Historia y Arqueología Marítima
YACHTING - ALGO SOBRE SU HISTORIA
LA ORZA

Paisagem com Jangadas - Rudolf Weigel
☆ por Julio Martínez Vázquez- Publicado en 20 capitulos en la revista Yachting Argentino- 1940/41
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La orza, ingenioso mecanismo, indispensable en muchos casos, y
causante de no serios disgustos en otros, motivados por su cajón, que
ocasiona vías de agua cuando no está bien hecho o conservado, es un
invento sudamericano. Como en todo invento, hay varias naciones que se
lo disputan, pero es irrefutable el hecho de que los indios
sudamericanos la empleaban cuando los europeos no tenían la menor noción
de ella. El primero que habla oficialmente de las orzas es el explorador y conquistador Pizarro, al describir la jangada de los indios sudamericanos, que le llamaron mucho la atención. Estas existían tanto en las aguas del Pacífico, usadas por peruanos, como en las aguas del Atlántico empleadas por los brasileños. Ambas navegaban a vela y tenían en su centro una orza para evitar el abatimiento. I Queda una duda. ¿Las orzas laterales, que aparecen entre los holandeses, poco después del descubrimiento de América, es un invento de éstos o una adaptación de la orza sudamericana? ¿Los exploradores y viajeras habían llevado informes a Europa, sobre este ingenioso mecanismo, inspirando así a los holandeses? j Ya que hablamos de los indios sudamericanos y sus jangadas, es interesante traer a colación como trabé relaciones con ellas, pues son acreedoras a un capítulo especial. La que yo vi pertenecía a los aborígenes del Norte del Brasil. Mi encuentro fué en forma accidental y quedé tan preocupado sobre tan rara embarcación, que no descansé hasta que conocí su origen y empleos. Era en 1917, durante la otra guerra. Hacía varios días que nuestro velero navegaba entre restos de naufragios. Evidentemente, un raider o submarino alemán estaba haciendo de las suyas. Eso había tenido la virtud de poner al capitán con un humor de todos los diablos. Nuestra ruta se encontraba sembrada de botes semisumergidos, salvavidas, castilletes de embarcaciones y otras partes de barcos. Su vista nos producía escalofríos, al pensar que de un momento a otro, tanto el velero como nosotros podríamos ir a formarle compañía. La tripulación vivía enfurecida y quien marcaba la pauta era el capitán.Cada orden la acompañaba con una serie de blasfemias. Ya no se oía más música a bordo. La alegría tan común entre los marineros desapareció. Desde que se hacía luz escudriñábamos angustiosamente el mar, esperando ver aparecer de un momento a otro el periscopio de un submarino. Cada humo que veíamos en lontananza, nos presentaba un dilema. ¿Sería un raider? ¿Habría llegado nuestro último momento? ¿Tendríamos que abandonar el barco y tomar el bote? Todos habíamos preparado un pequeño equipaje con lo más esencial. Al acostarnos decíamos: Hasta mañana, si Dios y el submarino quiere. La vista de un barco, verdadero oasis en el desierto de agua, que en otras épocas traía la alegría a bordo, llenaba de nerviosidad y solamente se respiraba cuando se alejaba. Nuestro capitán se había acercado a la costa, buscando su abrigo, en la suposición bien fundada de que el enemigo no se aproximaría a ella. Aunque no veíamos tierra, el color verde del agua nos denunciaba que no estábamos muy lejos. Ibamos navegando de orza, con un viento alisio del Este, acercándonos al cabo San Roque, esquina N. E. de la América del Sur, punto de convergencia de numerosas líneas de navegación. Un raider o submarino no perdería mucho tiempo en dicho paraje y pronto despacharía un buen número de barcos al otro mundo. Tal era nuestro estado de ánimo a bordo, y nuestra situación, cierta mañana, muy hermosa, cuando se produjo a bordo un gran alboroto, corriendo toda la guardia a la banda de estribor. —"A tres cuartas de la proa", por estribor, decía el primer oficial, que era quien había descubierto el objeto que motivó tanta excitación. Nos costó trabajo dar con una mancha blanquizca, a gran distancia, entre las olas. El viejo oficial poseía una vista de águila, no obstante sus cincuenta y siete años "declarados". En cuestión de edad, los marinos son como las bataclanas. Hay que desconfiar. Siempre se sacan unos cuantos años de miedo a perder las contratas. Los armadores no creen en los viejos. Tienen mala vista, peor oído, se duermen en las guardias, dicen y muchas otras cosas más. Por eso, los viejos lobos de mar cuando se encuentran en un puerto lejano, se presentan a sus cónsules, manifestando habérseles caído sus documentos al agua, o extraviado en otra forma, y solicitando uno nuevo, que se extiende con la declaración de testigos y con unos diez años menos de edad. El causante de tanto revuelo a bordo se acercaba rápidamente, mientras el primer oficial iba en busca de su largavista. Vuelto a cubierta, después de observar con ellos por un rato, exclamó: "Es una balsa, con cuatro hombres". En los veleros, cuando se pasan semanas sin ver nada más que agua y cielo, cualquier pequeño incidente toma la característica de un acontecimiento y este caso no fué excepción. Los componentes de toda la guardia, dentro del mayor acaloramiento, efectuaban todas clases de comentarios y opiniones. i—"Son unos infelices torpedeados", dijo Juan, el noruego.
No bien se dió vuelta el capitán, cuando el primer oficial que había quedado ardiendo con la filípica que le pasó el capitán, le peqó un formidable puntapié al marinero que tenía más cerca y ordenó: "Cada uno a su puesto", mientras buscaba con la mirada algún tardío gue le permitiera repetir la patada, porque aquéllo no era puntapié. No logrando ese placer o desquite, porque ya los tripulantes se habían puesto respetable distancia, se dirigió a proa echando pestes contra el capitán, barcos y toda la gente, y diciendo otras palabras gue prohibe la censura, pero que figuran en el vocabulario del buen marinero.
Mientras tanto yo meditaba sobre las famosas jangadas que la suerte me
había permitido que viera una de ellas en plena alta mar. No me eran desconocidas.
Sus tradiciones son gloriosas. No habían servido solamente para la pesca
y transporte de pasajeros. Habían sostenido una batalla sin
tregua contra la esclavitud, gue como se sabe hasta relativamente poco
existiera en el Brasil.
Su nombre científico es "helio carpus americanus,'. Es una madera
sumamente boyante y abunda mucho en la región. Los troncos se cortan en
largos de tres a cinco y medio metros, teniendo un diámetro de 0.20 a
1.25. Después de estar bien secos se juntan seis u ocho liados entre si
por medio de "isipós" gue es una planta trepadora sarmentosa, mucho más
fuerte y duradera que cualquier cabo, y gue también abunda mucho en la
región.
Ancla Ya que nos hemos metido a Jangadeiro, vamos a efectuar un viaje a bordo de una de estas originales embarcaciones, valiéndonos para ello de las impresiones de un norteamericano, Mr. H. M. Leighley, guien manifiesta tener el hobby de navegar en barcos raros y poco usuales. Por lo tanto, ha experimentado en kayaks de esguimales, en los catamaranes de las islas del Pacífico, en juncos chinos, en bugues de velas cuadras, y toda clase de tipo convencional de barcos. Bien, Mr. Leighley, manifiesta gue para conocer la navegación más emocionante y rara, corresponde navegar en una jangada brasileña. Un viaje en ella resulta una combinación de navegación a vela, "surfboating" y submarino. Por momentos uno se encuentra corriendo hacia abajo la pared de una gran ola, y segundos después, metido dentro de agua y espuma hasta casi la mitad de la pierna.
Modelo de jangada de Pernambuco, regalado al autor por el señor E. W. Hope. Mr. Leighley venciendo las dificultades del idioma logró ponerse de acuerdo con uno de los jangadeiros y efectuar un viaje. En cuanto a la construcción, manifiesta. "Los troncos son rebajados en los extremos, y los últimos a cada lado son algo argueados. Luego se juntan como una balsa, por medio de tarugos de madera dura. Ninguna clase de metal es usado durante la construcción. La balsa tiene una forma algo cóncava hacia arriba, con el fin de gue todas las cosas sueltas caigan para adentro y no se vayan al mar. Una vez gue los tarugos se han hinchado, la balsa resulta extraordinariamente fuerte. Puede soportar toda clase de malos tratos, tanto en alta mar como durante las echadas y sacadas del agua. Era una linda mañana de verano cuando hice mi primera navegación a bordo de una jangada. El jangadeiro llamó a su tripulación, un muchacho de unos 16 años, y preparó la embarcación para la mar, operación gue consiste en largar la vela. Las jangadas se dejan en tierra en un punto fuera del alcance de las altas mareas por lo cual debimos trasladarla por medio de rollizos hasta el agua, trabajo gue pueden hacer dos o tres hombres, Pero cruzar las rompientes es un asunto más serio, y todo debe ser calculado a tiempo. Naturalmente, los tripulantes guedan totalmente empapados, pero la ropa pronto se seca con el sol tropical. Una vez pasadas las rompientes, la vela es izada, la orza bajada, el timonel coloca su pala de gobierno y ya está todo listo. Esto debe hacerse muy rápidamente, pues de lo contrario la balsa es echada otra vez a la playa. El día gue salí había un viento de 25 nudos y las olas tenían una altura de 1.80 metros. Las mismas pasaban tanto por arriba como por abajo de la jangada. Nada estaba seco, pero el agua era caliente y el aire agradable. El viento soplaba contra la costa. Sin embargo, es admirable lo bien que orzan estas balsas, a pesar de su cruda construcción. Nuestro rumbo era a 15* con relación al viento, y navegamos en ese borde por varias horas. Luego cambiamos de amuras. No pude apreciar la velocidad desarrollada, debido a estar tan cerca del agua, ésta era impresionante y daba una ilusión de ser mayor. Pronto perdimos la costa de lista. Me sentaba en la proa cuando íbamos hacia afuera, y nunca me olvidaré de la emoción causada al acercarse una enorme ola larga y profunda. Desde la cubierta de un vapor resultaría grande, pero desde nuestra pequeña balsa era una montaña. De cuando en cuando algunas rompían. Entonces quedábamos enterrados bajo un mar de espuma.
Sin embargo, el jangadeiro parecía tan tranquilo como si
estuviera a la sombra de una palmera en la playa. La única vez que se
manifestó un poco excitado, fué cuando uno de amigos puso su pierna en
el agua. Esta estaba llena de tiburones y barracudas. Nos dijo que si no
manteníamos nuestros pies dentro de la balsa corríamos el peligro de
volver a tierra sin uno de ellos, vimos poco después varios grandes
tiburones, grandes tortugas y una enorme manta raya que puede alcanzar
hasta seis metros de diámetro. A pesar de las mojaduras continuas, la
sombra de la vela daba un gran alivio. Nuestras provisiones las teníamos
colgadas del mástil. Al probar el timón encontré que no era tan fácil
manejar. Cuando hay vientos fuerte, el tripulante participa con el timonel
en el gobierno de la embarcación en una forma muy original. Un fuerte
cabo está amarrado a uno de los troncos del centro, el muchacho que hacia
de tripulante, se prendía del mismo y de cuando en cuando echaba su
cuerpo para afuera. Al principio creía que era para evitar la tumbada,
pero pronto me apercibí que el traslado del peso de su cuerpo era para
ayudar al timonel a mantener la ruta derecha. Sin este telado de peso es
imposible llevar la balsa sin guiñar. El skipper se rió bastante de mi
dificultad para manejar la balsa". "Estas balsas se mantienen varios días a más de 200 ó 300 millas de la
costa. Sus artes de pesca son grandes redes y canastos de mimbre para
guardar los pescados. Duermen los tripulantes sobre el banco mencionado.
Es una vida dura y cruel gue solamente pueden soportar los estoicos
brasileños y en zonas tropicales.
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