, continuaban bordejeando hasta Montevideo, siempre que el río bajara. Por el contrario si durante la bordejeada, eran sorprendidos por la creciente, entonces derivaban a uno de los tres refugios mencionados, a la espera del nuevo Norte.

Pero el Norte es un viento lunático, que a veces le da por no presentarse, principalmente en febrero. En cierta oportunidad, treinta años atrás, encontramos catorce veleros de cabotaje, en Puerto Sauce, esperando el Norte, algunos hacían más de dos semanas. Furiosas virazones del Este que apenas saltaban una cuarta al N. E., poco tiempo durante la noche los retenían. Nosotros nos sumamos a la comandita. Dormíamos tranquilos porque ellos hacían guardia, y esperábamos confiados que el ruido de sus cadenas, al virar el ancla, actuara de despertador. Así sucedió.

Una noche y antes de las 24 no quedó ni uno para muestra en Puerto Sauce, incluyendo nuestro barco, que nos sorprendió, manteniéndose a la par de la bandada. Los que zarparon primero consiguieron llegar a Montevideo, pero nosotros, junto con un buen número, derivamos al Espinillo, después de intentar una vana bordejeada contra la corriente, entre este fondeadero y la capital uruguaya.

 

Goleta. Tenía una vela de gavia, con aparejo de pailebot.

En la descripción de estos costeros me he extendido más de lo prudencial, influenciado por el apasionante cariño que siento por ellos desde mis primeros años, a muchos de los cuales creo reconocer ahora convertidos en humildes pontones de trasbordo, arrastrados miserablemente de la nariz, de dique a dique, pero revelándose a dejar de ser útiles.

Formando familia aparte de estos nobles barcos, había otro tipo de embarcación, con mucho más prestigio entre la gente de la Boca, sasonada por aires salinos, cuyas aventuras y peligros comentaban en rueda de boliche y otros círculos.

Me refiero a los cuters y balleneras de prácticos lemanes. Sus actividades eran similares a las de los yachts, aunque con fines muy distintos. Como los yachts, estas embarcaciones no estaban destinadas a transportar cargas sino que deberían ser rápidas y marinas para ganar carreras en pos de una changa y para aguantar cualquier clase de mar. Desde mi niñez estuve familiarizado con ellas, ya porque mi familia pertenecía al departamento de Maldonado, en cuya bahía se refugiaban a menudo y algunos quedaron arraigados a su tierra por motivos sentimentales de la cual tenían culpa las beldades fernandinas, ya porque mi padre trabajara como inspector en el puerto de Buenos Aires. Por esos dos escobenes me introduje en su ambiente. Cuando merodeaba por la bahía de Maldonado en los primeros años de este siglo, los veía entrar corriendo delante de un temporal para refugiarse a sotavento de la isla Gorriti. Una gran letra P, pintada en la vela mayor los denunciaba como barco de piloto.

Ballenera de práctico. Este tipo de barco fué inspirado, posiblemente, en los famosos doble proa norteamericanos conocidos por Block Island

En Buenos Aires los analizaba tranquilamente en su amarradero de la Boca. Entonces con el atrevimiento del muchacho y ayudado con el remolque de mi padre, que por sus funciones estaba en contacto con ellos, logré meterme en sus círculos.

Mi ambición de conocimiento, me daba coraje para abordar toda clase de marino que tuviera a la vista. Pero con los prácticos me ensañaba, porque para mi siempre había algo de misterioso en su azarosa vida. Algunos conocí ya retirados y relacionados con mi familia. ¡Pobres víctimas! Fuera por complacer mi curiosidad o por evocar sus aventuras cedían antes mis ataques y me narraban viajes y episodios, muchos de los cuales tenían contornos trágicos.

Entre los que conocí había alemanes, dálmatas, catalanes, griegos, italianos y criollos. Estos eran mis preferidos. Resultaban más expansivos y expresivos.

Es verdad que yo disponía de un elemento poderoso para ablandarlos y someterlos, que afortunadamente dominaba con bastante facilidad sin haber llegado todavía a adolescente. El dibujo y la acuarela. Me quedan algunas fechadas en 1897.

Debo aclarar que empecé a maniobrar con lápices y pinceles antes de saber leer. Eso lo debo a la afortunada coincidencia de vivir en mi barrio, un arquitecto florentino, Don José Cottini, padre de los componentes de la firma Cottini Hnos., que tanto se han distinguido en nuestra arquitectura.

 

 

Balandra. Un buen número de ellas largaban redondo. Cuando eran doble proa se llamaban lanchas.

Petache o patacho, evidentemente es importado del Mediterráneo, donde todavía abunda.

Los Cottini además de dedicarse a la profesión, consagraron mucho de su tiempo a la enseñanza, y son forjadores de generaciones y generaciones de capacitados técnicos en arquitectura, que han hecho una gran obra en el país. En cuanto supe que en la casa de los Cottini reinaba el dibujo y la pintura, y deslumbrado por la fama de dibujantes que tenían, motivada por la venta o trueque de sus acuarelas con los muchachos del barrio, la mayoría de ellas representando buques de guerra, busqué su amistad y desde entonces ella se mantuvo firme, hasta que la muerte me separó de tres, Horacio, Enrique y José.

La primera vez que me introduje en la casa de los Cottini, con el derecho que otorga la amistad el padre me llamó y diciéndome: "Amiguito en esta casa no se entra más que a dibujar y pintar", y acompañando la acción a la palabra me dió un lápiz para que me iniciara en el aprendizaje de tan prodigiosa forma de expresión, la cual por otra parte era mi vocación preferida, contra la voluntad de mis padres.

Adoptando actitud de víctima, pero bailando de contento por adentro, tomé el lápiz, y poco después me iniciaba en los secretos de la acuarela.

A la salida del colegio, todavía no había cumplido los diez años de edad, allí me iba todos los días. Pinté y dibujé a mi antojo bajo la dirección de los Cottini. Al viejo florentino, le gustaba vestirse de malo y rezongón. Siempre andaba con un amenazante bastón en la mano que revoleaba sin muchas prevenciones, pero rara vez llegaba a tocarnos, porque nos habíamos entrenado en una esgrima de esquivadas. Cuando salía, contando con la complicidad de la madre, abandonábamos parcialmente el dibujo, para dedicarnos a hacer modelos de buques de guerra, con cañones que disparaban.

Evidentemente hay un Dios para los muchachos y otro para los borrachos, pués todavía no me explico como no volamos o sucedió una desgracia, con esos cañones de fabricación precaria, que cargábamos hasta la boca y que muchas veces saltaban de sus cureñas, a pesar de estar fuertemente amarrados sus balas atravesaban chapas metálicas a más de 20 metros de distancia. Pólvora no faltaba, debido a que uno de los concurrentes a la casa, era hijo del famoso pirotécnico Piratte, fundador de la firma que todavía se mantiene con esa industria. Este amigo siempre encontraba forma de sacar pólvora de la fábrica de su padre para los cañones.

Cuando el viejo Cottini, llegaba a enterarse de nuestras actividades con barcos y cañones, se enfurecía y su bastón se ponía más agresivo. La indignación era por el tiempo que perdíamos y no por el peligro que corríamos.

El lector me disculpará esta divagación, pero es mi deseo, explicar como adquirí el principal factor que me permitió introducirme en los ambientes de esos bravos y oscos hombres de la Boca en los tiempos que todavía habían carbonarios. A no ser por mis acuarelas que los desarmaban, me hubieran sacado a empellones o de otras formas más contundentes cuando embestía sus círculos, ansioso de oír alguna discusión o narración. Además mi albúm estaba siempre bajo mi brazo, y era solicitado por los viejos lobos que se deleitaban contemplando los croquis de muchos de sus barcos. Apenas regalaba una acuarela a uno, los otros me echaban miradas insinuando sus deseos de poseer otra ellos también. Entonces yo me mandaba la parte, como se dice ahora.

Algunos de ellos dibujaban y pintaban, dentro de su visión, que dejaba mucho que desear. En cambio, los modelos que fabricaban eran soberbios.

Naturalmente, más de una acuarela tuve que hacer de nuevo, porque el pico era muy largo o el botalón muy corto, o el arrufe muy recto o el tingladillo no estaba indicado. Al domingo siguiente aparecía en la Boca con otra acuarela con el cúter o la ballenera, modificado de acuerdo a sus indicaciones.

Uno de mis principales amigos era un criollo, cuyo padre había sido dueño de una ballenera de prácticos, que él tripuló con sus hermanos, bajo el mando del viejo. Cuando le llevé la acuarela, que en este caso en relación directa con la amistad, era mucho mayor que las otras, que rara vez pasaban de 0.15, se reunió toda la familia en el comedor y empezó la crítica. Resultado fué que debí llevármela a casa para hacer otra, porque las reformas que me exigían la severidad de las observaciones que determinaban sus expertos ojos, no admitían enmienda. En realidad yo no había visto la ballenera y tuve que imaginarla a través de sus descripciones.

A pesar de mi entusiasmo con los cuters y balleneras de prácticos, no descuidaba los grandes botes de pesca de la Boca. Como me eran inaccesibles, debía conformarme con verlos llegar a todo paño, desplegando su enorme latina marrón, hasta su fondeadero situado al lado de los yachts. Sacaban rápidamente su pesca, aferraban todo, baldeaban las sentinas que estaban niveladas con hormigón para facilitar la limpieza y se mandaban mudar. A su lado fondeaban las balandras fruteras, que eran muy lindas de líneas. Muchas de ellas se caracterizaban por largar redondos. Sus drizas eran de cuero retorcido como el de los lazos, sobadas y mantenidas con grasa de potro. Estas drizas por las que tenían gran respeto, eran de vida indefinida, ellas y los motones o cuadernales a cilindro, que se denunciaban por su característico ruido, eran sus principales motivos de orgullo o vanidad.

Ahora haré una síntesis de los conocimientos que conseguí, parando la oreja.

De Buenos Aires, o Montevideo salían cuters, cargados de prácticos en busca de changas. Los de la última ciudad alcancé a verlos hasta el año 1917 cuando ya hacía muchos años que los de Buenos Aires habían pasado a la historia. En cuanto a las balleneras, todavía pude en 1909 dibujar una de griegos, conocidos de mi padre, cuando zarpaba de Buenos Aires, en busca de changas.

Las embarcaciones de prácticos eran algunas veces del "patrón" a quien secundaba un marinero y un aprendiz. Habían otras que pertenecían a comerciantes, especialmente almaceneros, que las daban a porcentaje.

En el interior, habían diez o más cuchetas donde dormían los prácticos. Estos ayudaban a veces en la maniobra, pero no era su obligación, pués en realidad iban como pasajeros.

En el asunto había bastante de sport. La embarcación empezaba a crucerear desde las cercanías de Montevideo a la pesca de barcos que arriban de mar afuera. Como había competencia y existía cierta rivalidad entre ellos, efectuaban carreras al divisar un buque y el primero que llegaba a su costado, era casi  seguro que tomaba la changa.

Esta competencia, los obligaba a irse gradualmente alejándose para tratar de ser los primeros en abordar el buque que entraba. Así llegaban hasta Punta del Este, luego a La Paloma, después a La Coronilla y en muchos casos las cercanías del Brasil.

Cuando el último práctico abandonaba el cúter, éste volvía al puerto de partida en busca de un nuevo cargamento, manejado por el patrón, el marinero y el aprendiz, que generalmente era un muchacho.

La mayoría de los lectores, conocen los tiempos que gasta el Río de la Plata, y podrán apreciar los peligros y penurias por que pasaban estos barcos, manteniéndose día y noche en crucero por aguas tan peligrosas.

Solamente cuando el tiempo era tan malo, que no permitía el embarque de los prácticos, corrían a refugiarse, en Maldonado, La Paloma, La Coronilla, etc. Pascual Lema, en su magnífico libro "El Práctico en el Puente", describe la entrada a estos refugios y hace una breve historia de esos navegantes y sus penurias.

En algunos casos estos cuters y aún las balleneras, salieron con su cargamento humano y nunca más se oyó hablar de ellos. Peor que el peligro de los temporales era el de los buques, a los cuales se acercaban para ofrecerles servicio, pasando día y noche por sus proas.

He hablado con los prácticos respectos a los cuters y balleneras. Como en muchas cosas de la vida sus opiniones estaban divididas. Unos eran creyentes en la ballenera, otros en el cúter. Uno de los últimos que vi en actividad, fué el cúter uruguayo "Eagle" o "Aguila", no recuerdo bien, que lo habían adaptado al yachting los aficionados uruguayos "Grolero", y que fondeaba en el Yacht Club Uruguayo.

Ya que hablo de las diferencias de opiniones respecto a los cuters o balleneras, aclararé los motivos de esa diferencia entre ellos. El cúter de prácticos era un barco de gran calado, y mucho desplazamiento. Su estabilidad la conseguía a fuerza de lastre. Para poder mover tal mole se hacía imprescindible un enorme velamen. Atropellaba contra las olas como un ariete a las cuales vencía. Estas, en venganza, barrían su cubierta. En una corrida podía llegar a ser peligroso pués siempre existía la posibilidad de encapillar una ola debido a su poca boyanza. Pero con una costa a sotavento, el momento más temible de la navegación, allí era donde el cúter se rehabilitaba porque podía escaparse de ella debido a su poder para batir la mar y sus extraordinarias condiciones de orzador. La mayoría llevaba todo su lastre, en la sentina, compuestas de lingotes de hierro, que en algunos casos eran combinados con plomo.

La ballenera estaba construida bajo otros principios. Su cuaderna maestra casi no tenía pantoque, eran en forma de una V. La seguridad se basaba en la boyanza y se le consideraba marinera por mantenerse siempre en las crestas .de las olas. Su calado era poco relativamente. Yo he visto una con quillote de plomo bulonado a su quilla, pegote que se notaba había sido agregado. Según el gran constructor José Parodi,  las introdujo en el Río de la Plata un inglés.

 En mi opinión debería ser un norteamericano, ya que para la gente de entonces era difícil distinguir entre ambas nacionalidades. Y fundo mi creencia en que las líneas de las balleneras y sus procedimientos de construcción, eran iguales a las de los famosos barcos de Block Island, considerados por muchos yankees, como los más marinos del mundo. Su diferencia estaba en el velamen.

Lineas de un Block Island

Nuestras balleneras como los Block Islands, tenían forro a tingladillo y eran doble proas con codaste y rodas rectas pero muy inclinados. Su velamen era reducido y sencillo. Consistía solamente de una mayor de pico muy chico y trinquetilla. En cambio el cúter tenía pico muy grande, y un gran botalón, del que carecía la ballenera casi siempre. Como velas el cúter largaba trinquetilla, foque y petifoque. Además una escandalosa, cosa que tampoco tenían las balleneras, que solamente en algunos casos largaban un foque volante.

Hemos visto en forma breve el ambiente de navegación con sede en la Boca, en los años precursores y subsiguientes a la fundación del Yacht Club Argentino. Era una época en que la hazañas del sin igual capitán Piedrabuena, deben haber repercutido hondamente, pués tuvo dignos continuadores como Rivadavia y Solier, marinos de guerra y apasionados navegantes.

La cierto es que el señor Hortensio Aguirre, encarga a Domingo Parodi, el después famoso cúter "Nemo", por ser el primer yacht argentino de mar afuera, con el cual su propietario efectuó un crucero, nunca pude confirmarlo con documentación oficial, hasta las cercanías de Santa Cruz, acompañado del doctor Castro.

Esta hazaña, sumada a la necesidad de cobijar los distintos yachts a vapor y vela de Tigre y cercanías, bajo la protección de la bandera de un club, similar a los existentes en Inglaterra, condujo evidentemente a la fundación del Yacht Club Argentino. Los primeros años de la existencia del Club se mantienen envueltos en una espesa niebla, que no deja entrever mucho. Es casi seguro, que como se acostumbraba entonces habrá sido fundado en un bar, bajo el estímulo de sendos vasos de whiskey.

 

 

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